Ficha técnica

Título: Vicio propio | Autor: Thomas Pynchon |  Traducción: Vicente Campos | Editorial: Tusquets | Colección: Andanzas 752 | Género: Novela | ISBN: 978-84-8383-301-8 | Páginas: 420 | PVP: 20,19 € (IVA no incluido)| Publicación: Marzo de 2011

Vicio propio

TUSQUETS

Se llama Sportello, Doc Sportello, y es un detective privado un tanto peculiar en el colorista Los Ángeles de finales de los años sesenta. Hacía ya tiempo que Doc no veía a su ex, Shasta, seductora femme fatale, cuando ésta recurre a sus servicios porque ha desaparecido su nuevo amante, un magnate inmobiliario que había visto la luz del buen karma, un tanto distorsionada por el ácido, y quería devolver a la sociedad todo lo que había expoliado. Sportello se ve enredado entonces en una intriga en la que los escrúpulos chispean por su ausencia y cuya trama es casi la de una novela negra clásica.

A partir de ahí, Pynchon…, Thomas Pynchon, pergeñando un retrato poliédrico y desbocado de una época en la que todavía se creía que bajo los adoquines se extendía la playa: surfistas embriagados de la mitología de las olas gigantes, combatientes de Vietnam o agentes del FBI reconvertidos en hippies, pandillas carcelarias, la escabrosa sombra de Charlie Manson y sus sumisas acólitas, una brutal organización secreta de dentistas, polis corruptos, una protointernet con protohackers, bellas masajistas, un violento ex presidiario de sexualidad ambigua, camellos que trapichean con caballo y políticos que trapichean con vidas, películas en blanco y negro, Godzilla y John Garfield, Star Trek y Hawai 5-0...

Todo sazonado con diálogos, juegos de palabras y guiños hilarantes, al ritmo de una banda sonora frenética que sirve de fondo a una mirada teñida de nostalgia al final de una época, una mirada nublada por una bruma melancólica -de humo de marihuana o de la calima que cubre la costa californiana un día sí y otro no-, a veces, con la cualidad de un espejismo o de un sueño que nos han hurtado porque, al fin y al cabo, siempre quisimos ir a L.A.

 

Uno  

   Ella vino por el callejón y subió las escaleras traseras, como antes. Hacía un año que Doc no la veía. Que nadie la había visto. Por entonces iba siempre en sandalias, con la parte de abajo de un bikini estampado de flores y una camiseta desteñida de Country Joe & the Fish. Pero esa noche vestía de pies a cabeza como una chica de tierra adentro y llevaba el pelo mucho más corto de lo que él recordaba: la pinta que ella juraba, en el pasado, que nunca tendría.

   -¿Eres tú, Shasta?

   -Se cree que está alucinando.

   -Supongo que es por el nuevo envoltorio.

   Los iluminaba la luz de la calle que entraba a través de la ventana de la cocina, a la que nunca se había molestado en poner cortinas, y desde la falda de la colina les llegaba el estampido de las olas. Algunas noches, con el viento apropiado, se oía el oleaje en toda la ciudad.

   -Necesito tu ayuda, Doc.

   -¿Sabes que ahora tengo una oficina?, ¿como un empleo normal y todo eso?

   -Te busqué en el listín telefónico; estuve a punto de pasarme por allí. Pero luego me dije: mejor para todos que esto parezca una cita secreta.

   Pues muy bien, nada romántico esta noche. Mal rollo. Pero a lo mejor todavía caía algún encargo remunerado.

   -¿Te vigilan?

   -Acabo de tirarme una hora dando vueltas por las calles de los alrededores para no llamar la atención. 

   -¿Te apetece una cerveza? -Se acercó a la nevera, sacó dos latas de la caja que guardaba dentro y le dio una a Shasta.

   -Hay un hombre -decía ella.

   Claro, tenía que haberlo, ¿a qué venía ponerse sentimental? Si le hubieran dado cinco centavos cada vez que un cliente le había contado su historia empezando con esas palabras, ahora estaría en Hawai, colocado día y noche, currándose las olas en Waimea, o, mejor aún, habiendo contratado a alguien que se las currara por él…

   -Un caballero de las más rectas convicciones -dijo risueño.

   -Ya vale, Doc. Está casado.

   -Una… buena situación económica.

   Ella se echó hacia atrás una melena que ya no tenía y alzó las cejas: sí, y qué.

   Por Doc, nada, chachi.

   -Y la esposa… ¿sabe lo vuestro?

   Shasta asintió.

   -Pero también se está viendo con alguien. Sólo que no es lo de siempre, ella y el otro están tramando algo, algo horripilante.

   -Para largarse con la fortuna del maridito, sí, me suena, tengo entendido que eso ha pasado un par de veces en L.A. Y… exactamente, ¿qué quieres que haga? -Encontró la bolsa de papel en la que se había traído la cena a casa y se afanó simulando que garabateaba notas encima, porque con su uniforme de chica virtuosa, su maquillaje que se suponía que no debía notarse ni de cerca, ahí le llegaba la vieja y bien conocida erección que, tarde o temprano, Shasta siempre le provocaba. ¿Es que esto no acaba nunca?, se preguntó. Claro que sí. Se acabó.

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