Ficha técnica

Título: Trieste | Autor:  Dasa Drndic | Traducido: Simona Škrabec | Prólogo: Simona Škrabec |   Editorial: Automática Editorial Formato: Rústica con solapas | Encuadernación: Cosido | Páginas: 536 | ISBN: 978-84-15509-28-8 | Precio: 24,00 euros

Trieste

AUTOMÁTICA

Haya Tedeschi espera junto a un cesto repleto de cartas, fotografías, recortes, versos, testimonios, listados… A los ochenta y tres años, su historia, reflejo de un pasado turbulento, se ha quebrado ya en mil pedazos que Haya repasa uno a uno: la infancia en Gorizia, en el seno de una familia judía multilingüe, Trieste y el ascenso del totalitarismo, los años de juventud, el cine y el primer amor. Pero también están la guerra, los trenes cerrados y los campos de exterminio, como la antigua arrocera de San Sabba, de la que día y noche salían humo y ceniza que se transformaban en un barro negro en el que jugaban los niños. El mismo barro donde hubiese jugado su hijo de no haber sido secuestrado para formar parte del siniestro proyecto Lebensborn de Heinrich Himmler. Haya Tedeschi espera el reencuentro con su hijo y, mientras lo hace, desmenuza la compleja maraña de su vida revelando la fragilidad de la memoria y las limitaciones de la Historia, que nunca pueden agotar la realidad. Así, poco a poco, se va componiendo el rompecabezas de esta obra, en la que la autora entremezcla magistralmente realidad y ficción para, con un impactante manejo del lenguaje, ofrecernos una cruda crónica de las profundas heridas que la Segunda Guerra Mundial ha dejado en Europa.  

PÁGINAS DEL LIBRO

Hace sesenta y dos años que espera.

    Sentada junto al amplio ventanal de una habitación del tercer piso de un edificio austrohúngaro en la parte antigua de Gorizia la Vieja, una mujer se balancea. La mecedora es vieja y mientras ella se balancea, la silla gime.

     -¿Es la silla que gime o soy yo quien se lamenta?, pregunta la mujer al abismo de un vacío que extiende una capa transparente de putrefacción a su alrededor con intención de tragársela, de tragarse a la mujer que se balancea, de engullirla, de taparla, de envolverla, de empaquetarla para el vertedero donde el vacío, ese vacío suyo, amontona los cadáveres de un pasado ahora ya apaciguado. Ella está sentada junto al ventanal, tamizado por una cortina anticuada, respira suavemente, a intervalos (como si sollozara, pero sin voz) y lo primero que intenta hacer es olvidar el olor de una habitación mal ventilada. Agita las manos como si quisiera ahuyentar las moscas. Luego toca sus mejillas como si quisiera lavarse la cara o como si se quitara los restos de una telaraña atrapada en sus pestañas. Ese olor de putrefacción (¿De quién es? ¿De quién?) llena la habitación, el aire parece el curso de un río de aguas bravas, incontenible. Sabe que ahora debe empezar a amontonar guijarros para su tumba, ha llegado el momento. Hay que hacerlo por si acaso, por si acaso él no llega, por si él no llega a tiempo después de haberlo esperado sesenta y dos años.

     -Llegará.

     -Llegaré. 

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