Ficha técnica

Título: Westwood | Autora: Stela Gibbons | Editorial: Impedimenta | Traducción: Laura Naranjo y Carmen Torres García | ISBN: 978-84-15130-21-5 | Formato: Rústica con sobrecubierta | Páginas: 460 | Precio:  27,95 euros

Westwood

 
 
Ambientada en el turbulento y bombardeado Londres de la Segunda Guerra Mundial, Westwood narra la historia de Margaret Streggles, una joven de aires janeaustenianos, con un talento innato para pasarse el día en las nubes, un temperamento romántico y todo tipo de aspiraciones culturales. Su madre insiste en que «no es el tipo de muchacha que atrae a los hombres», justo lo opuesto a su amiga Hilda, una cabecita loca capaz de sonreír y flirtear sin tregua en una ciudad marcada por las tribulaciones y penurias de la guerra. Pero la existencia de Margaret cambia por completo cuando encuentra por casualidad una cartilla de racionamiento en Hampstead Heath y, con ella, todo un mundo de intelectuales, artistas y aristócratas, encarnados en la figura del pintor Alex Niland y de su suegro, el famoso e insolente dramaturgo Gerard Challis.
Stella Gibbons, autora de la inolvidable
La hija de Robert Poste, vuelve a ofrecernos una novela deliciosa, plena de ingenio y energía, acerca del amor y la nostalgia.
 
 
 
I
 
 
Londres estaba precioso aquel verano. En los barrios pobres, la gente hacía vida al aire libre bajo el cielo azul, como si viviera en un clima más cálido. Los ancianos se sentaban en los muros derruidos, fumaban en pipa y hablaban de la Guerra, mientras las mujeres guardaban cola pacientemente en las tiendas o iban por los puestos que vendían verduras frescas sin poder parar de hablar.
Las ruinas de las casas pequeñas pero proporcionadas de las zonas más antiguas de la ciudad eran amarillas, como las casas de Génova bañadas por el sol. Amarillas de todos los tonos: oscuros, claros o dotados de una extraña transparencia al contacto con la luz. Los bomberos habían formado hondos charcos rodeados de paredes en muchas de las calles y los patos venían a vivir a estos lagos, que reflejaban las altas ruinas amarillas y el cielo azul, allí, en pleno corazón de Londres. La rosa maleza de los fuegos crecía por todo el suelo blanco desnivelado donde antes se habían levantado viviendas y había acres enteros de terreno cubierto de casas abandonadas y destruidas, cuyas ventanas estaban llenas de rasgones de papel negro. En las afueras de la ciudad, en dirección a Edmonton y Tottenham al norte, y Sydenham al sur, flotaba una extraña sensación en el aire, pesada,sombría y emocionante, como si la Historia se estuviera fraguando visiblemente ante los ojos de la gente. Y el campo estaba empezando a apropiarse de Londres, de aquellos mugrientos barrios conectados por carreteras monótonas que componían la ciudad más grande del mundo y de los que nunca había desaparecido del todo. La maleza crecía hasta en la City; se había visto un halcón sobrevolando las ruinas del Temple y los zorros asaltaban los gallineros construidos en los jardines de las casas cercanas a Hampstead Heath. La desgastada quietud propia de los barrios viejos y decadentes se cernía sobre las calles y era algo maravilloso e impresionante, digno de ver y de sentir. Mientras el verano duró, la belleza pudo más que la tristeza, porque el sol lo bendecía todo: las ruinas, las caras cansadas de la gente, las altas flores silvestres y las oscuras aguas estancadas, y, durante aquellos meses de calma, Londres en ruinas fue tan bello como una ciudad en sueños.

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