Ficha técnica

Título: Una temporada en Venecia | Autor: Włodzimierz Odojewski | Editorial: Minúscula | Traducción: Katarzyna Olszewska Sonnenberg | Páginas: 108 | Encuadernación: Rústica | Primera edición: mayo 2009 | ISBN: 978-84-95587-51-0 | PVP:  12,50 euros

Una temporada en Venecia

EDITORIAL MINÚSCULA

 

Aunque sea polaco y solo tenga nueve años, Marek lo sabe todo sobre la ciudad de los canales. Ha escuchado con fascinación hablar de ella a los adultos, ha recortado fotos de revistas y libros, incontables veces ha imaginado sus palacios y ha pasado horas y horas sin despegar la vista de guías y mapas. El gran día en que podrá verla al fin está muy cerca, pero ese verano de 1939, en lugar de hacer el viaje soñado, sus padres lo envían al campo, a la villa modernista de su tía Weronika. En el sótano de esa gran casa llena de recovecos descubrirá una Venecia inesperada. Mientras del cielo caen las primeras bombas, y justo cuando la infancia de Marek está a punto de acabarse, la ciudad mágica se convierte en un refugio hecho a medida de la fantasía desbordante de una familia singular, que Odojewski recrea en un mundo de imágenes jubilosas y delicadas.

 

PRIMERAS PÁGINAS

Se pregunta cuándo oyó hablar de Venecia por primera vez. Y constata que nunca ha sido capaz de averiguarlo. Ni ahora, ni tampoco el día en que le comunicaron que su viaje a Venecia se había cancelado. Todavía no había cumplido diez años. Pero ese nombre, Venecia, parecía emerger de un rincón más profundo de su infancia, de cuando tenía apenas dos años, o dos años y medio. En aquel tiempo su familia aún disponía de mucho dinero y era frecuente que uno u otro de sus miembros se embarcara en algún viaje a un destino de moda o a algún lugar de reposo. Su madre pasó en Venecia un mes del verano en que él, Marek, cumplió un año y medio y, al parecer, protestó a gritos contra esa separación, tan incomprensible como cruel para él, de modo que su niñera, de la cual aún conserva en la me moria su rostro ancho y musculoso (aunque aparecía difuminado por las brumas del sueño), tenía que tranquilizarle contándole historias de la «ciudad flotante». Ahora piensa que fue por aquel entonces, o quizá un poco más tarde, cuando se construyó una imagen compuesta de encajes de piedra recubiertos de lazos artísticamente labrados con arabescos grana y plata, que le recordaban las miniaturas de colores que decoraban las cajitas de porcelana que su abuela guardaba en una vitrina; en esa imagen había numerosos canales por los que surcaban góndolas y sobre los que se elevaban al cielo los arcos de los puentes, y cuando caía la noche unos leones alados emprendían el vuelo hacia la plaza de San Marcos, donde galopaban unos enormes ca ballos de bronce, en ese mismo lugar donde de día se paseaban simples palomas, menos mágicas que los caballos, pero algo mágicas en cualquier caso. El hecho de que, tiempo después, siguiese llamando «ciudad flotante» a Venecia y que dijese que «flotaba contra el agua» igual que su niñera, incluso cuando ya sabía que la ciudad no flotaba y que no se decía «contra el agua», parece confirmar que fue ella (que murió  poco después de tifus), y no otra persona, la que había dibujado en su imaginación ese cuadro.

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