Ficha técnica

Título: Vivir | Autora: Anise Postel-Vinay con Laure Adler | Traducción y semblanzas: Laura Naranjo Gutiérrez | Editorial: errata naturae | Colección: Pasaje de los Panoramas   | Formato: 14 x 21,5 cm.  |Fecha: septiembre 2016 | Páginas: 112 | ISBN:  978-84-16544-15-8 | Precio: 12,90 euros

Vivir

ERRATA NATURAE

«Durante la guerra, perdí la capacidad de dormir a pierna suelta y nunca más la recuperé. A menudo tengo la misma pesadilla: la Gestapo me persigue. Pero corro tan rápido que me despierto».

Detenida el 15 de agosto de 1942 y deportada, más tarde, al campo de concentración de Ravensbrück, Anise Postel-Vinay nos ofrece en estas poderosas y estremecedoras páginas un relato autobiográfico de una humanidad más alta que la propia barbarie.

Sin duda, hay muchos libros sobre los campos de concentración nazis, pero no son tantos, ni tan «exactos», los que nos hablan de las experiencias femeninas en la Resistencia francesa.

«La solidaridad entre mujeres nos salvaba. Era una necesidad vital. Nos ayudábamos mutuamente. Cuando una amiga caía enferma, hacíamos todo lo posible por ayudarla».

En aquel famoso campo de concentración situado al norte de Berlín -a casi cien kilómetros-, y al que serían llevadas, para ser confinadas o morir, más de 130.000 mujeres, el horror era algo ordinario, pero la amistad y el compañerismo también. De todo ello da cuenta este libro prodigioso en su verdad y en su emoción contenida, un testimonio que leemos hoy como si fuera la ficción de un tiempo lejano y terrible, aunque siempre acechante.

 

ORÍGENES

Nací en una familia del este de Francia. Mi padre era hijo de un campesino del departamento del Jura, cerca de la frontera suiza, y mi madre era de origen alsaciano, de un pueblo donde sus antecesores eran taberneros de generación en generación. Ambos se conocieron tras la Primera Guerra Mundial. A pesar de su juventud, mi padre había servido como médico durante toda la contienda y, hacia 1920, después de casarse, se instaló en París como otorrino. Éramos cinco hermanos y recibimos una educación «puritana». Hoy esa palabra me parece un poco fuerte, pero era así: mis padres eran católicos, republicanos, personas de principios.

     Nos inculcaron el espíritu de independencia, la libertad. Mi madre, adepta a las teorías de Montessori, que considera al niño como sujeto, había ideado para nosotros un pequeño jardín de infancia. Trabajábamos por la mañana de nueve a doce, pero no por las tardes, y nunca teníamos deberes. Así llegamos a sexto, casi sin darnos cuenta, jugando mucho y visitando todo lo que había de interés en París. La libertad era uno de los principios fundamentales de mi madre. Para ella era importante que los niños crecieran en aquella atmósfera que se había empeñado en crear a nuestro alrededor.

     Yo quería mucho a mi madre. Era una de mis mejores amigas. Estuvimos muy unidas hasta el final.

Después llegó la adolescencia. Ella quería apuntarnos a los scouts, pero no deseaba que recibiéramos ninguna influencia religiosa, así que nos propuso las Exploradoras de Francia. Esos grupos no tenían nada que ver con la religión y en ellos pudimos convivir con personas muy diferentes a nosotros. Aquello era precisamente lo que buscaba mi madre, esa apertura de mente. Recuerdo que le interesaba la filosofía religiosa. Pertenecía a una generación donde las jóvenes no tenían derecho a sacarse el bachillerato, sino solamente el primer ciclo de secundaria, pero eso no le impidió, desde muy jovencita, con quince o dieciséis años, tomar el tren en El Havre, donde vivía, e ir a París a escuchar las clases de Bergson, por ejemplo. También asistió a las de Durkheim y leyó a los primeros sociólogos. Fue amiga de clérigos que habían sido suspendidos por la Iglesia. 

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