Ficha técnica

Título: Vigilia inquieta | Autor: António Patrício | Ilustraciones: Bea Crespo  | Traducción: Julio Reija | Editorial: Ardicia | ISBN: 978-84-941235-3-5 |Páginas: 144 | Precio: 16,00 euros

Vigilia inquieta

ARDICIA

En Vigilia inquieta (1910), el portugués António Patrício reunió cinco historias que comparten una atmósfera común: todas se desarrollan bajo el misterioso signo de la nocturnidad y el desvelo. Los personajes que deambulan por estas páginas, desde el inolvidable Veiga -ese «ser de sueño» que, tras perder la razón, se encuentra por fin a sí mismo- hasta Harry Young, el enigmático «hombre de las fuentes», son presa de un extraño desasosiego. Embarcados en una búsqueda insomne y febril, anhelantes de quimeras y, al mismo tiempo, profunda y dolorosamente instalados en la vida real, todos ellos parecen custodiar un secreto indescifrable.

Herederos de la mejor narrativa de su época, desde Poe a Maupassant, los relatos de Patrício son, en su sombría belleza, una rotunda celebración del mundo y la naturaleza y, a la vez, un melancólico y conmovedor lamento por el destino, siempre incierto, de los seres humanos.

«Uno de los más perfectos libros de cuentos que se han escrito en Portugal.» Fernando Pessoa

«António Patrício, poeta del mar y de las íntimas complejidades de la vida moderna, el más atormentado, el más inquieto, el que acaso refleja mejor el estado de su época. Patrício es un aristócrata nietzscheano, fuerte e intenso, cincelador de raras y complicadas joyerías.» Amado Nervo 

VEIGA 

A Ramiro Mourão

Es el tipo más extraño que conozco. ¿Cuántos años tendrá? Andará por los treinta, o más. Delgadísimo, ese lúgubre perchero que es su cuerpo lleva puesta ropa de otros que le queda demasiado ancha: levitas, fracs, ricos atuendos que verdean, ya en plena descomposición, y más avergonzados sobre ese esqueleto torcido de pordiosero que en la tienda de un chamarilero o vistiendo a un payaso.

     Seguro que lo conocen. Seguro que, ceremonioso y tartamudo, ya les pidió limosna. Es un pobre diablo y está loco, Veiga.

     Consejera y poética caricatura de las calles, me lo encuentro siempre con lentitud y ritmo, con un giboso abandono de vagabundo que le daría dandismo a un diplomático. Pues bien, es solo un mendigo. Pero no como todos nosotros, en la esquina de alguna calle o a la puerta manoseada y vulgar de algún ministerio, pidiendo un empleo o una novia rica, diez reales o una participación en un monopolio. No es así; ¡es de otro género, es paradójico, es único! Pide para comer, pero no come como todos nosotros, por comer. ¡Es para vivir la vida, la vida entera! Esperen un momentito: es extraordinario.

     Déjenme contarles primero cómo era. 

Veiga, cuando me topé con él por primera vez, era funcionario en el registro de un juzgado. A las diez, todas las mañanas, se ponía con unción los manguitos de alpaca. Permanecía así hasta las tres, completamente encorvado, cumpliendo religiosamente, arañando el papel timbrado con una letra estilizada y redondeada, tan correcta y tan banal que llevaría a la desesperación a cualquier grafólogo. 

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