Ficha técnica

Título: Una casa no es un hogar | Autora: Polly Adler |  Editorial: El DesveloPáginas:400 | ISBN: 978-84-943987-5-9  | Precio: 20,00 euros

Una casa no es un hogar

EL DESVELO

Una casa no es un hogar es el nuevo libro que la editorial El Desvelo edita como novedad este mes de noviembre. De corte biográfico, el libro cuenta la fascinante historia de una mujer nacida en un lejano pueblo de la Rusia blanca que llegó a ser la madame más influyente de la ciudad de Nueva York entre los años veinte y treinta del pasado siglo. Su nombre fue asociado por la sociedad biempensante de la época con el pecado y ese estigma la perseguió toda su vida.

Una casa no es un hogar es un relato ameno que se lee como una novela en donde se cuenta las vicisitudes de una niña rusa que a la edad de doce años parte sola para América en busca de la Tierra dorada o Goldine Madina, como se decía en Yanow, la aldea rusa en donde nació. Heredó el espíritu aventurero y soñador de su padre y también «su terco rechazo a conformarse con segundos platos y preferir un rol en la vida que no limitase mis actividades a cocinar, coser, fregar y parir hijos». Con esa filosofía, viaja sola a América a una edad demasiado temprana para lo que ahora estamos acostumbrados. A los catorces años comienza a trabajar en diversas fábricas y enseguida se dio cuenta de que en una fábrica de hilos, o de telas o de corsés nunca saldría de la pobreza, y tenía claro que ésta no formaba parte de su futuro. Polly Adler se hizo madame más bien por casualidad y por casualidad se inició en el negocio convirtiéndose en toda una celebridad en el Nueva York de 1920, en plena Ley Seca. 

Así es como conoció a las altas esferas de la sociedad, la gente del teatro, artistas y escritores y como no, a los más granado del hampa neoyorquino, al máximo jefe Joe Masseria, Owney Madden y Dutch Schultz que la protegió durante un tiempo. También a lo más corrupto de la policía, «a los que odiaba tanto como a los chulos y a los traficantes de drogas», ya que utilizaba su posición para sacar sobresueldos y sobornar a quién disfrutaba de los placeres prohibidos. A pesar de todos los peligros que rondaban a su alrededor, Polly Adler siempre fue una persona íntegra que trató de ser la mejor profesional en su negocio.

Al menos así lo reconocían tanto «sus chicas», a las que cuidó y ayudó, como sus clientes y competidoras. Todos hablaban maravillas de su jefa y rival.

Todas estas experiencias reflejan la interesante vida de Polly Adler y lo que le llevó a escribir sus memorias que fueron un éxito de ventas en la época, con versión cinematográfica incluida. 

 

I

Nací en Yanow, un pueblo de la Rusia Blanca cercano a la frontera de Polonia, el segundo domingo antes de la Pascua Judía, el 16 de abril de 1900. Isidore, mi padre, era sastre, un hombre hablador y temperamental con grandes ideas y una idea en proporción de su propia importancia. A sus ojos, al igual que a los ojos del pueblo, el lugar de la esposa se hallaba bien en la cocina o bien dando a luz y Sarah, mi sumisa y modesta madre, alternaba entre ambos sin rechistar. Yo era la mayor de sus nueve hijos. Después de mí nacieron una niña y siete niños.

     Según los estándares de Yanow éramos pudientes. Nuestra casa, grande y espaciosa, se erguía en un gran patio. Había huertos de verduras y jardines de flores y un establo para los caballos de tiro y la vaca. La casa también servía como sede para la «fina sastrería a medida» de mi padre. Durante el día la sala de estar hacía las veces de probador y por la noche, la sala de montaje se convertía en el dormitorio de Pavel, el aprendiz de mi padre, y Katrina, la campesina polaca que era nuestra criada para todo. 

     Cuando yo tenía un año, mi padre se embarcó en la primera de muchas odiseas que jalonaron su vida. Debe de ser, he pensado a menudo, descendiente directo del judío errante. Este primer viaje lo llevó a América, a la que los aldeanos llamaban Goldine Madina, la Tierra Dorada. Aunque solo estuvo fuera unos meses, fueron suficientes para que se convirtiera en una autoridad en todo lo que tuviera que ver con América. En el curso de los ocho años siguientes, hizo tres viajes más, a Varsovia, Berlín y de nuevo a Nueva York, y se convirtió en una autoridad en todo.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]