Ficha técnica

Título: Trabajos forzados. Los otros trabajos de los escritores | Autor: Daria Galateria |  Traducción: Félix Romeo | Editorial: Impedimenta  | Género: Ensayo | ISBN: 9788415130178 | Páginas: 208 | Formato:  13 x 20 cm. | PVP: 18,95 € | Publicación: 2011

Trabajos forzados

IMPEDIMENTA

Ya sea porque buscaban hacerse ricos, o tal vez simplemente para sobrevivir, los escritores se han entregado tradicionalmente a los oficios más diversos: desde buscadores de oro a carteros, desde soldados de fortuna a industriales, desde contrabandistas de opio a fogoneros en un barco en China; conductores de autobús, verdugos, guardias, vendedores de bisutería… Malraux fue ministro; Jack London sobrevivió como cazador de ballenas en el Ártico. Colette abrió un salón de belleza y Orwell pasó de ser policía en Birmania a vivir lavando platos en Londres. Gorki trabajó como pinche de cocina en el Volga; Saint-Exupéry pensó toda su vida que su verdadero trabajo era el de aviador; e Italo Svevo dejó de ser un gran industrial para poder escribir: le bastaba concluir una línea para sentirse pagado.

Trabajos forzados es una apasionante y amena guía de supervivencia que recorre los modos con que los astros más brillantes del universo literario han ido capeando el temporal del hambre.

 

INTRODUCCIÓN

El 9 de octubre de 1897, durante la primera fiebre del oro, Jack London desembarcó en Klondike. Aquel invierno vivió en una cabaña abandonada, rodeado de lobos. Transportaba maletas por la nieve y cuesta arriba: millas y millas cargado con ciento cincuenta libras de peso. Se sentía más fuerte que los indios y lleno de salud. Cuando escribía, le dolía la espalda. Al escribir a máquina, se veía aquejado de repentinos dolores en los brazos, que le bajaban hasta los dedos. La columna vertebral, que «tan lealmente» le había servido en los días de viento y durante las tormentas, se veía ahora humillada por aquella máquina, que le obligaba «a estar doblado en dos», y le inflingía «dolores fortísimos», como si tuviese reumatismo.

   Carmina non dant panem; muchos escritores, para mantenerse, han tenido que trabajar. A comienzos del siglo xx -antes de que el Estado mecenas comenzara a ofrecer a los intelectuales variadas prebendas-, los trabajos podían ser de lo más extravagantes y, a veces, rozaban lo extremo; pero casi todos, poetas y narradores, coincidían en quejarse de que la escritura era la tarea más agotadora de todas. Charles Bukowski, que en una tarde de borrachera era capaz de arrasar a hierro y fuego una casa, y que al sueño americano contraponía la escritura del exceso -de alcohol, sexo y excesos de variada naturaleza-, trabajó en realidad disciplinadamente, durante catorce años, como cartero. Cuando le dieron un sueldo por escribir, se quedó paralizado por el terror toda una semana, y solo después se puso a trabajar. Pero las conferencias a las que le invitaban continuaron asustándole mortalmente; durante el día bebía y vomitaba; luego, en el momento de hablar, volvía a beber, y poco a poco le crecía la irritación hacia el público, que a veces respondía a botellazos. Era más fácil trabajar en la fábrica, sostenía, pálido de miedo, porque en la fábrica «no había tanta presión».

   Maxim Gorki era todavía un niño cuando entró a trabajar como descargador en el Volga, acarreando él solo, «para envidia de los mayores», cajas de cien libras. Más tarde fue pinche, fogonero, pescador, panadero… Hacía catorce horas de cola de noche o de día, en bodegas o salinas calientes. Pero bastó que uno de sus cuentos tuviera éxito y pasara a colaborar en varios periódicos y tuviera que escribir dos artículos al día, para que confesara que ese «trabajo esclavo» lo agotaba: «era superior a sus fuerzas». Por su parte, Dashiell Hammett, el inventor del género negro, quiso ser investigador privado toda su vida, o, si acaso, reportero, incluso cuando la tuberculosis lo había convertido en un dandy larguirucho de cincuenta y siete kilos y casi dos metros de altura. (A veces, los trabajos más sedentarios pueden parecerles extenuantes a algunos escritores: si Anatole France dirigió durante quince años la Biblioteca del Senado francés, Marcel Proust no resistió ni un solo día en la Biblioteca Mazarin.)

   Muchos escritores se quejan de la naturaleza vampírica de la escritura. Italo Svevo, para convertirse en «un buen industrial», se obligó a abandonar las novelas, porque si se le ocurría una sola frase, ya estaba perdido para la vida activa durante una semana entera. Escribió sobre una tarjeta de visita «Comercial» y llegó a ser un gran emprendedor en el sector de las pinturas navales.

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