Ficha técnica

Título: Un maravilloso presente | Autor: Penny Junor Y Pattie Boyd |  Editorial: Circe | |Precio: 22 € | Páginas: 384 | 24 Ilustraciones | Género: Relato 

Un maravilloso presente

CIRCE

Pocas jóvenes de los dorados y revolucionarios años sesenta fueron tan famosas -y tan envidiadas- como la rubia Pattie Boyd. Modelo publicitaria en revistas británicas y uno de los rostros más conocidos del «swinging London«, en 1964 saltó a los medios de comunicación gracias a su noviazgo con el beatle George Harrison, con quien se casó en 1966. Junto a él vivió desde dentro la «beatlemanía» que por aquellos años inundó al mundo: una burbuja fantástica e irreal, controlada hasta el mínimo detalle por el primer promotor del grupo, Brian Epstein, que desencadenaba auténticas oleadas de histeria entre las fans del mundo entero. Al lado de George Harrison viajó a la India, un país que cambiaría la vida del beatle, se convirtió al vegetarianismo y conoció la meditación trascendental y las enseñanzas de Maharishi Mahesh Yogi. Del mismo modo, fue testigo de cómo los cuatro protagonistas acabaron haciendo añicos la burbuja de los Beatles para poder sobrevivir como individuos.

Más tarde, en plena crisis sentimental nacida de los caminos divergentes que iban siguiendo George Harrison y Pattie Boyd, y también a las repetidas infidelidades de él, Pattie se convirtió en centro de un sonado escándalo cuando en 1974 abandonó a Harrison por otro mito de la música «pop», además de amigo de la pareja: el también guitarrista Eric Clapton, con quien contrajo matrimonio años después. Pero la espiral autodestructiva del músico, adicto al alcohol y a las drogas, no tardó en hacer naufragar una relación desde el principio dañada por la incomunicación. A pesar de algunos intentos por reconciliarse, la paternidad de Clapton con otras mujeres acabó por desbordar el vaso; en especial porque Pattie no había conseguido ser madre a pesar de sus deseos. Sola, Pattie Boyd tuvo que aprender a vivir «sin red» por primera vez y fue así como descubrió «una nueva vida»: después de varios intentos, ha encontrado una identidad laboral al hilo de una antigua afición, la fotografía, y también el bienestar rodeada de buenos amigos.

La que fue musa de dos ídolos, se codeó con los personajes más atractivos del panorama del espectáculo a lo largo de tres décadas, y para colmo, inspiró dos de las canciones de amor más hermosas del «pop», que han dado la vuelta al mundo como himnos de una generación, «Something» y «Layla«, desgrana sus recuerdos en un relato trenzado con las luces y sombras de una época inolvidable. Sin romper el mito, Pattie Boyd bucea en una vida frágil, llena de inseguridades, y descubre sin nostalgia a la persona que late bajo el glamour de la leyenda. 

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MI NIÑEZ EN KENIA

     En el primer recuerdo que tengo estoy en una silla alta escupiendo espinacas, lo que no deja de ser curioso para alguien que se ha convertido en una gourmet apasionada. A los dieciocho o diecinueve años me propuse mejorar la experiencia, incluso disfrutarla, y hoy las espinacas son una de mis verduras favoritas (aunque tienen que estar bien preparadas: cocidas al vapor, trituradas y mezcladas con nata para montar, pimienta blanca y nuez moscada están riquísimas; crudas en una ensalada están aún mejor). Pero a los dos años me faltó tiempo para sacarme de la boca esa repugnante masa verde oscuro.

     Estaba en Escocia, en una casa de West Lothian que mis abuelos habían comprado cuando yo tenía un año, en 1945. En aquella época vivíamos con ellos. Mi madre recuerda nuestro traslado de Somerset en un tren (un vagón corriente, como dice ella), con todas nuestras pertenencias, y la vergüenza de tener que darme el pecho durante el trayecto delante de un grupo de soldados. Yo era la primogénita de seis hermanos, y ella era una madre joven y nerviosa. Poco después de que llegáramos a Escocia, nació mi hermano Colin. Con casi dos años menos que yo, recuerdo que lo examiné detenidamente y me fijé en que había una pequeña diferencia entre nosotros. Él era un bebé enorme y en cuanto aprendió a caminar me seguía a todas partes.

     En otro de mis primeros recuerdos estoy con un palo en la mano, diciendo a Colin que coja una avispa que hay atrapada entre dos losas y disfrutando con los gritos que siguen. Me dicen que también le di de beber de una de esas latas de gasolina que se utilizan para rellenar encendedores. Parecía un biberón en miniatura, de modo que se lo metí en la boca y el pobrecillo acabó con los labios llenos de quemaduras. No recuerdo ese episodio, pero sí que traté de matarlo enterrándolo en el cajón de arena del jardín. Por suerte, mi madre se dio cuenta a tiempo y lo rescató.

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