Ficha técnica

Título: Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos | Autor: John Berger | Traducción: Pilar Vázquez | Prólogo: Manuel Rivas | Ilustraciones: Leticia Ruifernández | Editorial: Nórdica Libros Tamaño: 15 x 21 cm. | Encuadernación: Cartoné | Páginas: 208 | Fecha: sept-2017 | ISBN: 978-84-16830-76-3 | Precio: 21,05 euros

Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos

NÓRDICA

Este inclasificable libro une con lucidez la profundidad del trabajo ensayístico de John Berger sobre el arte con la riqueza emocional de su trabajo narrativo y poético. Por primera vez se sirve de sus modos de ver para examinar su obra, sus emociones, y cuestiona aspectos trascendentes como las razones que nos llevan a amar. Las respuestas de Berger, misteriosas por su sutileza, son esperanzadas y necesarias. En este libro, posiblemente su obra más íntima, el autor pasa revista a una serie de experiencias que son tan esenciales, tan familiares (el amor y el tiempo, la ausencia y la distancia, el arraigo y el alejamiento) que casi hemos olvidado la manera de sentirlas en nuestra vida.

Como señala Manuel Rivas en su hermoso prólogo para esta edición, «toda la obra de John Berger es un laborioso avance por la incerteza, merodeando, sin pisar. Y eso es lo que permite ver lo imprevisible, pero también crear lo jamais vu, otras especies, otras realidades. El realismo de Berger consistía en ir más allá de la realidad».

 

 

 

 JOHN BERGER:
LA MIRADA FÉRTIL, LA MANO SINCERA

Nací de la mirada de los muertos
envuelto en gas mostaza y
amamantado en una trinchera

Es un fragmento de «Autorretrato 1914-1918», una estrofa que constituye el centro radical de este poema que es, a la vez, el más imprevisible y certero parte de guerra. Una información básica, que no figura en los tratados históricos: la Gran Guerra no empezó ni terminó cuando dicen.

Ernst Toller, autor de Una juventud en Alemania, vivió los prolegó- menos de la Gran Guerra con el fervor nacionalista y el entusiasmo de muchos otros jóvenes, no sólo alemanes. Las filas de voluntarios eran interminables en otros países europeos, como Francia o Reino Unido. Había que apurarse: «Cuando lleguemos al frente, ya habrá terminado». Iban alegremente hacia el infierno y la masacre, como en la Cruzada de los Niños. En el laberinto interminable de las trincheras enfangadas con lodo, niebla, excrementos, sangre y gas, inmovilizados por un horizonte alambrado, la producción industrial de las espinas de Cristo, Toller nos describe también el centro radical de la historia: «Una noche empezamos a oír alaridos como los de un hombre que sufre dolores espantosos. Luego se hace el silencio. Pensamos si no le habrán pegado a alguien un tiro mortal. Al cabo de una hora vuelven los alaridos y ahora ya no cesan. Ni esta noche ni la siguiente. Es un quejido desnudo, sin palabras. No sabemos si lo exhala la garganta de un alemán o de un francés. El grito vive para sí, acusa a la tierra y al cielo. Nos tapamos los oídos con los puños para no oír los lamentos, pero de nada nos sirve: el alarido gira como una peonza en torno a nuestras cabezas, alarga los minutos hasta convertirlos en horas, y a éstas en años».

 

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