Ficha técnica

Título: Toda la vida | Autor: Héctor Aguilar Camín | Editorial: Literatura Random House | Formato: tapa blanda con solapa | Páginas: 136 | Medidas: 136 X 229 mm | ISBN: 9788439732273 | Fecha: 11/2016 | Precio: 13,90 euros | Ebook: 7,49 euros

Toda la vida

LITERATURA RANDOM HOUSE

Serrano, Felo, Pato y Liliana entrañan una red de silencios, traiciones y obsesiones cruzadas por los años que la muerte de un conocido desatará de nueva cuenta. Fábula sin moraleja sobre los abismos del amor fatal, la ambición y el delirio, Toda la vida es también un recorrido nostálgico por los territorios perdidos de la vida bohemia de la ciudad de México, una indagación literaria sobre cómo se escriben las novelas y un recordatorio de la podrida relación entre la policía y la política en el México del viejo régimen.

Después del éxito de Adiós a los padres, la celebrada novela autobiográfica de Héctor Aguilar Camín, Toda la vida marca su regreso a la ficción en estado puro donde las palabras trabajan al servicio de una perturbadora historia de amor, celos y poder que no dejará indiferente a ningún lector.

[Fragmento]

No sé por qué voy al velorio del difunto Olivares. No es mi amigo ni conozco a su familia. Felo Fernández me da la noticia de que lo van a velar mañana. Me dice: «Igual nos vemos ahí». Tengo debilidad por Felo Fernández. Llevo años de no verlo, pero no dejo de saber cosas inverosímiles de él. Por ejemplo, que masca vidrio cuando se emborracha. También, que ha montado un elefante. Mejor: ha contratado un elefante para que lo monte un candidato en campaña al entrar a un pueblo. El candidato quiere decirle al pueblo que los tiempos han cambiado y que él representa los nuevos tiempos. Felo discurre que haga una novísima entrada al pueblo montando el elefante de un circo que acampa en las afueras. Su ocurrencia tiene un éxito inusitado, pero Felo es obligado a montar el elefante antes que el candidato, a la manera de los catadores que comen los alimentos antes que sus señores.

En el velorio están todos los amigos de Olivares.

No sé si amistad es la palabra que describe lo que une a esos amigos. Son todos condiscípulos, más tarde cómplices, de la escuela de ciencias políticas de la vieja universidad nacional. Cierro los ojos y veo la escuelita de entonces, con su pequeño prado y su cafetería llena de muchachas, de las que Olivares fue siempre diligente cicerone, primero como alumno, luego como maestro, al final como director.

Al velorio de Olivares viene lo mejor de su generación: un ex rector, una ex guerrillera, un ex jefe de policía. Y el Pato Vértiz, ex de sí mismo. El difunto Olivares ha sido discípulo del Pato Vértiz, luego su secretario, más tarde su protector, cuando el Pato empieza a despeñarse hacia la vejez que porta ahora: los dientes sucios, la nariz hundida, la impúdica comba ventral.

Lo veo en el fondo de la sala al llegar. Me ve también. Arriesga un saludo sobre el mar de calvas y canas que llenan el recinto, con riesgo de que lo ignore pero a sabiendas de que nos une una historia que no puedo desdeñar. La historia salta dentro de mí como una punzada.

 

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