Ficha técnica

Título: Varados en Río | Autor: Javier Montes| Editorial: Anagrama | Colección: Narrativas hispánicas | Páginas: 312 | Fecha: may/2016 | ISBN 978-84-339-9814-9 | Precio: 19,90 euros | Ebook: 9,99 euros

Varados en Río

ANAGRAMA

Estamos acostumbrados a sentirnos desterrados del Paraíso, pero ¿qué pasa cuando nos sorprendemos desterrados en el Paraíso? ¿Cuando se nos ofrece a manos llenas una belleza y una ilusión de felicidad que no sabemos aceptar?

Río de Janeiro es un lugar y una idea. Encarna para muchos, desde hace mucho, una imagen y un deseo; precipita y renueva una fantasía antigua como la humanidad. Tiene su sitio en el mapamundi imaginario donde figuran Jauja, Shangri-La, Xanadú, El Dorado. En suma, el paraíso terrenal, la cidade maravilhosa donde reinan la belleza, el sol y la voluptuosidad de los cuerpos, la alegría de un Carnaval perpetuo.

Pero es también un destino difícil para un exilio: no creemos en las promesas que encarna Río pero necesitamos seguir escuchándolas. Visto por los ojos de los escritores forasteros que acabaron varados en él, se vuelve también pobre y lluvioso, fantasmal y violento. El Río de placeres secretos de Manuel Puig; el Río desvencijado y hostil al que se enfrentó Rosa Chacel; el Río legendario y sofisticado de los cincuenta, de las casas ultramodernas, las intrigas políticas y la bohemia dorada que conoció Elizabeth Bishop; el Río dolorosamente ajeno a las fotos del suicidio de Stefan Zweig. Como personajes de una intriga detectivesca, Javier Montes rastrea sus huellas casi borradas hasta acabar armando el relato colectivo de una ciudad-mundo y de las formas en que el exilio puede cambiarnos. Más que un hogar, Río fue para ellos un lugar desde el que preguntarse por el sentido de esa palabra: por qué viajamos, y qué significa volver a casa.

Entre la crónica viajera y el ensayo literario, Javier Montes revalida con esta nueva obra un talento único para transgredir los géneros sin perder jamás el pulso narrativo. Como escribió J. Ernesto Ayala-Dip en El País:«Javier Montes no es nada inocente. Se decía que André Gide era el más grande novelista enemigo de la novela. No digo que Montes sea ese novelista gideano. Pero lo que propone desde dentro de la novela clásica es una renovada visión del género. Maneras singulares de armar historias de nuestros días.»

«Una obra que satisface al lector tanto por los descubrimientos y reflejos de una ciudad como Río, como por aspectos de lo que el exilio supone, amén de las ideas que sostuvieron o mantuvieron esos personajes … Una gran obra, sin duda, que depara un singular placer, página tras página de entretenida lectura» (Santiago Aizarna, El Diario Vasco)

«Un libro complejo, ambicioso e inclasificable, el retrato de una ciudad a partir de la experiencia de cuatro (más uno, el propio autor) escritores» (Ángel  Vivas, El Mundo)

«En este libro Javier Montes trata de adentrarse en las particularidades del exilio entretejiendo su propia experiencia en Río de Janeiro, donde vivió en varias épocas, con la de cuatro escritores que vivieron en la ciudad brasileña: Manuel Puig, Rosa Chacel, Elisabeth Bishop y Stefan Zweig. Siguiendo sus huellas como un detective de novela negra, Montes, versátil, recurre a distintos géneros para estudiar las formas en las que el exilio puede cambiarnos» (Javier Yuste, El Cultural).

 

EL LUGAR, LA IDEA DEL LUGAR   

Mundo mundo vasto mundo… 
CARLOS DRUMMOND DE ANDRADE

Olvidamos pronto las ciudades amables. Puede que al final sólo nos acordemos de las que fueron crueles al recibirnos. A mí me pasó con Río. Llegué justo después de una ruptura, tras unos meses desastrosos en el norte de Brasil. Me quedaba algo ahorrado y vivir allá resultaba barato. Europa se lanzaba a sus navidades siniestras y pensé que el sol del verano austral de una ciudad desconocida sería una forma de esquivar la tristeza que se me vendría encima al volver a casa.

No dejó de llover ni un solo minuto de la primera semana, mientras buscaba piso. Era puente y la ciudad se había quedado vacía. Diluvios horizontales barrían la playa desolada, la humedad empañaba los espejos y el cristal de las gafas. El sol ni se adivinaba, y a las cinco de la tarde, de golpe, el día de perros se volvía noche de lobos.

Una de ellas, por pura desesperación, decidí ir solo a una discoteca del centro. Casi no había salido del hotel y empezaba a pensar que la terapia de choque de aquella cura geográfica iba a ser peor que la enfermedad. Nunca he hecho un viaje más largo e instructivo que aquella hora en taxi a través del viento y la lluvia: a la derecha se sucedían las playas de la Orla durante kilómetros, una tras otra; incluso a esa distancia y sobre el ruido del motor se oía el estampido de las olas gigantes contra la arena. A la izquierda, barrios y barrios sin nombre: altos edificios iluminados, pisos donde desconocidos disfrutaban sin saberlo de la felicidad de estar en su casa, en su ciudad, de tener amigos y planes para el día siguiente y no dudar sobre su lugar en el mundo.

Acabé echando mano de la autocompasión, ese último recurso del viajero solitario. El taxi iba dejando atrás el telón majestuoso de la fachada marítima de Río. Sin que yo pudiera nombrarlos ni distinguirlos, como el bucle de una linterna mágica en mi ventanilla, desfilaron Leblón e Ipanema y la punta del Arpoador bajo sus grandes reflectores humeantes, los seis kilómetros de Copacabana y Leme, Botafogo con sus bares y cines llenos de gente, las casitas bajas y misteriosas de la Urca, los portales señoriales de Flamengo y la parte antigua de la ciudad, Glória y Catete y los rascacielos de Cinelândia. Se abrió el desfiladero de rascacielos de pesadilla de la Avenida Rio Branco, y al fondo acechaban los barrios encaramados a los morros, Gávea, Cosme Velho y Laranjeiras, Santa Teresa y los millones de luces temblorosas de las favelas de una ciudad que hasta no hace mucho ni siquiera las hacía figurar en sus mapas. Habría querido ver el Corcovado, pero no sabía dónde mirar. Y de todas formas las nubes bajísimas tapaban el cielo: como mucho se distinguía tras ellas un resplandor que más que velar sobre Río pesaba como una amenaza. El centro estaba desierto a aquella hora y lleno de casas en ruinas, surcado por autopistas elevadas y poblado de personajes de película posapocalíptica.

«Dios mío», pensé, absorto en mi papel de astronauta perdido en planeta hostil, «jamás penetraré en esta ciudad implacable. Es demasiado grande, demasiado ajena.»

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