Ficha técnica

Título: Una casa en la oscuridad | Autor: José Luís Peixoto | Editorial: El Aleph Editores Colección: Modernos y Clásicos | Numero: 288 | Precio sin IVA: 17,31 € Precio con Iva: 18 €   | Páginas: 272 | Formato: Rústica con solopas  | Publicación: 25 de Septiembre de 2008 | Género: Novela | ISBN: 978-84-7669-827-3

Una casa en la oscuridad

EL ALEPH EDITORES

En un mundo bestial y tenebroso existe una casa que, cada año, durante un mes, se halla en la oscuridad más absoluta. Allí vive el narrador, y con él, recluida también en el espacio sombrío y extraño, su silenciosa madre, sumida en un dolor cuya causa ignoraremos. Lo acompañan, además, una joven y dedicada esclava y una multitud de gatos que se apropian tanto del espacio como de los humanos que lo habitan. De algún modo, se halla también la mujer amada por el narrador. Sólo que esta mujer es inaccesible, no existe: se trata en realidad de la heroína de una novela que él intenta escribir al tiempo que lucha contra la oscuridad que cada día gana terreno en la casa. Entonces llegan los invasores. La casa se transforma en asilo de seres impedidos, casi convertidos en bestias. Y se transforma asimismo en la guardería de los hijos de los invasores. Mutilado en su capacidad de escribir, soñar y amar, el escritor apenas logra salvarse de la muerte en vida por la fuerza amorosa de los niños. Entre las sombras, entre la fe en la literatura y el amor desencarnado, se va desvaneciendo poco a poco la frontera entre fantasía y realidad.

Una casa en la oscuridad es una fábula onírica, inquietante y seductora. La novela insólita de un hombre que observa su tiempo con los ojos de un poeta.

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                                                       EL AMOR

 

                                                                  Alabad al Señor todas las naciones,

                                                                  aclamadlo todos los pueblos:

                                                                  firme es su lealtad con nosotros,

                                                                  su fidelidad dura por siempre. ¡Aleluya!

                                                                  Salmo 117, 1-2

 

Érase una vez el atardecer. Era un septiembre entre los septiembres de mi vida. Estaba sentado en la terraza, en la mecedora, leyendo un libro con las páginas amarillentas por la luz de la tarde. Me balanceaba muy despacio, como si me hubiese dormido con el balanceo y las piernas siguiesen de forma mecánica, clavándose en el suelo y levantándose poco a poco. Mi madre estaba sentada en el butacón grande, en el otro extremo de la terraza, ante la puerta de la cocina. La esclava miriam había acabado de bañarla y de peinarla. Los gatos estaban tumbados unos encima de otros, respirando sobre el suelo. A veces se levantaba alguno y, con mucha altivez, rozaba con su cuerpo las piernas de mi madre, o las piernas de la esclava miriam, o mis piernas. Mientras la peinaban, mi madre había cerrado los ojos. Tenía el pelo extendido sobre el respaldo del butacón, la carne arrugada por el agua y la piel enrojecida. Sin que se escuchasen los pasos de sus pies pequeños, la esclava miriam se colocó delante de mi madre y se agachó. Sacó del bolsillo del mandil unas tijeras, colocó uno de los pies de mi madre en su regazo y empezó a cortarle las uñas. Levanté la vista del libro para verlo. Entre sus dedos delicados, el pie grueso de mi madre era un objeto grotesco. Volví al libro y sentí que las palabras huían de mi mirada. Las palabras, nerviosas, se agitaban como si quisiesen salir de la página y desaparecer en una libertad de palabras huidas por el cielo. Bajé el libro y miré al frente. La montaña que tenía delante, todo el paisaje, los últimos pájaros, el jardín y las plantas, todo seguía igual. Cerré el libro señalando la página con un dedo y vi que todo el libro temblaba. Ese libro había estado, durante años, en la biblioteca. Su lomo azul había estado en la segunda estantería, frente a la puerta, durante años. Su lomo azul había estado durante años entre libros de lomos rojos. Cuando yo era pequeño y jugaba con mis cochecitos, los arrastraba por las estante – rías, que eran autopistas, y entre los libros, que eran casas altas, aquel libro de lomo azul era siempre mi casa. Cogía el coche entre el índice y el pulgar y lo llevaba hasta mi casa, que era aquel libro de lomo azul, aparcaba al lado de las otras casas rojas y, con la imaginación, entraba en casa, dormía una noche que pasaba en segundos y volvía a entrar en el cochecito y volvía a conducirlo por las autopistas de las estanterías. Ese era el libro que temblaba en mi mano. Por un instante, temí una revolución de las palabras pero, al soltar el libro, me di cuenta de que era mi mano la que temblaba. Era mi mano derecha la que temblaba. Incómodo, me quedé por un momento mirando cómo me temblaba la mano como si no fuese mía, como si fuese la mano de otra persona. Me quedé mirándola sin ser capaz de pararla. A partir de ese día, y durante todos los días siguientes, la mano derecha me empezaba a temblar al ponerse el sol y seguía durante toda la noche.

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