Ficha técnica

Título: Vidas de hotel | Compilador: Eduardo Berti   | Traducción: Eduardo Berti | Editorial: Adriana Hidalgo  | Colección: Novedades. Al otro lado |  Páginas 352 | Formato:  14 x 21,5 cm. |  Encuadernación: Rústica | ISBN: 978-84-15851-92-9 | Precio: 21,50 euros  |  Fecha:  2017 |

Vidas de hotel

ADRIANA HIDALGO

Vidas de hotel presenta a la habitación de hotel en sus diversas variantes: como refugio, lugar secreto, hogar fuera del hogar, escenario para crímenes e infidelidades. 

Según Bertolt Brecht, «habitar en un hotel significa concebir la vida como una novela». El carácter literario de los hoteles es cosa sabida. Los encuentros «sorprendentes y deliciosos», afirmó Maupassant, se producen mejor «en un tren, en un hotel o en un lugar de vacaciones»; es decir, fuera de lo cotidiano. Vidas de hoteles presenta este universo en sus múltiples variantes: la habitación de hotel como símbolo de refugio o de encierro, como lugar secreto para lo prohibido, como morada para lo excéntrico o lo siniestro, como hogar fuera del hogar, como escenario para crímenes o infidelidades, como escondite para un prófugo, como marca o indicio social, etcétera. 

 

PRÓLOGO

HOTEL DULCE HOTEL

Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación
de un cuarto de hotel en el que empecé a escribir.
Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro.
Ernest Hemingway, carta a Thomas Shelvin, 1939

     Una trama literaria es un espacio donde suelen cruzarse dos o más fuerzas, dos o más personajes. No son fruto del azar, en tal sentido, los paralelos entre «texto» y «textil»: las historias se «tejen», se «traman», se «urden»; los conflictos se «entretejen»; las peripecias se «hilvanan»; hay un «hilo» argumental; de un texto mal construido puede decirse que está «deshilachado» o que «se le ven las costuras».

     Así como para tejer hace falta que se crucen dos agujas, a las tramas literarias le son poco menos que indispensables los encuentros y, por ende, los territorios favorables a toda suerte de cruces. La novela rusa, en su edad de oro, supo servirse de los vagones de tren a fin de poner en marcha no pocas historias, desde El idiota (Dostoievski) hasta la La sonata a Kreutzer (Tolstoi). Lo mismo ocurre con otros medios de transporte que pueden habitarse por un instante prolongado: los buques trasatlánticos, por ejemplo, tanto en Novela de ajedrez (Zweig) como en Novecento (Baricco).

     Los hoteles y sus múltiples variantes (pensiones, albergues, hostales, inquilinatos) han sabido cumplir un rol similar. Los encuentros más «sorprendentes y deliciosos», afirma Maupassant al inicio de su cuento «La desconocida», suelen producirse «en un tren, en un hotel o en un lugar de vacaciones»; es decir, de viaje y fuera de lo cotidiano.

     Dejando a un lado los encuentros que propician, los hoteles metaforizan asimismo un sinnúmero de cosas: desde cierto extrañamiento, que es también el del viajero, hasta nuestro efímero paso por el mundo. 

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