Ficha técnica

Título: Viaje a una guerra | Autores: C. Isherwood y W. H. Auden | Traducción de: Eduardo Iriarte (W. H. Auden) y Raquel Vázquez Ramil (C. Isherwood)| EditorialEdiciones del viento | Colección: Viento Simún 36 | Formato: 16 x 24 cm / rústica | Fecha de publicación: 2 de junio de 2008 | Precio: 21 € | ISBN: 978-84-96964-22-8

(Presentación:  2 de junio de 2008 a las 12,30 horas en la Feria del Libro de Madrid con Javier Reverte y Luis Antonio de Villena)

Viaje a una guerra

EDICIONES DEL VIENTO

En enero de 1938,  cargados como dos turistas con sus respectivas cámaras de fotos, dos amigos, W. H. Auden y Christopher Isherwood partieron de la estación Victoria de Londres con destino a China, para recabar información con la que escribir un libro sobre la guerra chino-japonesa. Era la primera vez que ambos escritores cruzaban el canal de Suez,  no hablaban una palabra de chino y mantenían una absoluta ignorancia sobre lo que allí ocurría. El resultado de aquella aventura fue este maravilloso libro, en el cual Isherwood se ocupa de redactar el diario del viaje, mientras que su amigo el poeta Auden aporta un sorprendente poemario en el que se incluyen veintisiete sonetos y un largo poema, además de una dedicatoria en verso  a E. M. Forster, el famoso autor de Pasaje a la India. El volumen incluye además numerosas fotografías tomadas en el frente por ambos amigos. Es la primera vez que esta obra se traduce al español.

I

El 28 de febrero de 1938 salimos de Hong Kong en el Tai-shan, un barco fluvial, con destino a Cantón.

En esa época había dos rutas alternativas para ir a Cantón: la fluvial o el ferrocarril de Kowloon-Cantón. Los aviones japoneses, con base en un portaaviones fondeado cerca de Macao, bombardeaban casi todos los días el ferrocarril, pero los ataques apenas interrumpían el tráfico ferroviario. La mayoría de las bombas no daban en el blanco. Si la vía sufría daños, grupos de culíes que trabajaban a increíble velocidad, la reparaban en cuestión de horas. Los barcos fluviales, de propiedad británica, nunca fueron bombardeados.

Era una mañana estupenda, cálida y húmeda. Desayunamos a bordo y nos apresuramos a salir a cubierta para no perdernos las sensacionales vistas que nos habían prometido. Unos amigos de Hong Kong, que habían hecho el viaje, nos habían contado que a veces los aviones japoneses, al regresar de un ataque, volaban bajo sobre el Tai-Shan y apuntaban a los pasajeros con los cañones en plan de burla. También cabía la posibilidad de que viésemos a los barcos de guerra japoneses enfrascados en un duelo de artillería con los fortines del estrecho de Bocca Tigris. ¡Ojalá pudiésemos hacer fotos! Estábamos decididos a intentarlo, a pesar de los letreros prohibiendo las cámaras que habíamos leído en el comedor: «En este momento crítico del país, cualquier acción que se pueda considerar inconveniente o susceptible de interpretaciones sospechosas…».

Cuando se entra en un país sacudido por la guerra como observador neutral, la primera impresión tiende a ser como de un sueño, irreal. Por otro lado, un viaje tan lleno de contrastes, desde el Londres envuelto en el invierno de enero al Hong Kong sumido en el febrero tropical, tenía el carácter de un sueño, a veces pesado, y a veces extraordinario y hermoso. Nos habíamos convencido mutuamente de que, cuando despertásemos en Hong Kong, todo sería verdad. Pero no despertamos, sino que el sueño cambió. El nuevo sueño era más confuso que el anterior, menos sosegado, y un poco inquietante. Consistía en cenas ante largas mesas y reuniones con personajes de grotesca fama asiduos de los periódicos: el embajador británico, el gobernador, sir Victor Sasoon. Vivíamos en una vorágine continua, poniéndonos el esmoquin a toda prisa o llamando taxis para cumplir con compromisos a los que invariablemente llegábamos tarde. Y al igual que los soñadores, siempre nos importunaban: escuchábamos medio aturdidos instrucciones o consejos que, como muy bien sabíamos, no podríamos recordar a la mañana siguiente. También nos hacían advertencias, algunas tan fantásticas como las pesadillas: «No se mezclen con las multitudes chinas o contraerán el tifus». «No salgan a pasear solos o los confundirán con espías y los matarán a tiros.»

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