Ficha técnica

Título: Uno más ocho | Autores: Jorge Benítez / Fede Durán / Carlos Robles | Editorial: Reservoir Books | Colección: Reservoir narrativa | Formato: tapa dura | Páginas: 176 | Medidas: 158 X 222 mm | ISBN: 9788416195954 | Fecha: nov/2016| Precio: 18 euros | Ebook: 8,99 euros

Uno más ocho

RESERVOIR BOOKS

Aquí se dan cita nueve autores nacidos entre 1976 y 1981 a sendas orillas del Atlántico. Podríamos decir que son pseudo inéditos; o al revés, que tienen poca obra publicada. Son cinco magníficas escritoras, cuatro magníficos narradores. Voces maduras, quizá de floración tardía. Son nuestros nueve viejísimos cuentistas.

Hace dieciocho años, cuando nació Reservoir Books, tenían alrededor de dieciocho. Y sobre eso escriben precisamente: la augurada libertad, la onda expansiva de la postadolescencia, sus daños colaterales. Son miradas nostálgicas, agridulces, satíricas, elegíacas… realizadas desde el ecuador de la segunda edad, cuando se acerca la cuarentena, quizá bajo amenaza de próximos cambios vitales.

En 1998 una aguerrida colección de libros llegó a las estanterías más salvajes: Reservoir Books. Hizo las delicias de los jóvenes lectores que buscaban sangre nueva, emociones afiladas, libros fascinantes. Al poco, se abrió una subcolección de antologías cuyas filas engrosaban escritores de presente y futuro: After Hours (1999), Invasores de Marte (2000), Franquismo Pop (2001), Cuba y el día después (2001). A su legado simbólico y al espíritu original de Reservoir Books, tan hijo de los noventa, queremos rendir homenaje con este volumen, una suerte de nuevo almanaque para los viejos tiempos.

La vida eterna
(de Ana Llurba)

Hacía dos meses que no nos veíamos. Desde el último verano, después que acabaron las clases. Una noche me llamó, desconsolada. Las palabras se le atropellaban en la garganta. Era un tsunami de sollozos y pesadumbre. Un poco más tarde pasé a buscarla. Me estaba esperando junto a la puerta. La abracé y la acompañé hasta un taxi mientras su carcelera intentaba intimidarme con su mirada reprobatoria.

Apenas llegamos a mi casa, nos escabullimos de mi madre y mi hermana que veían la televisión en el living. Afuera había una luna de un gris encefálico. La calle estaba iluminada por unos raquíticos faroles. La tranquilidad nocturna era interrumpida solo por el ruido de una brisa ligera que circulaba entre las copas de los árboles. Nos desplomamos en las camitas como dos pesos muertos.

Cuando llegábamos a mi casa, siempre nos escabullíamos hasta el cuartito de huéspedes. Allí había dos camitas individuales separadas por una mesita de luz. Nos refugiábamos ahí porque a mi madre no le gustaba que nos acostáramos juntas en mi cama. Por eso entrábamos con sigilo y nos recostábamos de espaldas, girábamos las cabezas y nos observábamos la una a la otra desde la cama opuesta durante largos minutos.

Sin embargo, aquella noche no fue así. Apenas nos acostamos en las camitas, yo busqué ansiosa, insistente, su mirada. Pero ella no me contemplaba a mí. Silvina miraba hacia el cielo, a través del cristal de la ventana. Miraba sin ver. Una neblina de melancolía le había caído en los ojos. De repente, Silvina levantó un brazo y señaló hacia afuera. Con la mano del otro brazo se tapó la boca, para contener un grito. Hasta ese momento yo pensaba que Silvina pertenecía a la misma aristocracia de espíritu que yo. O por lo menos lo había sido durante un tiempo.

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