Ficha técnica

Título: Una semana en la nieve | Autor: Emmanuel Carrère | Traducción: Javier Albiñana | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de Narrativas  | Páginas: 168 | ISBN: 978-84-339-7902-5 | Precio: 14,90 euros 

Una semana en la nieve

ANAGRAMA

Nicolas, de ocho años, va a pasar una semana en la nieve. Va a disfrutar, junto con sus compañeros del colegio, de una semana de diversión en una estación de esquí. Es lo que en las escuelas francesas se conoce como semana blanca, que permite que los niños se oxigenen con unas breves vacaciones y rompan por unos días la rutina de las clases. En ese paisaje nevado y gélido, Nicolas conoce a su monitor de esquí y hace un nuevo amigo, el temible Hodkann, el terror de los dormitorios. Pero esos días de diversión tendrán para él mucho de viaje iniciático: el lector no tarda en ir percibiendo que sobre esa semana en la nieve planea una amenaza, un desasosiego difuso, una incertidumbre perturbadora, que se materializará de un modo terrible cuando llega la noticia de que en un pueblo vecino ha sido asesinado un niño…

Mezclando la crónica de sucesos, el relato fantástico y el inquietante universo de los cuentos de Perrault o los Grimm, Emmanuel Carrère aborda con sutileza y auténtica maestría literaria los temores infantiles, las inseguridades de una etapa en la vida de una persona en la que los miedos pueden convertirse en pesadillas.

«Con esta novela Emmanuel Carrère confirma su excepcional aptitud para la renovación. Y su arte como narrador alcanza una nueva cima» (Jean-Pierre Tison, Lire).

«Con un rigor extremo, con un tacto extremo, Carrère traza una red de sutiles señales, amenazas y premoniciones, trabajando con un registro preciso, directo, casi naturalista, en la elaboración de una perfecta narración de terror» (Vincent Landel, Le Magazine Littéraire).

«Una semana en la nieve es un viaje al imaginario infantil, a sus sombras,
a sus sufrimientos intolerables» (Dominique Bona,
Le Figaro).

«La sexualidad, a diferencia de otros libros de Carrère, ocupa en Una semana en la nieve un lugar central, como fuente de pavor» (Claire Devarrieux, Libération).

«Transparente y sólida, la escritura de Carrère juega muy eficazmente a la sugestión, sin insistir nunca. La nieve, omnipresente, le ofrece un contrapunto imaginario que hace que la novela se deslice hacia otra dimensión» (J.-M. de Montremy, La Croix).

«Un impresionante viaje a los recovecos del alma de un niño, narrado con un estilo glacial pero que plasma las heridas» (Jean-Claude Lebrun, l’Humanité).

«¿Y si con esta aterradora novela Carrère resultase ser un retoño feroz de Henry James?… Una semana en la nieve es una obra maestra» (Jean-François Josselin, Le Nouvel Observateur).

«Hay arte en mayúsculas en esta pesadilla en la nieve» (Annie Coppermann, Les Échos).

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      Más tarde, durante mucho tiempo, Nicolas intentó recordar las últimas palabras que le había dirigido su padre. Se había despedido de él en la puerta del albergue, repitiéndole una y otra vez consejos de prudencia, pero Nicolas se sentía tan molesto por su presencia, tenía tantas ganas de verlo marcharse que no le había escuchado. Le echaba en cara que estuviera allí, que atrajera sobre ellos miradas que adivinaba burlonas, y se había zafado, agachando la cabeza, del beso de despedida. En la intimidad familiar, semejante gesto le hubiera valido reproches, pero sabía que allí, en público, su padre no se atrevería a hacérselos.

       Antes, en el coche, habían hablado. Nicolas, sentado detrás, apenas lograba que su padre le oyera debido al ruido de la ventilación, puesta al máximo para desempañar los cristales. Le preocupaba saber si encontrarían en la carretera una gasolinera Shell. Por nada del mundo habría consentido, aquel invierno, que compraran la gasolina en otro sitio porque Shell regalaba cupones que permitían ganar un hombrecillo de plástico cuya parte superior se levantaba como la tapa de una caja, descubriendo el esqueleto y los órganos: podían quitarse y ponerse y así familiarizarse con la anatomía del cuerpo humano. El verano anterior, en las gasolineras Fina, ganabas colchones neumáticos y barcos hinchables. En otras, regalaban tebeos, cuya colección completa tenía Nicolas. Se consideraba privilegiado, cuando menos bajo ese punto de vista, por la profesión de su padre, que se pasaba el tiempo en la carretera y llenaba el depósito cada dos o tres días. Antes de que saliera de viaje, Nicolas le pedía que le indicara el recorrido en el mapa, calculaba el número de kilómetros y lo convertía mentalmente en cupones que guardaba en la caja fuerte, del tamaño de una caja de puros, cuya combinación sólo conocía él.

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