Ficha técnica

Título: Telegraph Avenue | Autor: Michael Chabon | Traducción: Javier Calvo | Editorial: Literatura Mondadori | ISBN: 9788439727460 | PVP: 23,90 euros | Nº de pág.: 560 | Ebook: 13,99 euros

Telegraph Avenue

MONDADORI

 

A finales del verano de 2004, Archy Stalling y Nat Jaffe son dos amigos que continúan viviendo a duras penas de su negocio, Brokeland Records, un paraíso de vinilos de segunda mano localizado en un área indefinida entre Berkeley y Oakland. Sus esposas, Gwen Shanks y Aviva Roth-Jaffe, son las Comadronas Asociadas de Berkeley, unas comadronas casi legendarias que han dado la bienvenida a miles de recién nacidos a la comunidad, en cuyo corazón se erige Brokeland Records.

Cuando el ex jugador de fútbol americano Gibson Goode anuncia su intención de construir una macrotienda Dogpile a tan solo dos manzanas de su establecimiento, Nat y Archy temen por el futuro de su pequeño negocio. Mientras tanto, Aviva y Gwen se encuentran en medio de una batalla legal por su existencia profesional que pone a prueba los límites de su amistad. Y, para añadir un poco más de complicación a sus vidas, aparece por sorpresa Titus Joyner, un adolescente de catorce años que asegura ser hijo de Archy, y que es el amor de Julius, el hijo quinceañero de Nat. 

 

 

1

Sueño de nata

 Un chico blanco iba con los pies plantados en su monopatín, con la mano apoyada en el hombro de un chico negro que lo remolcaba pedaleando en una bicicleta sin frenos y de una sola velocidad. Madrugada oscura de agosto, en plena parte baja de la ciu dad. Susurro de neumáticos. Rotación granular de ruedas de monopatín contra el asfalto. Verano de Berkeley con su olor a anciana, a nueve estilos distintos de jazmín y a meada de gato macho.

El chico negro se incorporó y soltó el manillar. El chico blanco desenganchó los vagones de su pequeño tren. Cruzando los brazos, el chico negro se agarró los bajos de la camiseta y se la pasó por encima de la cabeza. Se la dejó así, sin quitársela, sin prisa de ninguna clase, mientras rodaban hacia la luz menguante de la siguiente farola. Tal vez al cabo de un momento el chico negro se terminara de quitar la camiseta de un tirón y se la dejara colgada del bolsillo de atrás como si fuera un estandarte. Entonces el chico blanco se impulsaría con el pie, se echaría hacia delante y estiraría el brazo para sentir bajo la palma de la mano el chispazo de la piel negra desnuda. Pero de momento el chaval del monopatín se limitó a deslizarse pláci damente detrás de aquel ciego temerario, en su estela.

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