Ficha técnica

Título: Vida de San Francisco | Autor: Álvaro Pombo | Editorial: Ariel | Formato: 14,5 x 23 cm. | Presentación: Rústica con solapas | Páginas: 200 | ISBN: 978-84-344-1953-7 | Precio: 15,90 euros | Ebook: 11,99 euros

Vida de San Francisco

ARIEL

La vida de san Francisco de Asís es notablemente diferente de las vidas de los santos al uso. Álvaro Pombo, en simpatía con la antigua tradición franciscana, elige en este libro un estilo correspondiente al gran sobresalto intelectual y afectivo que produce el biografiado. Adopta, por eso, el punto de vista y la voz o voces de los primeros hermanos que acompañaron a Francisco.

Con una notable mezcla de atrevimiento, seriedad y simpatía profunda, Álvaro Pombo se convierte, al mismo tiempo, en la voz plural, brillante y humilde de aquella primera comunidad franciscana, una docena mal contada de hermanos pobres que eran «indoctos y estaban sometidos a todos».

Así, el lector inteligente y valeroso encontrará elementos para reflexionar por su propia cuenta e incluso mejorar su propia vida.

I. POR EL CAMINO DE LA HERMANA MUERTE

Constantemente, los cuatro pasamos de un lugar a otro. Y sólo hay dos lugares, todo el universo dividido en dos partes: el interior, la celda donde yace el hermano Francisco, cubiertos los ojos para evitar el daño de la luz, el tenue resplandor del día de abril que empieza ya a alargarse por las tardes, hacia el verano inmenso, con sus eras, sus trillos, el bálago que acarrean los altos carromatos por los caminos resecos de la Umbría. Ahora, en abril, todos sabemos que ha empezado el fin de quien fue nuestro padre y madre y hermano durante estos veinte instantáneos años que acaban de pasar. Y el hermano Francisco, ciego, doliente, en el catre donde pasa el día. Es un interior, nuestro interior, adonde vamos y de donde venimos, ahí entramos y de ahí salimos, al otro único lugar que hay y que es el universo entero: el exterior, la primavera brillante, achubascada, de altos cielos muy fríos aún, lejos aún de mayo y junio, en el filo de la escalofriada primavera del mundo. En el exterior nosotros cuatro, y dentro nuestro interior, el único interior, la celda donde yace incurablemente enfermo, y ciego casi, el hermano Francisco. Nos turnamos durante todo el día y toda la noche para que nunca le falte compañía. Ahora hablamos poco entre nosotros, porque sólo nos reunimos en su celda, en su interior, en el interior de nuestra inspiración religiosa y nuestras vidas, donde yace moribundo en su catre, en esta ermita de Alberino, cerca de Siena. Anoche creímos que se moría cuando tuvo el vómito de sangre. Le rodeamos, le pedimos la bendición. «Bendícenos», sollozábamos. Retrocedíamos al interior de nuestra niñez, al rincón del sollozar, a los escondrijos de los animales domésticos, en los caseríos donde nacimos, en los corrales de nuestras casas, los establos donde echábamos de niños las siestas, donde cocean las mulas contra el dintel de la conciencia, la huidiza conciencia que se aduerme y que solloza y que se aferra a ese resto de conciencia de nuestro fundador, que se concentra en su mano alzada y en su bendición, una acción mínima que se disuelve en el aire, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Nos tranquiliza la llegada del hermano Benito, el sacerdote, que es parte del exterior. A diferencia de nosotros -que sollozamos aniñados, inservibles, incompetentes, temerosos de la proximidad de la hermana muerte, que no es alegre sino ciega, sorda y muda, la hermana insufrible que se nos echa encima-, que no estamos en condiciones de escribir nada, ni siquiera las pocas frases que desearíamos escribir para recordarlas siempre, las que pronuncia el hermano Francisco. Por eso le encarga al hermano Benito que escriba: Escribe cómo bendigo a todos mis hermanos, a los que están con nosotros ahora y a todos los que estarán con nosotros hasta el fin de los tiempos. Y tiene que ser brevemente, a causa de la debilidad de mis ojos y del dolor, que no tengo ni fuerza para hablar, hermano, nada más tres frases para declarar mi voluntad: que en recuerdo de mi bendición y de mi testamento se amen siempre unos a otros, que amen y guarden siempre la Santa Pobreza, nuestra señora, y que sean siempre fieles y permanezcan siempre sujetos a los obispos y a todos los clérigos de toda la Santa Madre Iglesia.

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