Ficha técnica

Título: Un día cualquiera (Mapa de las lenguas) | Autora: Hebe Uhart
Traductor:  Editorial: Alfaguara | Colección: Hispanica | Formato: tapa blanda con solapa | Páginas: 176 | Medidas: 151 X 240 mm | Fecha publicación: Sept/2015 | ISBN: 9788420419527 | Precio: 16,90 euros

Un día cualquiera

ALFAGUARA

La frase, en boca de la protagonista del cuento que da título al libro, resume el arte narrativo de Hebe Uhart. Y es que todos sus relatos son pequeñas historias que se atienen a las pequeñas cosas: siestas o juegos de la infancia, visitas a parientes o vecinos, primeros alejamientos de la casa, experiencias de la vida laboral o estudiantil, caminatas urbanas, visitas a un café o al zoológico.

Anécdotas nimias en las que lo que importa es la mirada: una mirada extrañada, corrida de lugar, siempre al sesgo, que partiendo de lo pedestre, doméstico y cotidiano y sin apartarse nunca de allí busca raras conexiones y se formula preguntas esenciales que la transforman en una meditación de dimensiones filosóficas, económicas, sociológicas.

La protagonista y narradora de estos cuentos es una niña nacida en Moreno, más tarde adolescente y maestra temprana, que se va apartando del modelo familiar y de la medianía de la clase media para sumergirse en la literatura y la filosofía y convertirse en una escritora que camina por el barrio, pasea por el centro y cocina escuchando la radio o mirando algún partido. «No se trata de una mera disposición autobiográfica», dice Martín Kohan, «sino de la convicción […] de que no existe escritura hasta que no existe encarnadura en laexpericnia». Una escritura con la sabiduría afable y el tono inconfundible de Hebe Uhart.

 

Antonio Tormo

Después de comer, cuando mi mamá hacía la siesta, yo me sentaba junto a la radio para escuchar a Antonio Tormo. Tenía permiso para no dormir la siesta; ya no hacía ruido ni iba a despertar a nadie. Eso sí, era una hora en que me daban ganas de ponerme dentro de algo, por ejemplo en el zaguán, o debajo de un árbol de mandarinas. Una vez, me comí toda la producción del árbol. O me iba a leer al zaguán, con las piernas en alto, como aconsejan las revistas, y en un rinconcito de la cocina escuchaba a Antonio Tormo. Tenía una voz finita y sonaba como si lo estuviera rondando un resfrío, pero no me parecía un defecto, le añadía un ingrediente interesante. Esa voz era como un reclamo, como una queja soterrada. Yo me sabía casi todas sus canciones y no me importaba escucharlas veinte veces porque quería descifrar la letra. Una era:

Cuando pa’ Chile me voy,

cruzando la cordillera,

late el corazón contento

una chilena me espera.

(A la vuelta lo esperaba una cuyana.) Y terminaba:

Vivan la chicha y el vino,

vivan la cueca y la zamba.

Dos puntas tiene el camino

y en las dos alguien me aguarda.

La parte de vivas a la chicha y al vino me gustaba, siempre es lindo alegrarse. Ahora yo tardé en entender que en cada punta lo esperaba un amor, cuando empecé a escucharlo pensé que se refería a que en cada lado había como unos grupos de personas que lo esperaban: siempre es lindo ver gente. Pero descubrí que él tenía dos. ¿Se puede alegrar una persona por tener dos o debe preocuparse? Me tranquilicé porque pensé que ellas no se iban a enterar nunca porque las separaba la cordillera. A lo mejor en la cordillera se usaban esas cosas; en Moreno, no. Aparte me parecía extraordinario que cruzase la cordillera; qué lindo debía ser. Después había otra canción que empezaba así:

Caballero del ensueño, llevo pluma por espada.

Eso encerraba dos enigmas. Caballero del ensueño, ¿vendría a ser como caballero de los sueños? Sí, eso me gustó. ¿Pero por qué pluma por espada? Llevaría una pluma en el sombrero. Esa canción seguía así:

Tengo un primo, él es rico, poderoso y bien querido, yo soy pobre, soy enfermo, pienso, escribo y sé soñar.

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