Ficha técnica

Título: Una vida de repuesto | Autor: Boris Fishman | Traducción: María Porras Sánchez | Editorial: Siruela  | Colección: Nuevos Tiempos, 349 | ISBN: 978-84-16854-06-6  | Encuadernación: Rústica con solapas |Páginas: 304 | Dimensiones:150 x 230 mm | Fecha: oct-2016 | Precio: 22,95 euros | Ebook: 9,99 euros

Una vida de repuesto

SIRUELA

Al parecer, Yevgeny Gelman «no sufrió exactamente» todo lo que debería haber sufrido para poder obtener la compensación que el Gobierno alemán está pagando a los supervivientes del Holocausto. Pero padecer, ha padecido: como judío durante la guerra, como ciudadano de segunda clase en la Unión Soviética y después como inmigrante en Nueva York. ¿Y dicen que no tiene derecho? Quizá su nieto el escritor pueda echarle una mano con ese asunto…

Su nieto Slava desea llegar a ser un estadounidense intachable, pero anhela aún más convertirse en un novelista de éxito; lamentablemente Century, la famosa revista para la que trabaja como documentalista, no le da la oportunidad de prosperar. Su imprevista transformación en falsificador de documentos le enseñará que no toda la realidad es cierta ni todas las mentiras una impostura. Arrastrado y confundido por sus propias ficciones, Slava acabará cometiendo un acto irrevocable que, en último extremo, le valdrá para sentir el continente americano como su hogar, pero no sin antes pagar por ello un alto precio.

«Boris Fishman ha escrito una primera novela tierna, llena de matices y, en ocasiones, realmente divertida, sobre la identidad, la conciencia y la lealtad familiar». JOYCE CAROL OATES

 

Capítulo 1 Domingo, 16 de julio de 2006

El teléfono sonó justo después de las cinco. Una sombra azulona se extendía por el cielo: sin escrúpulo alguno, el día se disponía a comenzar. ¿Acaso no acababa de hacerse de noche? El cuerpo le indicaba que así era. El sol, en cambio, se adivinaba en el recuadro de color cobalto de la ventana y las grandes torres del Upper East Side se preparaban para su baño de oro.

¿Quién podía equivocarse al marcar a las cinco de la mañana de un domingo? El teléfono fijo de Slava nunca sonaba. Incluso los teleoperadores le habían dado por perdido, un logro nada desdeñable. Su familia ya no lo llamaba porque él se lo tenía prohibido. En su estudio, milagrosamente asequible incluso para un empleado júnior de una revista del Midtown, los ecos campaban entre el escaso mobiliario: un futón, un escritorio, una lámpara de techo decorada con vides forjadas en hierro (regalo de su abuelo que no pudo rechazar) y un televisor antiguo que nunca encendía. De vez en cuando imaginaba que atravesaba las paredes como un espíritu de Poe y se reía amargamente.

Pensó en levantarse, atacar el día por sorpresa. A veces se levantaba más temprano de lo normal para inspirar el aire del parque Carl Schurz antes de que el sol avivase la peste a porquería, crema solar y mierda de perro. Mientras los camiones de basura impregnaban el aire de pitidos, él se apoyaba en la barandilla con los ojos cerrados, el río a sus pies todavía negro, amenazador y nocturno, para oler el salitre de un arcano e intocable océano. Madrugar siempre lo llenaba de esperanza, la clase de optimismo que solo estaba disponible antes de las siete o las ocho, antes de acudir a la oficina.

El bendito teléfono volvió a sonar. Derrotado, extendió el brazo para cogerlo. A decir verdad no le desagradaba que lo llamaran. Incluso si resultaba ser un teleoperador, habría atendido con seriedad su pregunta sobre fondos destinados a educación.

-Slava -susurró en ruso una voz acuosa: su madre. Sintió rabia, después algo más indefinido. Rabia porque les había pedido que no lo llamaran. Lo otro porque ella últimamente lo obedecía-. Tu abuela no está -anunció. Entonces rompió a llorar.

No está. Faltaban palabras. En ruso, no necesitabas un adjetivo para completar la frase, pero en inglés sí hacía falta. En inglés, su abuela podría estar viva.

-No lo entiendo -dijo él.

Llevaba semanas sin hablar con su familia, puede que un mes pero, en su cabeza, su abuela, que padecía cirrosis en silencio desde hacía años, seguía confinada en su cama de Midwood, como si el recuerdo se correspondiera con la realidad hasta que volviera a verla, hasta que él autorizara cualquier cambio. El estómago, hasta entonces en calma, se le revolvió.

-La ingresaron el viernes -explicó su madre-. Pensamos que era otro problema de hidratación.

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