Ficha técnica

Título: Zumbido | Autor: Juan Sebastián Cárdenas | Editorial: 451 Editores  | Colección: 451.http:// | Género: Novela | ISBN: 978-84-493-2331-7 | Páginas: 136 |  PVP: 15,50 € | Publicación: 2010

Zumbido

451 EDITORES

Tras recibir la noticia de la muerte de su hermana, un hombre comienza una huida que lo lleva del centro congestionado de una ciudad latinoamericana a sus arrabales, por cuyo dominio pelea la selva. Todo en el viaje de este hombre se convierte en deriva. Vive, junto a los compañeros que se le van uniendo, en el aturdido presente de los supervivientes de una catástrofe, que solo pueden alimentar la estrategia de la propia fuga: continuar, avanzar, seguir adelante.

«Estas letras vienen de atrás pero no se detienen: se arriesgan a buscar el horizonte sin complejos». Roberto Valencia, Quimera 

 

UNO  

NO PUDE REPRIMIR LAS LÁGRIMAS, NI ESA EXPRESIÓN DE INTENSO dolor que se parece tanto a una carcajada, las arrugas pronunciadas, los ojos sumidos en un apretado abanico de pliegues, la boca bien abierta.

   La mujer se acercó a consolarme pero no supo bien cómo hacerlo. No me tocó. Tampoco dijo nada. Solo se levantó de su silla, al otro lado de la sala de espera, y se sentó junto a mí. Sentí su respiración en mi espalda encorvada, su incapacidad para ensayar un mínimo roce solidario con la punta de los dedos. Estuvimos así durante largos minutos, en un principio estableciendo una comunión intensísima. Pensé en un peine que, con paciencia y disimulo, se carga de electricidad estática para atraer pedacitos de papel. Era casi obscena su manera de no tocarme.

   Mis espasmos iniciales se fueron estabilizando poco a poco en un sollozo continuo, más discreto, y al cabo de un rato toda esa energía ya se había transformado en una variante sensual de la abulia. Consciente de que en mi cuerpo solo quedaban los últimos efectos del intenso dolor expulsado durante el llanto, la mujer se limitaba a esperar.

   Por fin, con una sonrisa aliviada, mi rostro, que a todo esto se había metido por sí solo en el cuenco de las manos, salió al encuentro del rostro de la mujer. La bola negra de los ojos era tan grande que prácticamente no dejaba espacio para lo blanco. Me pareció una cosa monstruosa, si bien he de reconocer que ese detalle armonizaba con el resto de sus facciones y les daba un aire que habría podido calificarse de tierno. Luego abrió la boca para decir algo que no entendí y percibí su aliento, un aliento a boca cerrada durante horas, a palabras fermentadas en una saliva estancada y espesa. La reacción de sorpresa no se notó, supongo que gracias a mi gesto todavía medio compungido. Lo sé porque ella continuó exhalando ese horrible olor directamente en mi nariz. Sonreía benévola con dientes bonitos y sanos que descartaban la posibilidad de una infección. Más bien parecía algo estomacal, un olor rancio muy similar al que despiden las personas que sufren de úlcera.

   En ese momento apareció de nuevo el médico con unos formularios. La mujer aprovechó que yo me atareaba en los papeles para regresar a su silla, en el otro extremo de la sala; tuve la impresión de que le había incomodado que el médico nos sorprendiera intimando, o al menos creí detectar algo de culposo en su manera de apartarse de mí. También me pareció evidente que el médico y ella se conocían de antes.

   Durante la siguiente media hora estuve de aquí para allá realizando trámites, intentando en vano prestar atención a las explicaciones del médico. Lo único que entendí fue que tendrían que eliminar cuanto antes los restos de mi hermana por temor a un contagio y que, por tanto, sería imposible realizar un velorio normal. Al día siguiente la compañía funeraria enviaría a la casa de mi hermana una urna con las cenizas. Sentí que me faltaba el aire. Tuve que apoyarme en una pared por unos segundos. Se había hecho la hora de tomar mis píldoras. Bajé a la cafetería de la primera planta y me senté junto a la ventana, sin hallar otra ocupación que la de poner a bailar el frasco de píldoras sobre la mesa. Una muchacha se acercó para atenderme y le pedí una tila sin dejar de mirar mi frasco, que giraba torpemente sobre la base, a punto de perder el equilibrio.

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