Ficha técnica

Título: Toda la verdad | Autor: Mike Tyson y Larry Sloman | Traducción: Antonio Lozano  | Editorial: Duomo Ediciones | Colección: Nefelibata | Encuadernación: Rústica con solapas | Formato: 14 x 21,5 | Páginas: 512 | Precio: 19,80 euros

Toda la verdad

DUOMO

«A veces me odio. Detesto mi vida y siento que no merezco nada. Nunca quise ser Iron Mike. Odiaba a ese hombre. Pero es el hombre en el que tuve que convertirme para sobrevivir.»

El boxeo, para Tyson, fue siempre una cuestión de vida o muerte. Creció sin un padre, rodeado por personas que le expresaban su amor con golpes y en un entorno callejero en el que era blanco de las burlas de los chicos mayores. Pero pudo encontrar, gracias al boxeo, la vía de escape que le permitió ser, con sólo veinte años, campeón mundial de peso pesado y no, en cambio, un delincuente juvenil. Pero el éxito le trajo, con el tiempo, problemas. Tantos, que Tyson terminó yendo a la cárcel, de donde salió con un único deseo: el de escribir sus memorias y dar forma a una biografía marcada no sólo por la miseria y el boxeo, sino también por la fama, por el dinero, por las drogas y las mujeres, todo eso que constituye la trayectoria de Tyson, la biografía de un hombre, de una leyenda dentro y fuera del ring.

«El relato épico de un hombre que lucha contra sus miedos.» Spike Lee 

«Una mezcla perfecta entre una película de Tarantino y un relato de Tom Wolfe.» Michiko Kakutani, The New York Times

«Poderosa e inquietante. Una historia vibrante como pocas.» Wall Street Journal

«Una pieza maestra. Estas memorias son como visitar una calle de Dickens y terminar en un viaje narcótico de Hunter S. Thompson.» Héctor Tobar, Los Angeles Times

«La vida de Mike Tyson se lee como si fuera un thriller de Elmore Leonard.» The New York Times

«Es la autobiografía más sobrecogedora de las últimas que se han escrito.» The Washington Post

«Una vida dura: drogas, golpes, alcohol, soledad y traiciones.» La Repubblica

 

Prólogo

La mayor parte de las seis semanas que transcurrieron entre mi condena por violación y la ejecución de la sentencia las dediqué a viajar por el país cortejando a mis numerosas amigas. Fue mi manera de despedirme. Si no estaba con ellas, me encontraba rechazando todos los ofrecimientos que me hacían otras mujeres. Allá donde estuviera, siempre se me acercaba alguna mujer para decirme: «Vamos, yo no voy a decir que me violaste.  Puedes venir conmigo. Dejaré que lo grabes». Más adelante me di cuenta de que era su forma de decirme: «Sabemos que no lo hiciste». Pero yo no me lo tomaba así. Contraatacaba indignado con una respuesta brusca. Aunque a sus palabras las movían las ganas de apoyarme, yo estaba sufriendo demasiado para advertirlo. Era un tipo ignorante, furioso y amargado que debía madurar mucho.

Sin embargo, parte de esa rabia era comprensible. No era más que un crío de veinticinco años que se enfrentaba a sesenta años de cárcel por un crimen que no había cometido. Dejadme repetir aquí lo que ya dije delante del tribunal, en el momento de la sentencia, durante la vista por mi liberación anticipada, después de salir de prisión y lo que seguiré diciendo hasta que me metan bajo tierra: No violé a Desiree Washington. Ella lo sabe, Dios lo sabe y las consecuencias de sus actos es algo con lo que tendrá que vivir el resto de sus días.

Mi promotor, Don King, no dejaba de repetirme que saldría libre de cargos. Me dijo que estaba trabajando entre bambalinas para conseguir que el caso se volatilizara. Además había contratado a Vince Fuller, el mejor abogado que uno podía comprarse por un millón de dólares. Vince era su asesor legal en materia de impuestos. Don, probablemente, seguía debiéndole dinero. Pero yo supe desde el principio que no iba a obtener justicia. No estaba siendo juzgado en Nueva York o Los Ángeles; nos encontrábamos en Indianápolis, Indiana, uno de los bastiones históricos del Ku Kux Klan. Mi juez, Patricia Gifford, había sido una fiscal especializada en delitos sexuales y se la conocía como «la Juez de la Soga». Yo había sido encontrado culpable por un jurado formado por mis «semejantes», de los cuales sólo dos eran de raza negra. Otro miembro de color había sido excluido por la juez tras producirse un incendio en el hotel en el que se alojaba el jurado. Lo había inhabilitado por culpa de su «estado anímico ». Sí, su estado anímico consistía en que no le gustaba la comida que le estaban sirviendo.

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