Ficha técnica

Título:  Una cena en casa de los Timmins | Autor: William M. Thackeray | Traducción: Ángeles de los Santos | Editorial: Periférica | Colección: Largo Recorrido  | Páginas: 64 | ISBN:   978-84-16291-31-1 | Fecha: mayo 2016 | Precio: 11,00 euros

Una cena en casa de los Timmins

PERIFÉRICA

El señor Fitzroy Timmins y señora viven en Lilliput Street, una coqueta callecita cerca de Hyde Park. Es un vecindario muy refinado, y no es necesario decir que son de buena familia. Especialmente la señora Timmins, que es de Suffolk y pariente lejano del honorable conde de Bungay. Como cree que su cariñoso marido, que tiene un despacho de abogados más o menos próspero, nada en la abundancia, por una vez dejó de ser la poeta de los versos imposibles, de las rimas inverosímiles, y decidió organizar una cena con lo más exclusivo de la vieja sociedad londinense. Sí, quiso demostrar que en su pequeño pero confortable hogar de dos salones podía celebrar la mejor velada de la ciudad.

¿Veinte personas en una mesa donde tan sólo caben diez? ¿Qué hacer con las viejas amistades si no están «a la altura»? ¿Cómo proceder con los familiares menos favorecidos? ¿Y cómo conseguir vajilla para tanta gente? ¿Y el servicio? ¿Cocinero y mayordomo de alquiler entonces? Ay, las ínfulas de Rosa Timmins no pertenecen sólo a aquella época, son también de la nuestra, quizá de alguno de nuestros vecinos, de alguno de nuestros conocidos.

Chesterton decía que no puedes leer una página de Thackeray sin esbozar una sonrisa: aquí tienen los lectores un buen número de ellas. Es más, muchas veces no son sólo sonrisas, sino pura risa. La risa de aquel tiempo y de este tiempo. La buena literatura de cualquier época, ya lo sabemos, nos habla, sobre todo, de nuestro presente. 

«Thackeray es un humorista más contenido y más satírico que Dickens, y su crítica de la realidad es más lúcida que vital, pero sus personajes y, sobre todo, sus construcciones literarias son espléndidos» José María Guelbenzu, El País

«Un subtítulo actualizado para esta novela de Thackeray podría ser: Manual para entender cómo nos embauca el capitalismo. Y es que La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty nos muestra cómo un alma noble entre en el juego de la especulación, la avaricia y el poder sin ni siquiera darse cuenta.» Ada Castells, La Vanguardia

«Está claro que Dickens tuvo más éxito, popularidad e influencia, pero eso no le resta un centímetro a la gigantesca estatura de Thackeray, quizás más presente (ahora que lo pienso) en las recientes generaciones de cineastas y novelistas británicos, que se sirven del humor para amalgamar sus insolentes críticas.» Manuel Hidalgo, El Mundo

«Conviene hacer una precisión sobre la obra de Thackeray y más que una precisión, un recuerdo de aquello que, de modo expreso, tanto Dickens como Thackeray (y antes que ellos Swift, Sterne y Tobías Smollett) supieron con abrumada certeza: vale decir, el indudable linaje cervantino de sus escritos.» Manuel Gregorio González, Diario de Sevilla

«En el caso de La historia de Samuel Titmarsh, agudo divertimento, el componente sociológico es claro; al parecer, el autor basándose en una empresa real, quiso demostrar que la especulación es peligrosa y la honradez el mejor camino; y lo hizo con excelso humor.» Toni Montesinos, La Razón 

 

I

El señor Fitzroy Timmins y señora viven en Lilliput Street, esa coqueta callecita que forma ángulo recto con Hyde Park y Brobdingnag* Gardens. Es un vecindario muy refinado, y no es necesario decir que son de buena familia. Especialmente la señora Timmins, como su madre siempre le dice al señor Timmins. Ellos son de Suffolk y parientes lejanos del honorabilísimo conde de Bungay.

     Además de su casa de Lilliput Street, el señor Timmins tiene un despacho en Figtree Court, en la zona de Temple, y es abogado del distrito norte.

      Hace unos días, cuando se produjo un ligero desacuerdo sobre el pago de honorarios entre el gran consejo del Parlamento y los abogados Stoke y Pogers de Great George Street, los documentos sobre la vía férrea del lago Foyle y el lago Corrib les fueron enviados al señor Fitzroy Timmins, que estaba tan eufórico que de inmediato compró un par de espejos para los salones (el principal mide cinco metros por tres y medio, y el de atrás, una estancia pequeña pero elegante, tres y medio por dos y medio); un coral para el bebé; dos vestidos nuevos para la señora Timmins y, en la tienda de muebles, un pequeño escritorio de palo de rosa por el que Rosa llevaba tiempo suspirando, con las patas torneadas, la superficie en verde esmeralda y tafilete dorado, y cajones por todas partes.

      La señora Timmins es una poeta bastante buena (sus «Versos a un tulipán marchito» y su «Lamento de Plinlimmon» aparecieron en uno de los números de Keepsake del año pasado); y Fitzroy, al tiempo que imprimía un beso en la nívea frente de su esposa, le señaló, en uno de los innumerables compartimentos del escritorio, una elegante pluma con punta de rubí y seis encantadores cuadernos dorados, rotulados con Mi libro, que la señora de Fitzroy debería rellenar, dijo él (que es un hombre de Oxford y muy cortés), «con las deliciosas producciones de su Musa».

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