Ficha técnica

Título: Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta Autor: Robert M. Pirsig | Traducción: Renato Valenzuela | Editorial: Sexto Piso | Colección: Narrativa Sexto Piso | Formato: 15× 23 cm. | Páginas: 496 | ISBN: 978-84-15601-95-1 | Precio: 27,00 euros

Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta

SEXTO PISO

Fedro emprende un viaje en moto con Chris, su hijo de once años. Mientras recorren las carreteras de Estados Unidos, el arte del mantenimiento de la motocicleta pasa a ser una bella metáfora de cómo conjugar el frío y racional mundo tecnológico y el cálido e imaginativo mundo del arte. Como en el zen, se trata de concentrarse, observar y apreciar los detalles, hasta llegar a fundirse con la propia actividad, ya sea ésta una caminata por el bosque, escribir un ensayo o tensar la cadena de una motocicleta.

El viaje, entendido como el seductor anhelo de recorrer diferentes lugares del mundo pero también como una travesía interior, sirve a Pirsig para guiar al lector en las cuestiones filosóficas del arte y la técnica, el valor y la utilidad, la dialéctica y la retórica, guiado por los guiños de la carretera y los caminos. En Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, el cuidado diario de las piezas mecánicas, su correcto funcionamiento y el necesario equilibrio de las partes que componen el todo encierran la historia de la filosofía occidental desde los ojos de Oriente, y Pirsig consigue conciliar ambas miradas. La magia de esta novela, que marcó a millones de lectores en todo el mundo, reside en su capacidad de cautivar al lector mediante una entrañable historia mientras explora nuestra herencia filosófica, de Sócrates a Kant, con el valioso contrapeso de las corrientes orientales.

«Se instala en la mente como pocas novelas recientes lo hacen». George Steiner, The New Yorker

«Vuelve el best seller filosófico escrito en una moto en 1974». Carlos Prieto, Público

CAPÍTULO 1

Sin quitar la mano del manillar izquierdo de la moto, puedo ver en mi reloj que son las ocho y media de la mañana. El viento, aun yendo a cien kilómetros por hora, es tibio y húmedo.

       Si a esta hora es tan cálido y pegajoso, me pregunto cómo será por la tarde.

     En el viento hay acres olores de las ciénagas junto al camino. Estamos en un área de Central Plains repleta de miles de pantanos para la caza de patos, que se extienden hacia el noroeste desde Minneapolis hasta los montes de Dakota. Ésta es una vieja carretera de hormigón de dos pistas que no ha tenido mucho tráfico desde que, hace ya varios años, se construyó otra de cuatro pistas paralela a ella. Cuando pasamos alguna marisma de pronto el aire se hace más fresco. Luego, cuando la sobrepasamos, vuelve a calentarse de repente.

      Me siento feliz de estar recorriendo una vez más esta región. Es una especie de «ninguna parte», famosa por nada que no sea justamente eso. La tensión desaparece cuando se va por estos caminos. Damos tumbos a lo largo del machacado asfalto entre totoras y trechos de vegas y luego más totorales y vegetación de pantanos. Aquí y allá hay un trecho de agua, y si miras bien puedes ver patos silvestres al borde de los totorales. Y tórtolas… Allí hay un tordo alirrojo.

      Golpeo la rodilla de Chris y se lo señalo.

      -¡¿Qué!? -grita.

      -¡Un tordo!

      Dice algo que no oigo.

      Agarra la parte de atrás de mi casco y aúlla:

     -¡He visto montones de ésos, papá! 

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