Ficha técnica

Título: Un crimen en Calcuta | Autor: Paul Theroux | Traducción: Miguel Martínez-Lage | Editorial: Alfaguara | Colección: Literaturas | Género: Novela | ISBN: 9788420407432 | Páginas: 368 | PVP: 18,50 € | Publicación: 28 de Septiembre de 2011

Un crimen en Calcuta

ALFAGUARA

Cuando Jerry Delfont, un escritor de libros de viajes falto de inspiración, recibe una carta de Merrill Unger en la que le informa de un escándalo relacionado con un amigo de su hijo, la historia le intriga lo suficiente como para querer investigar sobre ella. ¿Quién es el joven muerto, encontrado en el suelo de una habitación de un hotel barato?

La bella y misteriosa señora Unger le atrae inmediatamente, pero las circunstancias que rodean al chico muerto hacen que dude cada vez más. Con pocos elementos a su disposición, Jerry busca respuestas desde las calles abarrotadas de Calcuta hasta Utar Pradesh por un oscuro y retorcido camino de obsesión.

«Una obra llena de tensión, perturbadora, divertida y aterradora.» San Francisco Chronicle

«Theroux sigue siendo ese autor que atrae de un modo adictivo, incansablemente curioso y perceptivo.» The Washington Post

«Una novela marcada por los extremos: racionalidad y obsesión, labor humanitaria y egoísmo, éxtasis y frialdad.» Kirkus Reviews

«Siga a Theroux dondequiera que vaya, se verá sorprendido y cautivado.» The Globe and Mail

«El verdadero placer consiste en el talento de Theroux para recrear los lugares y sus irreverentes comentarios acerca de todo lo que le rodea, desde la familia real británica a la cultura popular, el paso de los años y, sí, también la venerable Madre Teresa.» Publishers Weekly

«Theroux otorga sus mejores dones como autor de viajes a este paseo por el lado oscuro, una de sus fábulas de identidad enmascarada y búsqueda psicosexual… Su estilo resulta más felino y ágil que nunca… Una historia que le cautivará desde su detectivesco inicio hasta un veloz cierre inesperadamente visionario.» The Seattle Times

«Hay un innegable arte en este vívido retrato de una India que es bella, misteriosa y a menudo aterradora como un demonio.» The Washington Post

 

Primera parte  

1

       El sobre iba sin sellar, y sólo ostentaba mi nombre subrayado; a saber cómo había dado con mi paradero en Calcuta. Pero a fin de cuentas estaba en la India, donde todo extranjero grandullón y sonrosado es tan llamativo que no necesita una dirección postal. Los indios nos veían a la perfección aunque nosotros no los viésemos a ellos. Se suele hablar a lo grande de las ciudades enormes y de la complejidad del país, pero la India, en toda su extensión, en toda su proliferación, a mí me parecía menos un país que una aldea hinchada al máximo, una aldea de mil millones de almas, con sus devociones aldeanas y sus placeres aldeanos y sus peculiaridades aldeanas y sus crímenes y delitos aldeanos.

       Una carta de alguien desconocido puede ser motivo de irritación o puede ser un drama. Ésta llegó en sobre y papel hechos a mano, al estilo indio, con verdadera clase, con motas como copos de avena en la trama y unos hilos rojizos como salpicaduras de sangre, escrita con una caligrafía autoritaria y en tinta de color púrpura. Así que le otorgué el dramatismo que exigía, la sopesé en la mano y la abrí despacio, como si alguien me observara en ese momento. En una ciudad tan populosa como Calcuta, ciudad de deformidades, era altamente probable que alguien me estuviera observando. Sin embargo, ¿cómo podía nadie saber que me encontraba en el hotel Hastings, al este de Chowringhee, en una recóndita callejuela que llegaba a Sudder Street, enterrado vivo en todos los sentidos de la expresión?

       Estaba en busca de una historia que contar, pero Calcuta había empezado a hormiguearme en la piel, y había comenzado incluso a describir cómo era la sensación
que se tiene durante los meses previos al monzón en esta ciudad, con sus emanaciones a podredumbre, señalando que era algo semejante al picor que se siente cuando uno vacía la bolsa del aspirador llena en exceso de polvo, de un polvillo recalentado, de cabellos muertos, de pelusas gruesas, y pierde los estribos y siente que se ahoga y empieza a rascarse para aliviar el picor y trata de aferrar como sea ese polvillo invisible y quitárselo de la cara. Uno de mis deslumbrantes arranques para un relato.

       Mientras releía la carta para comprobar si era auténtica, una avispa empezó a trazar sucesivos arcos no muy largos y a golpear contra el cristal de la ventana, por ver al otro lado tan sólo la luz diurna. Abrí la ventana para dejarla salir, pero en vez de aprovechar la ocasión se dejó llevar a otra ventana y la golpeó -¡la muy boba!- antes de posarse en mi brazo húmedo. La espanté. Trazó una órbita alrededor de mi cabeza y por fin, aunque había procurado salvarla, se negó a salir por la ventana, pareciendo que desaparecía en el interior de la habitación, donde se pondría a zumbar antes de picarme ya de noche.

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