Ficha técnica

Título: Tres mujeres fuertes | Autor: Marie NDiaye | Traducción: José Ramón Monreal | Editorial: Acantilado | ColecciónNarrativa del Acantilado, 168 | Género: Novela | ISBN: 978-84-92649-37-2 | Páginas: 296 | Formato:  13 x 21 cm. | Encuadernación: Rústica cosida | PVP: 20,00 € | Publicación: 20 de Marzo 2010

PREMIO GONCOURT 2009

Tres mujeres fuertes

ACANTILADO EDITORIAL

Tres peripecias, íntimamente relacionadas, de tres mujeres que dicen no. Norah, Fanta y Khady Demba, cada una a su manera, luchan con firmeza y admirable obstinación por preservar su dignidad ante las humillaciones que la vida les inflige. Singular, misterioso y envolvente, el arte de Marie NDiaye nos habla de la dulzura y del dolor, de la violencia y del perdón, de la crueldad y de la dignidad, con la seducción de una voz conmovedora.

«La belleza de su lengua, la extraña fuerza de su inspiración, su dominio de la narración la han impuesto como una de las figuras importantes de la literatura francesa. Su voz se eleva perfectamente limpia y singular. … Deja tras de sí un eco vibrante». Raphaëlle Rérolle, Le Monde

«Hay algo seguro: Tres mujeres fuertes les sacudirá, y les dejará una marca duradera». Alexandre Fillon, Lire

«La escritura de NDiaye tiene la excelencia de decir lo indecible: la violencia con la dulzura, la complejidad con lo obvio, el odio con el olvido, la sonrisa con las lágrimas, la resignación con la dignidad, la falta y el perdón, la crueldad y la inocencia». Jean-Baptiste Harang, Magazine Littéraire

«Se trata de un libro magnífico, tanto por su virtuosismo estético como por su excelencia narrativa». Michael Sheringham, The Times Literary Supplement

 

I

Y el que la recibió, o que apareció como fortuitamente, en la puerta de su enorme casa de hormigón, en una intensidad de luz repentinamente tan fuerte que su cuerpo vestido de claro parecía producirla y despedirla, él mismo, ese hombre que permanecía allí, pequeñajo, pesado, difundiendo un resplandor blanco como una luz de neón, ese hombre aparecido en el umbral de su desmesurada casa no tenía nada, se dijo en seguida Norah, de su soberbia, de su estatura, de su juventud antes tan misteriosamente inmutable que parecía imperecedera.

   Él mantenía las manos cruzadas sobre su vientre y la cabeza ladeada, y esta cabeza era gris y la tripa, prominente y fofa bajo la camisa blanca, por encima de la cinturilla del pantalón color crema.

   Allí estaba, nimbado de una fría brillantez, caído sin duda en el umbral de su casa pretenciosa desde la rama de alguno de los ceibos que poblaban el jardín, pues, se dijo Norah, se había acercado a la casa mirando fijamente la puerta de entrada a través de la verja y no la había visto abrirse para permitir el paso a su padre-y he aquí que, sin embargo, se le había aparecido cuando ya moría el día ese hombre radiante y decaído, cuyas proporciones armoniosas, que Norah recordaba, parecían haberse reducido de un monstruoso mazazo en el cráneo a las de un hombre grueso sin cuello, de piernas pesadas y cortas.

   Inmóvil, él la miraba avanzar y nada en su mirada dubitativa, algo perdida, revelaba que esperase su venida ni que le hubiera pedido, le hubiera rogado insistentemente (en el supuesto, pensaba ella, de que un hombre semejante fuese capaz de implorar algún tipo de ayuda) que le hiciese una visita.

   Estaba simplemente allí, tras haber abandonado, quizá de un aletazo, la gruesa rama del ceibo que sombreaba de amarillo la casa, para aterrizar pesadamente en el umbral de hormigón fisurado, y era como si sólo el azar guiara los pasos de Norah hacia la verja en ese instante.

   Y aquel hombre que podía transformar todo ruego de su parte en una súplica dirigida a ella observó cómo empujaba la verja y entraba en el jardín con el aire de un huésped que, ligeramente incómodo, se esfuerza en disimularlo, haciendo visera con la mano, aunque el día hubiese inundado ya de sombra el umbral que, sin embargo, iluminaba su extraña persona radiante, eléctrica.

   -Vaya, pero si eres tú-dijo con su voz sorda, débil, poco segura en francés no obstante su dominio excelente de la lengua, pero como si la orgullosa aprensión que siempre había sentido hacia ciertos errores difíciles de evitar hubiera terminado por hacer tremolar su propia voz.

   Norah no respondió.

   Le dio un breve abrazo, sin apretarle contra ella, recordando que él detestaba el contacto físico por la manera casi imperceptible en que la carne fofa de los brazos de su padre se retraía a la presión de sus dedos.

   Le pareció percibir un tufillo a moho.

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