Ficha técnica

Título: Tres maneras de volcar un barco | Autor: Chris Stewart |  Traducción: Alicia de Benito Harland | Editorial: Ediciones Salamandra | Colección: NarrativaGénero: Novela | ISBN: 978-84-9838-298-3 | Páginas: 192 | Encuadernación: Rústica | PVP: 14,00 € | Publicación: 6 de Mayo 2010

Tres maneras de volcar un barco

EDICIONES SALAMANDRA

Chris Stewart se hizo célebre con la publicación de Entre limones, el divertidísimo relato de un joven inglés que, con tal de no vestir traje y acudir a una oficina, se gastó todos sus ahorros en la compra de un ruinoso cortijo en las Alpujarras granadinas. El libro se convirtió en un fenómeno editorial, hasta el punto de que, junto con los dos volúmenes siguientes –El loro en el limonero y El club de admiradores de los almendros en flor (aún inédito en castellano)-, suman más de un millón de ejemplares vendidos en Inglaterra y más de 400 mil en España.

En esta ocasión, Stewart comparte con el lector una de las experiencias más insólitas de una vida ya de por sí asombrosa. Todo comienza de forma fortuita cuando una amiga le ofrece un trabajo tentador: ser el patrón de un velero para navegar en las islas griegas. La propuesta parece un sueño hecho realidad, si no fuera por un pequeño inconveniente: Chris no ha navegado en su vida, ni sabe por dónde empezar. Con abundantes dosis de ingenio e hilarante autocrítica, Chris narra su iniciación a la vela, desde un neblinoso puerto de la costa inglesa hasta su particular odisea por aguas mediterráneas rumbo a la isla de Spetses. Y como guinda, una inolvidable peripecia a través del Atlántico Norte por la ruta del legendario explorador escandinavo Leif Eriksson. El fino humor de Stewart, su facilidad para la anécdota, su tendencia a actuar movido por cierta visión idealista de la realidad, dan forma a un original y atractivo relato del mundo, el de un hombre amable que, desvinculado desde hace años de la servitud de los bienes materiales, sabe disfrutar como nadie de los pequeños y grandes placeres de la vida. 

 

PRIMERA PARTE
Título de tripulante 
 
Aprenda a navegar usted mismo  
 
Fue Julie Miller, una tarde lluviosa de otoño en la calle Wand sworth, la razón por la que me hice marinero. Claro está que el lector no tendrá ni idea de quién es Julie Miller, ¿por qué iba a saberlo?, pero su relación con este episodio es que la chica tenía una tía abuela llamada Jane Joyce.
 
     -¡Chris! -exclamó Julie con una voz que superaba con creces el estruendo del tráfico de Londres-. ¡Qué estupenda coincidencia! Estaba deseando verte y tenía algo enconcreto que preguntarte… ¿Qué era? Ah, sí: ¿te gustaría trabajar este verano al cuidado de un barco en las islas griegas?
 
     -Pues claro que me gustaría -respondí sin pensarlo si quiera-. De hecho, este verano no estoy muy ocupado. -Y era verdad, pues a la tierna edad de veintinueve años mi por venir como criador de ovejas acababa de irse a pique. El banco se había negado a conceder más présamos para mantener el rebaño del que cuidábamos mi novia Ana y yo en un terreno arrendado de Sussex, y mis «perspectivas de futuro», como mi madre insistía en llamarlas, no ofrecían un aspecto demasiado brillante.
 
     -Fantástico -dijo Julie-. ¡Qué alivio tan grande! Mi tía abuela Jane lleva semanas dándome la lata para que le busque un patrón de barco, y en seguida pensé en ti.
 
     Lo cual, todo hay que decirlo, resultaba de lo más curio so, pues no había pi sa do un barco en mi vida ni sabía absolutamente nada de navegación; pero estaba desesperado por conseguir un trabajo, de modo que me pareció que lo mejor sería guardar en secreto pequeños detalles sin importancia como ése.
 
 
Evidentemente, lo primero que tenía que hacer era empollar me un poco el tema de la navegación a fin de comportarme de manera satisfactoria en la entrevista. Así pues, me compré Aprenda a navegar usted mismo u otro título de autoaprendizaje por el estilo y me sumergí en su lectura. No me pareció tan apasionante como deberían ser los libros que versan sobre un tema tan interesante y, cuando lo terminé, sólo me quedaron unas nociones muy imprecisas. Si tenía las imágenes delante de mí, podía decir cuál era la diferencia entre una balandra (de vela cangreja o bermudina), una goleta, un queche y una yola; me hice una idea muy vaga sobre lo que significaba ceñir, virar por avante y navegar con viento en popa; había aprendi do que no era conveniente trasluchar cuando se navegaba viento en popa; y podía decir más o menos cuándo había que rizar las velas o, si las cosas se ponían real mente feas, cuándo recurrir al tormentín.
 
     También trabajé un poco con el vocabulario. Descubrí que las cuerdas en realidad no eran tales, sino escotas, cabos, drizas, calabrotes, bozas, estays o escalas. Los aseos no eran el retrete, sino el jardín. Naturalmente, la parte de delante no se llamaba parte delantera, ni la de atrás, trasera… y además estaban el bichero, las bitas y poleas, los puños de pico, las orzadas y los puños de escota. Y, si no te encontrabas muy bien, siempre podías ponerte al pairo.  

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