Ficha técnica

Título: Una comedia siciliana | Autor: Leonardo Sciascia | Traductor:  David Paradela | Editorial: Gallo Nero | Colección: Narrativas  | Páginas: 200  | Formato: 14 x 19  | ISBN: 978-84-16529-24-7 | Precio: 18,00 euros  |  Fecha:  febrero 2016 |

Una comedia siciliana

GALLO NERO

«B. es un gran pueblo siciliano lleno de personas extrovertidas, emprendedoras, agudas; los habitantes de B. son famosos por su astucia en toda Sicilia, puede incluso que en Italia. Producen limones, magos y hombres de genio. Mis amigos G., B. y S., dotadísimos cada cual en su campo, son de B.; y no son los únicos. Es un pueblo hermoso: bien cortado, rico en monumentos, circundado de limones y de mar. Una mafia poco vistosa, y por tanto muy seria. Algún delito de honor. Las relaciones entre las personas parecen ser abiertas y francas: entre familiares, entre amigos y enemigos, en el amor; pero la verdad es que la vida del pueblo se mueve como en dos planos: uno enfático y mistificador -diálogo, luz, fiesta-, y otro encerrado y secreto, corroído por la aspereza de la violencia y la desesperación. Es, en suma, el lugar donde los dos modos de ser de Sicilia, Catania y Palermo, el comercio y el feudo, el teatro y la soledad, confluyen: pero en dos planos distintos, sin encontrarse.»

Una comedia siciliana reúne por primera vez en castellano veinticinco relatos del gran autor de Racalmuto, un imponente corpus de prosas y microhistorias escritas entre 1947 y 1975.

Sciascia compone a través de piezas breves y brillantes una fotografía de Sicilia con todos sus matices: la Sicilia de la mafia, de la corrupción, de la injusticia, del arribismo y del transformismo político, pero al mismo tiempo también nos devuelve el retrato de un pueblo que siempre ha sabido de qué lado tenía que estar.

 

Retrato de un jefe

     Se pasó un año yendo al colegio con un pantalón de pana verde (por entonces no estaban de moda ni el verde ni la pana), chaqueta turquesa y suéter rojo con cenefas negras; y se ganó el apodo de Bandera, porque siempre iba de un lado a otro dando brincos y, de lejos, parecía que donde estaba tuviese que haber un desfile de banderas. En el colegio, cuando tocaba redacción, me suplicaba que le dictase el principio y la conclusión, «me basta con el principio», decía, «y cuatro palabras bonitas para el final». Y como yo se la dictaba entera, me lo compensaba durante las concentraciones de los sábados, porque él era cadete y estaba al mando de nuestra escuadra, nos hacía marchar por el patio y de vez en cuando me llamaba por mi nombre con la voz vibrante de ira y añadía «cambia el paso, que lo llevas mal, mira que eres cabezota». Durante las concentraciones se cabreaba de tal modo que luego en el colegio yo le decía «como ganemos la guerra, como mínimo te hacen federal», se lo decía con convicción, y él también se lo creía: entornaba los ojos y me miraba como desde las alturas. En las manifestaciones siempre era el primero, y entre el color de la ropa y el de la bandera, que siempre se las arreglaba para portar, parecía un muestrario de pinturas.

     Me había olvidado de él, hacía unos quince años que no lo veía y sin aquellas ropas no lo habría reconocido, cuando un compañero del colegio con el que me encontré en Palermo me dijo «estoy aquí con el Bandera, es un pez gordo y se está ocupando del traslado de mi mujer».

     -¿Y cómo le va? -pregunté.

     -Es secretario del partido en su pueblo -me dijo-, alcalde y presidente de una cooperativa agrícola; está bien casado y ahora es rico; los capitostes de su partido lo tienen en buena consideración.

     -Me gustaría volver a verlo -dije.

    -Hecho -dijo-, iremos a comer al Castelnuovo, hemos quedado a la una: es una buena oportunidad, podría hacerte algún favor…

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]