Ficha técnica

Título: Un hombre de palabra | Autor: Imma Monsó | Editorial: Alfaguara | Colección: Hispánica |  Páginas: 248 |  Fecha de publicación: 08/11/2006 | Género: Novela |  Precio: 17.50 € | ISBN: 8420471046 |  EAN: 9788420471044

Un hombre de palabra

EDITORIAL ALFAGUARA 

Una novela que es un singular tratado del duelo y un intento de reconstruir la presencia del ser desaparecido por medio de palabras y humor, las únicas armas que pueden ganarle la partida a la muerte.

 

Extracto del libro: A, B, ¿A? ¿B? Introitus

Ya no recuerdo cómo era antes de conocerle. Sólo sé que yo andaba de un lado para otro con mis huevos, en busca de un lugar donde guardarlos todos, porque detestaba la idea de ponerlos en recipientes distintos, de separarlos. Un único cesto, quería yo. Y cuando conocí al Cometa, tras un duro aprendizaje sentimental, conseguí este gran objetivo. El Gran Objetivo. Inquietud, calor, cerebro, ternura, confort… Complicidad y polémica. Pasión y compasión… El sereno fuego de la chimenea y la aventura turbadora, todo en la misma mirada. Amistad profunda y eros salvaje, todo en el mismo nido. Las noches estrelladas y ardientes y el sofá de lectura mientras la pipa reposa en la mesilla, todo en el mismo escenario. Las tormentas de verano y la niebla amiga, todo en el mismo paisaje. No tenía que moverme. No tenía por qué. No tenía adónde. Todo estaba ahí, en un reducido espacio, a mi alcance.

En fin, en principio he hablado de los huevos porque mi imaginario lírico siempre ha sido bastante casero, las primeras metáforas que se me ocurren suelen ser de corte rural, he conservado la añoranza atávica de la tierra profunda, nunca me acabaron de refinar los vapores cosmopolitas de la gran ciudad, menos aún después de vivir dieciséis años con el Cometa. Y, bueno, la imagen de alguien que va con los huevos frescos que acaba de recoger, en busca de un cesto para depositarlos, es, en efecto, muy campestre. Y también muy mía, pues hasta recuerdo cómo se pegó a mi mente para siempre.

Tendría yo unos diez años y vivía con mi madre, cuya llegada diaria a casa nunca era anodina. No creo que le sucedieran cosas muy importantes, pero a las que le sucedían les daba mucha importancia, lo cual la convertía en una enérgica narradora que protagonizaba llegadas triunfales, casi siempre prologadas por una frase de apertura que yo, sistemáticamente, visualizaba a todo color. «Nunca pongas todos los huevos en el mismo cesto», sentenció en una de aquellas llegadas. Se conoce que por la mañana había hablado con el director de su banco o, mejor dicho, con su director de banco, de las alternativas para invertir sus ahorros. Él le había aconsejado diversificarlos, consejo que sin duda no era novedoso para ella, pero la frase coloreada y granjera le había llegado al alma, y ya se sabe que, a menudo, cosas que entendemos vagamente se iluminan de pronto en nuestra cabeza cuando alguien las resume con la frase acertada.

Ella, convencida por completo, trataba de contagiarme su entusiasmo. Pero no era fácil. Como lanzaba sus palabras con la contundencia de las frases lapidarias y yo, por mi parte, estaba imbuida de una energía polemizadora que nunca se agotaba, me apropiaba sus palabras para darles en mi fuero interno el uso contrario al que en principio estaban destinadas. Y me quedé colgada ya para siempre de la imagen de una niña de diez años, que transita por un prado sembrado de flores silvestres, con huevos recién recogidos en el regazo de su falda, buscando un sitio para guardarlos juntitos. Las palabras «banco», «ahorros» y «distribuir los huevos» quedaron borradas de mi mente en el acto. En cambio, la niña dubitativa que atravesaba prados y bosques con la falda a rebosar de valiosos huevos, me llamó poderosamente la atención. La veía como una versión de la lechera soñadora con su recipiente en la cabeza, pero, a diferencia de la lechera, la niña no soñaba con multiplicar sus ganancias, no, no, nada de eso, nada que tuviera relación con el dinero…

Dentro de cada uno de mis huevos había un universo tejido de pasiones, de anhelos, la mayoría referidos al amor, oh, sí, el amor. Llevar a cabo con éxito una relación amorosa representaba para mí el mayor reto de una vida. Era la época en que la mayoría de mis amigas querían ser ingenieras de la NASA o fiscales del Tribunal Supremo y cosas por el estilo. Y las que tenían como reto la pareja, no era para vivir una pasión sin tregua, sino más bien para fundar esa empresa familia-casa-hijos, que supone querer vivir con un hombre para olvidarlo a continuación y dedicarse de lleno a la casa y a la descendencia, o a la física y a la química. Pero yo deseaba vivir el Amor Absoluto, el amor loco, el amor total, un amor en el que tenía puestas las más altas expectativas, un amor que se bastaría a sí mismo, un amor difícil, rico, complejo, fuera del cual no hubiera nada, más allá del cual no necesitara nada. Porque allí estaría todo, en el mismo cesto: la física y la química, la música y la lógica, la descendencia y la trascendencia. Nada de distribuir con astucia mi caudal amoroso, ni hablar: quería encontrar la satisfacción de cada uno de mis numerosos y exigentes apetitos en la misma persona, y entonces todo sería para esa persona. Todo debería estar en un único refugio, todo a resguardo. Tenía que ser así, o no ser.

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