Ficha técnica

Título: Topper y los fantasmas joviales | Autor: James Thorne Smith | Editorial: Barataria | Colección: Colección Bárbaros | Género: Novela | ISBN: 978-84-92979-52-3 | Páginas: 256 | Formato:  15,5 x 20 cm.| Encuadernación: Rústica con solapas | PVP: 16,50 euros 

Topper y los fantasmas joviales

BARATARIA

Muy conocido hoy por su creación de Topper, Smith fue un cómico especializado en la ficción fantástica, con mucho sexo, grandes cantidades de alcohol y transformaciones sobre naturales, y todo adobado con ilustraciones picantes. A principios de los años treinta se vendieron millones de copias de sus libros. Smith nació en Annapolis, Maryland. Hijo de un militar de la Marina, asistió al Dartmouth College, y después de años que pasar penurias en el Greenwich Village con trabajos esporádicos como agente de publicidad, Smith logró un éxito meteórico con la publicación de Topper en 1926. Murió de un ataque al corazón en 1934 mientras estaba de vacaciones en Florida. El estilo de Thorne es una mezcla de conversación inteligente, diálogos cargados de ingenio y observaciones escandalosamente divertidas, mezcladas con una crítica improvisada y carente de acidez al Babbit de la época. Sus argumentos habituales siguen el esquema de personajes abrumados por la mediocridad asfixiante de su vida, que a medida que avanza la trama, logran alcanzar una transformación completa de su moral y su carácter. Por lo general, esta transformación se produce gracias a una intervención sobrenatural que tiene siempre carácter cómico. Topper, su obra más famosa, sigue esta fórmula. Un banquero de mediana edad recibe la visita de dos inquietos (y algo amorales) muertos: George y su encantadora, inteligente y desprejuiciada esposa Marion Kerby. Es amor a la vista.

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Rutinas 

     Hacía ya algunos minutos que Ostras estaba contemplando fijamente a Topper. Y Topper se sentía turbado. No turbado de un modo claro, sino vagamente turbado, lo que para muchas personas es la forma más turbadora de la turbación. Topper era una de ellas. Puede decirse que era un genuino representante de esa especie. Los días de Topper habían transcurrido tan exentos de inquietudes que, poco a poco, había llegado a mirar de reojo y con sospecha a toda criatura que no estuviese, como él, libre de agobios. Un terremoto, una inundación o una erupción volcánica, llegaban a conmover débilmente a Cosmo Topper hasta inducirle a un donativo de un dólar, que más tarde sería deducido del pago de sus impuestos, mientras que un suelto periodístico referente a quiebras, crímenes violentos o inmoralidades, lo inclinaba a desviar rápidamente su vista hacia tópicos menos molestos. Topper podía excusar a la naturaleza y al Partido Republicano, pero no al hombre. Era un ejemplar animal de estado, pero no morboso. Aparentemente, por lo menos. Había sabido inhibirse tan bien y con tanto éxito, que resultaba la persona más libre de preocupaciones del mundo. Topper no podía ser inquietado. Su proceso mental discurría a salvo, suavemente y sobre las huellas bien señaladas de su cauce; y sus actividades físicas, tal como las ejercitaba, obedecían indudablemente a una rígida regla de domesticidad urbana. Le molestaba sentirse inquieto. Por lo menos, así lo creía él. Y esa era la causa del mal humor de Topper, aunque en aquel momento no pudiera darse cuenta.

     Sentía ahora algo así como el resentimiento que experimentaba cuando el metro se detenía de vuelta de la ciudad. Ocurrían cosas a su alrededor, horribles tal vez, en el túnel, pero no sabía cuáles eran. Se hallaba sentado bajo un chorro de luz en el centro de las rumorosas tinieblas. Rodeado ya de sus objetos familiares, se sentía incómodo y cohibido. Hasta el periódico perdía su habitual estabilidad. Sí, ciertamente Topper experimentaba aquella noche un sentimiento reprensible mientras se entregaba al solícito abrazo de su butacón y examinaba en detalle, con mirada apagada, el interminable dibujo del borde de la alfombra, un motivo dórico, neta y geométricamente correcto.

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