Ficha técnica

Título: Zorba el griego | Autor: Nikos Kazantzakis | Editorial: Acantilado | Colección: Narrativa del Acantilado, 261  | Traducción: Selma Ancira | Encuadernación: Rústica cosida | Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 457 | ISBN: 978-84-16011-72-8 |  Precio: 22 euros

 

Zorba el griego

ACANTILADO

Esta novela escrita entre 1941 y 1943, en la que se inspiró la película protagonizada por Anthony Quinn e Irene Papas, narra la historia de Zorba, un hombre sencillo y un apasionado de la vida que nos descubre su singular sentido de la libertad, el amor y el coraje: «Si hoy tuviera que elegir en el mundo entero un guía espiritual, un gurú como lo llaman los indios […], seguro que elegiría a Zorba.

Porque él tenía lo que un escritorzuelo necesita para salvarse: la mirada primigenia que, de un flechazo, atrapa su presa en vuelo; el instinto creativo, cada mañana renovado, de mirarlo siempre todo como si fuese por primera vez, devolviendo la virginidad a los elementos eternos-viento, mar, fuego, mujer, pan-de nuestra vida cotidiana». Un libro impetuoso, apasionado y lleno de vida, que nos arrastra a esa sensación originaria de plenitud que sólo la literatura de verdad puede alcanzar.

«Maravillosa evocación de un paisaje, además de un bosquejo de un temperamento tan característicamente griego como el de Ulises. Un libro fascinante».  Lawrence Durrell

 

1

Lo vi por primera vez en el Pireo. Había ido al puerto a tomar el barco rumbo a Creta. Era casi el alba. Llovía. Soplaba un fuerte siroco y las salpicaduras del mar llegaban hasta el pequeño café. Con las puertas de cristal cerradas, el aire olía a hedor humano y a salvia. Afuera hacía frío y las ventanas se habían empañado. Cinco o seis marineros trasnochados, con sus camisetas marrones de lana de cabra, tomaban café e infusiones de salvia y miraban el mar a través de los enturbiados cristales.

Los peces, atolondrados por los embates de la tempestad, habían encontrado refugio en la serenidad de las aguas profundas, y esperaban a que la superficie del mar se calmara; y los pescadores, apretujados en los cafés, también estaban a la espera de que aquella agitación divina cesara para que los peces perdieran el miedo y volvieran a la faz del agua a picar. Los lenguados, las escorpinas, las rayas regresaban de sus incursiones nocturnas a dormir. Amanecía.

La puerta de cristal se abrió; entró uno del puerto, bajo, cargado con un zurrón; la cabeza descubierta, los pies descalzos, lleno de lodo.

-Eh, Konstantís-gritó un viejo lobo de mar con un chaquetón de un azul grisáceo-, ¿cómo te va?

Konstantís escupió crispado.

-¿Cómo me va a ir?-respondió-. ¡Buenos días, tabernero! ¡Buenas tardes, casa! ¡Buenos días, tabernero! ¡Buenas tardes, casa! Ésa es mi vida. Trabajo, ¡nanay!

Algunos rieron, otros menearon la cabeza, blasfemaron.

-La vida es de por vida-dijo un bigotudo que había hecho sus estudios de filosofía con Karagiozis de por vida, ¡maldita sea!

Una luz verdeazulada se derramó sobre los cristales sucios, entró en el café, se quedó suspendida de las manos y las narices y las frentes, saltó a la chimenea e hizo refulgir las botellas. Las lámparas eléctricas perdieron su fuerza, el tabernero, amodorrado e indolente, alargó el brazo y las apagó.

Un instante de silencio. Todos los ojos se elevaron y miraron afuera el cenagoso día. Se oyó a las olas que reventaban bramando, y dentro del café, el gorgoteo de algunos narguiles.

El viejo lobo de mar suspiró.

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