Ficha técnica

Título: Una confesión póstuma | Autor: Marcellus Emants | Prólogo: J. M. Coetzee  | Traducción: Gonzalo Fernández | Editorial: Sajalín | Colección: Al margen,19 | Género: Novela | ISBN: 978-84-940627-6-6 | Páginas: 284 | Formato:  13 x 19 cm. | Precio: 19,50 euros

Una confesión póstuma

SAJALÍN

Un clásico perturbador de la narrativa neerlandesa. Prólogo de J. M. Coetzee

 «Emants pertenece a una casta de novelistas europeos que han explorado las insatisfacciones de la civilización occidental: Flaubert, Tolstoi, Ford Madox, Lawrence.» J. M. Coetzee

Willem Termeer, el narrador de Una confesión póstuma, se presenta a sí mismo como un hombre apático, desagradable e indiferente a todo cuanto le rodea. Hijo de una madre fría y vanidosa y de un padre enfermizo e irascible, uno de sus primeros recuerdos es el de su ingreso en la escuela, donde se sentía como un conejito al que han arrojado a la jaula de las fieras. Sumido en un mar de pulsiones que es incapaz de satisfacer, Termeer culpa de su miserable existencia a sus genes y a una sociedad que se rige por una moral hipócrita. Una sociedad a la que odia y teme con intensidad porque se siente excluido de ella. Su matrimonio con una joven de provincias solo empeorará las cosas y lo conducirá, en última instancia, a cometer un acto del que solo podrá librarse a través del papel.

Una confesión póstuma es una de las novelas más relevantes de la literatura neerlandesa y, junto con Indigno de ser humano, de Osamu Dazai, y Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski, una de las mejores y más perturbadoras muestras contemporáneas del género confesional inaugurado por Rousseau. Publicada por primera vez en 1894, esta obra ha cautivado a escritores como J.M. Coetzee, autor del prólogo y de la única traducción al inglés de esta novela.

Prólogo
de J.M. Coetzee 

     A mediados del siglo xix, Holanda era uno de los páramos culturales de Europa. La gran oleada del romanticismo apenas había tenido incidencia en su materialismo autocomplaciente y el país tan solo había producido una obra literaria de altura, la novela Max Havelaar (1860) de Eduard Douwes Dekker, una denuncia de los abusos cometidos en las colonias neerlandesas en las Indias Orientales.

     Sin embargo, llegado el último cuarto de siglo, las nuevas corrientes del impresionismo, el wagnerismo y el naturalismo comenzaron a bañar las costas holandesas, y en torno a 1880 se produce un auténtico despertar literario: la generación del 80. Entre los profetas designados por los jóvenes integrantes de este movimiento se encontraba el escritor Marcellus Emants, papel que él rechazaría, de la misma forma que habría de rechazar la afiliación a cualquier grupo o escuela.

     Nacido en 1848 en el seno de una familia acaudalada de La Haya, a Emants le habían planificado una vida en el mundo de la abogacía. Pero él detestaba las borracheras vacuas y la promiscuidad propias de la vida de estudiante en Leiden, y abandonó sus estudios tan pronto como murió su padre. A partir de entonces comenzó a vivir como escritor autónomo y, para eludir los inviernos holandeses, viajaba al extranjero. Se casó tres veces, siendo su último matrimonio particularmente infeliz. Después de la Primera Guerra Mundial, temiendo la llegada de un gobierno socialista y una subida de los impuestos, se retiró a Suiza, donde falleció en 1923.

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