Ficha técnica

Título: Y el cielo era una bestia | Autor: Robert Juan-Cantavella | Editorial: Anagrama | Colección:  Narrativas hispánicas |  Páginas:  376 | ISBN: 978-84-339-9783-8 | Precio: 19,90 euros

Y el cielo era una bestia

ANAGRAMA

Sigurd Mutt regresa a Barcelona. Han pasado casi treinta años. Entonces era un joven criptozoólogo, empeñado junto con sus compañeros Belaire y Sjögren en desentrañar los misterios del Naturalismo Oculto y en rastrear, contra los dictados de la ciencia oficial, la pista de animales peligrosos y animales que no existen. «Ciencia oficial», así la llamaban ellos con desdén, como ya hicieran antes sus maestros.

Pero ahora, a finales de 2007, vencido y cansado, Sigurd Mutt se dirige a Vor, un pueblo en los Pirineos donde tiene intención de pasar una breve temporada en un antiguo balneario de resonancias aristocráticas: el sanatorio Vulturó. Lleva consigo las últimas voluntades de su colega Belaire, que le fueron enviadas a Hamburgo junto con lo que parece ser un fragmento de un insólito texto titulado Tras Columbkill. Si quiere descubrir su alcance y significado, deberá completarlo, algo que sólo podrá hacer en Vulturó.

Allí encontrará a Vicente Baeza, el Rubio, un policía retirado que conoce hasta el último secreto del mundo de los timadores; al niño Iván Agulín, quien dice no tener padres; a Olimpia Sanderson, una mujer alojada en el piso más alto que no sale jamás de su habitación; a Tod Volta, un distinguido caballero fascinado por la estrategia militar de todos los tiempos; y a la señorita Elvira, un ser esquivo y sugerente con «aspecto de catequista».

Unas veces con ellos y otras contra ellos, siguiendo el enigmático capricho de Belaire y su texto Tras Columbkill, Sigurd Mutt se verá inmerso en dos universos que le son ajenos: por una parte, la vida recatada del escritor José Echegaray, primer Nobel de la literatura española, y por otra, la vida improbable de un santo medieval llamado Columbkill, hacedor de milagros y guerrero infatigable.

Robert Juan-Cantavella crea un mundo cerrado lleno de puertas traseras y teñido de antiguos saberes iconoclastas: la línea imaginaria que une el pueblo de Vor y el sanatorio Vulturó. Un mapa cuyos contornos han sido retrazados durante los últimos años con la sangre de un asesinato que acaba manchando las manos de Mutt.

En un gesto que tiene algo de bandazo a contracorriente, Juan-Cantavella, autor entre otros títulos de Proust Fiction, tan celebrado, presenta un excitante relato de misterio que es también la historia de unas ideas inciertas y un gabinete de curiosidades.

01

El cielo era una bestia cuando Sigurd Mutt posó la maleta en la nieve. Una bóveda de oscuro algodón estriada de grietas violáceas, una frontera descendida hasta casi abrazarlo para susurrarle al oído que se estaba moviendo, que el cielo ya no era el mismo porque él abandonaba su letargo. Una masa informe y pesada allí arriba, rugiendo como animal herido, vacilante, vigilando cada uno de sus pasos, amenazando con venírsele encima. Sigurd Mutt se quitó los guantes pellizcando la punta de los dedos, los guardó en el bolsillo del abrigo junto a las últimas voluntades de su colega y alzó la vista para cerciorarse de que era el sitio.

La equívoca sensación de haber llegado insuflaba en su ánimo algo cercano al calor del hogar. Un lugar que todavía le era ajeno y a punto estaba de engullirlo como la ballena a Jonás. Hacía frío. Sigurd Mutt estaba acostumbrado al frío. Nadie a la vista en la calle empinada. Sobre la puerta, en un cartel arruinado por el tiempo y la intemperie, se leía en color blanco sobre fondo verde «Santa Eugenia Bar-Rte». Encima de las letras coincidían tres de los cinco agujeros que convertían el letrero en una especie de tarjeta perforada gigante. Santa Eugenia, leyó en voz alta. Las palabras mancharon sus labios de un sabor agridulce. Sigurd Mutt las descifraba con regocijo, recuperando letra a letra un idioma del que había huido más de veinte años antes. Le vino a la memoria el paisaje, apenas una impresión de lejana familiaridad que él manipuló hasta convertirla en algo parecido al reconocimiento. Al abandono de unos hábitos que lejos de Hamburgo no iban a serle útiles o acaso él pretendía dejar atrás. (¿Era aquello una nueva huida?) Miró a un lado y al otro. Ni un alma. Tras alguna que otra ventana se encendían las primeras bombillas de la tarde. Vio unos pocos coches aparcados a un lado. No muy lejos de allí, un rumor de gritos infantiles, como de niños jugando a pilla-pilla, llegó desde las entrañas del pueblo para perderse en dirección a las montañas, donde el blanco se mezclaba con el blanco en un paisaje borroso.

Imposible adivinar cuánto tiempo iba a quedarse en aquella especie de balneario al que ahora lo arrastraba tan triste suceso. La muerte que crea la vida y aviva las más temibles andanzas, que nubla la vista y desmiente el miedo. Que niega el pasado unas veces, y otras lo dota de fuerza sublime. El viaje había vertido en el riego sanguíneo de Sigurd Mutt una energía nueva que lo conectaba directamente con otros tiempos, que lo obligaba a soñar con otros tiempos, que le hacía temer aquellos tiempos y a la vez amarlos, tocados entonces por la gracia del brío y la incertidumbre, y recuperados ahora, en breves fogonazos, bajo el velo de la melancolía. Como si llevase mucho tiempo fuera de casa. (¿O acaso estaba volviendo?) La cicatriz de su mejilla se tornó un río sinuoso.

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