Ficha técnica

Título: Un jardín en Brujas | Autor: Charles Bertin | Traducción: Vanesa García Cazorla | Editorial: Errata Naturae | Colección: El Pasaje de los Panoramas | Formato: 14 × 21,5 | Páginas: 152 | ISBN: 978-84-15217-94-7 | Precio: 15,50 euros

Un jardín en Brujas

ERRATA NATURAE

Delicadeza y precisión, imaginación y vida. Charles Bertin escribió esta suerte de novela autobiográfica, este relato memorialístico emocionante, en estado de gracia, ofreciéndonos uno de los mejores textos de la literatura belga del siglo XX.

Pocas novelas han narrado el «gran mundo» que puede encerrar un «pequeño jardín» como ésta. Jardín de la memoria, jardín de recodos y escondrijos en los que aún habita, más misteriosa y colorida que nunca, la infancia. Territorio en el que encontrarse de nuevo, volviendo la vista atrás, con la intimidad de una abuela, que es, sobre todo, compañera de aventuras, descubridora del mundo, cómplice en las primeras lecturas e incluso consoladora de tristezas; y también, al mismo tiempo una «pequeña dama» comprometida con su tiempo, con la vida de las demás mujeres, humilde y poderosa a la vez, una conciencia viva, un verdadero referente moral: es decir, una anciana con la misma energía que un niño.

Para el pequeño Bertin pasar los dos meses de vacaciones con su abuela en Brujas supone, cada verano, la recompensa suprema a sus esfuerzos escolares. La abuela Thérèse-Augustine, frustrada por haber sido retirada del colegio demasiado joven por un padre que privilegió la formación de sus hijos varones, y siempre ávida de aprender, arrastra a su nieto a los inmensos territorios del saber y el amor a la existencia. Es ella, sin ninguna duda, quien da vida y puebla este jardín, quien comparte la infancia de su nieto para insuflarle su magia y su tesón.

Delicado pero no blando, intimista pero no ensimismado, este doble retrato está construido con una ternura, valga la paradoja, «punzante». No hay aquí, gracias a una prosa ejemplar, digresiones gratuitas, melancolía de escaparate: todo lo que se dice en este libro es exacto y verdadero; y, además, bellísimo.

[Comienzo del libro]

Anoche sentí ganas de ir a saludar a mi abuela. No es la primera vez que la echo de menos, pero jamás había sentido con tanta insistencia la necesidad de volver a verla. Comoquiera que lleva muerta desde hace casi  medio siglo, pensé que sería preferible ponerme en marcha enseguida: ya tenía un pie fuera de la cama cuando me espabilé del todo.

Aun así, no estoy contrariado. El sueño de anoche me ha traído a la memoria un episodio olvidado de la gesta de mi abuela: el instante en que se me apareció, se hallaba gloriosamente encaramada a un taburete, entre las capuchinas de la escalinata en saledizo de su casa de Brujas, y tocaba el olifante en mi honor. Creo que, a la sazón, yo debía de tener diez años, y aquélla era su manera de felicitarme por mi cumpleaños.

Ciertamente, llamarlo «olifante» es magnificar un poco las cosas; aunque estoy seguro de que la trompa de ocasión por la que soplaba mi abuela, hasta no poder más y sin que le preocupara alterar la tranquilidad del vecindario, estaba revestida en su imaginación de una dignidad pareja, al menos, a la del olifante. De hecho, el instrumento no era sino una de esas cornetas de latón con embocadura de cuero que, en mi infancia, los guardafrenos llevaban colgadas del cuello para anunciar las maniobras de los trenes. El objeto, con el cual me topaba a menudo mientras curioseaba por los cajones de la cocina, había pertenecido a mi abuelo, quien lo había conservado como recuerdo de sus modestos inicios en la Sociedad de Ferrocarriles.

Embocada con tanta grandilocuencia por mi abuela, quien, pese a tener unos conocimientos históricos bastante vagos, albergaba una reverencia infinita por los fastos del pasado, la modesta corneta se veía elevada por las circunstancias al rango de las trompas de la Fama: algo parecido al toque de trompeta de la coronación de los reyes, al cuerno de Rolando victorioso o al buccino que anuncia la entrada del césar. Puestos a elegir, me inclinaría por la entrada del césar… Pues, si la memoria no me falla y se trata de mi décimo aniversario, nos encontramos en 1929: el mismo año en que la versión muda de Ben Hur arrebata al público en los cines de provincia. Unas semanas antes, mi abuela me había concedido el privilegio de acompañarla al Vieux Bruges, la sala de la rue des Pierres cuyo espectáculo nos emocionó.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]