Ficha técnica

Título: Usos y abusos de la historia | Autora: Margaret MacMillan | Traducción: Ana Herrera Ferrer  | Editorial: Ariel | Colección: Actual  | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-344-1735-9 | Páginas: 224 | Formato:  14 x 22,5 cm.| Encuadernación: Rústica con solapas | PVP: 17,90 euros | 

Usos y abusos de la historia

ARIEL

Pocos como los historiadores se han preocupado tanto de forjar identidades a lo largo del planeta. El pasado podemos usarlo casi para cualquier cosa que se desee hacer en el presente. Con responsabilidad para obtener reafirmación, lecciones o consejos y para abusar de él,  para crear mentiras sobre un pasado que nunca existió, alimentar el narcisismo colectivo  o escribir historias desde  una única perspectiva.

Los usos y abusos de la historia dan para mucho. En esta obra Margaret Mead trata del modo en que se usa la Historia y en que se abusa de ella, en que se la manipula para justificar una matanza, una guerra o el poder de un tirano, en que se la sustituye por leyendas urdidas para alimentar el narcisismo colectivo, para envejecer y ennoblecer un pasado que no tuvo nada de ejemplar ni de glorioso o que sencillamente no existió.

«Usamos la Historia para entendernos a nosotros mismos y deberíamos usarla para entender a los otros», escribe MacMillan, pero el catálogo de desatinos que ella misma enumera le da a uno una idea más bien pesimista de la actitud humana hacia el conocimiento de la verdad. 

«Tengo la sospecha de que si  Margaret Macmillan pasara unas semanas en nuestro país sacaría materia suficiente para otro libro entero.» Antonio Muñoz Molina 

«Empecé a leer esta obra, una especie de síntesis de todo lo que la autora ha aprendido a lo largo de una vida dedicada al estudio (y no al negocio ni a la manipulación) del pasado, como quien no quiere la cosa. Y acabé con el libro subrayado a dos colores y con signos de admiración en los márgenes: como sucede cuando uno da con una obra en la que encuentra perfectamente explicado lo que no acertaba a formularse con precisión.»  Manuel Rodríguez Rivero, Babelia, El País 

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La locura por la historia

     La historia, y no necesariamente la que estudian los historiadores profesionales, es muy popular en estos tiempos, incluso en Norteamérica, donde siempre hemos tenido la tendencia a mirar hacia el futuro en lugar de mirar hacia el pasado. Esto se puede explicar en parte por las fuerzas del mercado. La gente está mejor educada y, sobre todo en las economías maduras, tiene más tiempo libre y se jubila antes. No todo el mundo quiere retirarse a una urbanización al sol y pedalear en triciclos para adultos como única diversión. La historia puede ayudar a formarse una idea del mundo en el que vivimos. Puede resultar fascinante, incluso divertida. ¿Cómo podría inventarse el mejor novelista o dramaturgo a personajes como César Augusto, Catalina la Grande, Galileo o Florence Nightingale? ¿Cómo podrían inventarse los guionistas unas historias de acción o unos dramas humanos mejores que los que han existido, a miles, a lo largo de todos los siglos de historia conocida? Existe en el mundo una gran sed tanto de conocimientos como de entretenimiento, y el mercado ha respondido con entusiasmo. 

     Museos y galerías de arte organizan enormes exposiciones sobre personajes históricos como Pedro el Grande o sobre periodos específicos de la historia. En todo el mundo abren cada año nuevos museos para conmemorar momentos del pasado, incluso los más dramáticos. China tiene museos dedicados a las atrocidades japonesas cometidas durante la segunda guerra mundial. Washington, Jerusalén y Montreal tienen museos del Holocausto. La televisión tiene canales dedicados enteramente a la historia (a menudo, todo hay que decirlo, mostrando un pasado que parece formado en su mayor parte por batallas y biografías de generales); los lugares históricos quedan agostados bajo los pies de los turistas; las películas históricas (pensemos sólo en las más recientes sobre la reina Isabel I de Inglaterra, por ejemplo) hacen dinero, y la proliferación de novelas históricas populares demuestra que los editores saben muy bien dónde está el beneficio. Los documentales de Ken Burns, desde la clásica serie de la guerra civil americana a la de la segunda guerra mundial, se emiten repetidamente.

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