Ficha técnica

Título: Un asesinato que todos cometemos | Autor: Heimito von Doderer |  Traducción: Adan Kovacsics | Editorial: Acantilado | Colección: Narrativa del Acantilado, 193 | Género: Novela | ISBN: 978-84-15277-31-6| Páginas: 448 | Formato:  13 x 21 cm. | PVP: 25,00 € | Publicación: 16 de Septiembre de 2011

Un asesinato que todos cometemos

ACANTILADO

Ein Mord den jeder begeht (Un asesinato que todos cometemos, 1938) es, en cierta medida, un psychothriller avant la lettre, con vagas relaciones con la novela policíaca y la de formación. La historia describe el paso decisivo que da un hombre en el camino hacia la madurez al despojarse de las constricciones del deseo forjadas en la adolescencia. Tarda mucho en darlo y, precisamente por eso, el paso resulta tanto más doloroso. Tiene a una mujer viva a su lado, pero se enamora de la hermana muerta de su esposa, que sólo existe como imagen en un retrato. Una novela que nos habla de cómo, incluso en la agitación de un destino inusual, se puede al fin alcanzar la edad adulta y lograr la plenitud, aunque sea de manera terrible.

 

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A todos nos calan la infancia en la cabeza como si nos encajaran encima un cubo. Sólo más tarde se descubre lo que había dentro. Pero, eso sí, nos chorrea durante toda la vida, y nada puede uno hacer por mucho que cambie de ropa o incluso de disfraz.

   El hombre cuya vida narraremos en estas páginas-una vez conocidos los hechos, su caso despertó bastante interés dentro de las fronteras de Alemania y también en el exterior-casi podría considerarse una prueba de lo imposible que resulta limpiarse el contenido del mentado cubo.

   De niño lo llamaban «Kokosch», basándose en su primera y aún balbuceante pronunciación de Conrad, su nombre. Aquello que ya de muchacho llamaba «su reino»-y más tarde, expresándose ya de forma culta y literaria, «el reino de mis años mozos» o «mi país infantil»-era la punta del ala de una gran ciudad que esparcía sus bloques de edificaciones allende un canal ancho y surcado por barcos, hasta llegar, bajo la bruma, al horizonte. De hecho, esos bloques no estaban en todas partes agrupados en calles o en compactas hileras de casas, sino esparcidos en muchos sitios, interrumpidos por prados y terrenos sin edificar, donde se encontraban los viejos árboles de la vega, algunos matorrales y algún que otro grupo de jóvenes arbolillos. Ciertas calles sólo tenían una hilera de casas, mientras que el otro lado seguía vacío. Se veían allí montones de grava y pilas de madera, así como la valla que pasaba por delante de un talud sobre el borde del canal, cruzaba el cauce y se dirigía a gran distancia, hacia las múltiples ramificaciones de la masa urbana al otro lado del agua, o bien bordeaba la ribera, allí donde la corriente doblaba, parsimoniosa y brillante, hacia la izquierda, trazando una curva entre los taludes inclinados de la orilla. Allí estaba la espuma verde gris de las copas de los árboles y allí aparecían también los prados. A lo lejos se divisaban las chimeneas de las fábricas, alineadas como flechas en un carcaj, y a su lado se alzaban los montículos anchos y romos de los gasómetros, tras cuyo resplandor, intensificado por el brillo de las rejas, se presentaban en invierno la niebla y en verano, las nubes rizadas en un horizonte vaporoso.

   En la última casa de esa hilera de edificaciones abierta hacia el canal vivían los padres de Conrad en la tercera planta, que ocupaban entera, por lo que su vivienda era harto espaciosa. El padre, Lorenz Castiletz, no era un hombre rico, pero sí lo que suelen llamar bien acomodado. Se dedicaba al comercio de paños y, por otra parte, ostentaba desde hacía tiempo la representación de dos casas holandesas, motivo de no pocas envidias, pues la posición de dichas empresas en el mercado era por sí sola muy fuerte.

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