Ficha técnica

Título: Una historia moral del rostro | Autor: Belén Altuna| Editorial: Pre-Textos | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-92913-87-9 | Páginas: 340 | Formato:  24 x 16 cm. | Encuadernación: Rústica| |  Ref: 1105 | PVP: 20,00 € | Publicación: Diciembre de 2010

Una historia moral del rostro

PRE-TEXTOS

Usted, invisible lector, tiene cara de buena persona. O tal vez no. ¿Cara de listo? O puede que cara de pocos amigos. Quizá cara de caballo, o de paloma. Pero en todo caso, tiene cara, eso seguro. Y eso es como tener un texto en la frente, un texto que se está escribiendo y reescribiendo constantemente, un texto que, no se sabe cómo, todos los que le miran saben leer con mayor o menor acierto. Por muy bien vestido que esté, está desnudo, amigo. Y vive entre miles y miles de seres desnudos de cuello para arriba, en una curiosa comunidad de rostros que se leen mutuamente, que se comunican, se conocen o se intuyen más allá -o más acá- del elaborado artefacto de sus palabras…

Este libro nace de una fascinación.

Una fascinación por la idea de que el carácter moral de una persona pueda revelarse mediante signos corporales y, especialmente, faciales. Una fascinación que se extiende a todas las formas no lingüísticas de la moralidad, a la información no verbal que transmitimos e interpretamos en el encuentro cara a cara. Una fascinación, en definitiva, por las diferentes formas históricas y culturales que toma la idea metafísica -profundamente arraigada- de que la cara es el espejo del alma.

Por supuesto, son muchas las disciplinas que abordan esta cuestión de un modo u otro. Al fin y al cabo, hablamos de identidad, de alteridad, de comunicación interpersonal. ¿Y a qué otra cosa se dedican la antropología, la sociología, la psicología y el resto de las ciencias humanas, así como una parte fundamental de la filosofía? Sin embargo, una historia moral del rostro tal como aquí se ensaya resulta novedosa y atípica. Y ello porque intenta integrar lo más interesante de todas esas fuentes que generalmente no suelen mezclarse, para desembocar en los fundamentos de una ética del rostro.

 

I
EL ROSTRO: ¿ESPEJO DEL ALMA? 

1. LA UNIDAD ENTRE SER Y PARECER  

   Yo tengo un rostro, o sería más exacto decir que yo soy un rostro. Con la cara efectuamos la más cotidiana de las metonimias: tomamos una parte por el todo, es decir, la cara por la persona. En mi documento de identidad aparece una foto: ésa soy yo; en el espejo ovalado del baño aparece una cara: ésa soy yo. Se supone que tengo un cuerpo completo, una espalda, una maquinaria de órganos, pero eso es superfluo; se supone que tengo una biografía, una retahíla de actos y omisiones que han ido formandomi lugar en elmundo, pero eso también es un añadido: la de la foto, la del espejo ovalado soy yo. El rostro me representa, me guste o no.

   Y es que la persona en su integridad -eso que antes se decía en cuerpo y alma– se concentra o se contrae en la cara. Actuamos como si ahí estuviera condensado, abreviado, sugerido todo lo que somos, desde nuestra irrepetible individualidad hasta nuestra pertenencia a algún conjunto de seres; a la especie humana, en último término. Así que más te vale llevarte bien con tu cara, aceptarla, decir: «Sí, éste soy yo», o bien «Esto es lo que soy». No tendrás más remedio que adaptarte a ella, apechugar, claudicar, reconocerte, como te reconocen todos los demás.

   La conjunción entre ser y parecer es una de las columnas vertebrales de toda la docta tradición metafísica, si bien sus desconcertantes disyunciones no han sido menos estudiadas. Éstas son también una experiencia habitual en el trato humano, y el refranero popular está cuajado de estas sabias advertencias: «Las apariencias engañan», «Lobo con piel de cordero», «Demonio con cara de ángel», etcétera.Del mismo modo, la sentencia latina clásica In facie legitur homo, «En la cara se lee al hombre», viene contrastada por aquella otra de Juvenal: Fronti nulla fides, algo así como «No hay que fiarse del rostro».

   Pero este tipo de advertencias, en sus versiones cultas o populares, en última instancia no hacen sino confirmar cuál es la tendencia general: fiarse de las apariencias. Y es que parece lógico creer que hay, que debe haber, una continuidad entre interior e exterior, es decir, entre ser y parecer. Necesitamos creer que lo espiritual y lo material están unidos, que lo uno moldea lo otro en su movimiento, en su devenir. Necesitamos creer que, en general, el aspecto exterior (y especialmente, el rostro, nuestra parte más expuesta y expresiva) delata, revela el ser interior, el ser verdadero. Si no lo creyéramos así, si pensáramos que ambas cosas -exterior e interior, físico y psíquico- no tienen nada que ver entre sí, que no hay ninguna correspondencia entre ambas, aceptaríamos un estado de cosas esquizofrénico. Pero es que la experiencia cotidiana nos lo confirma por lo general: la apariencia exterior, y especialmente la cara, y en especial los ojos, son una ventana, un teleobjetivo hacia el interior, hacia las verdaderas intenciones, deseos y pensamientos de esa persona.

   Cuando los hechos nos desmienten la primera impresión que, de manera más o menos instintiva, hemos obtenido de una persona (por ejemplo, basándonos en que tiene «cara de buena persona»), solemos achacarlo o bien a un error de apreciación, es decir, a nuestra mala lectura, o bien a su capacidad de disimulo y engaño facial, a que esa persona tiene «dos caras». En ese segundo caso, elaboramos ya un juicio negativo sobre ese sujeto, e interpretamos esa doble faz como una perversión del principio general del rostro como fuente fundamental de información no lingüística sobre las intenciones y la identidad -sobre la moralidad, al fin y al cabo- del sujeto.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]