Ficha técnica

Título: Te quiero verde | Autora: Elaine Dundy |  Traducción: Ismael Attrache |    Editorial: Duomo | Colección: NYRBGénero: Novela | ISBN: 97884 92723195 | Páginas: 320 |  PVP: 18,00 € | Publicación: 20 de Julio 2010

Te quiero verde

DUOMO EDICIONES

«Tomad a una chica de 21 años llamada Sally Jay, flamante graduada universitaria y llena de energía. Soltadla en la ribera izquierda de París. Añadid un diplomático italiano, un director de teatro, una pareja de artistas y un traficante de esclavos. Mezclad hasta la efervescencia. El resultado: exquisitas horas de lectura divertida y apasionante. En suma, juegos y juergas.» – Newsweek

Henry James y Edith Wharton escribieron sobre los avatares de toda joven estadounidense que descubre Europa. Pero es Sally Jay, el personaje creado por Elaine Dundy en Te quiero verde, la que nos dice lo que está pensando realmente. Encantadora, sexy y divertida, Te quiero verde se convirtió en una novela de culto desde su primera publicación en 1958, y sigue siendo el retrato intemporal de una mujer apasionada por la vida. 

«No tengo por costumbre escribir a mujeres casadas, sobre todo si el marido es un crítico de teatro, pero tenía que decirle a alguien (y bien podía ser usted, ya que es la autora) cuánto gocé con la lectura de Te quiero verde. Me hizo reír, gritar y desternillarme de risa.» Groucho Marx, en una carta a Elaine Dundy

 

INTRODUCCIÓN

CIERTAS BUENAS NOVELAS están destinadas a ser perpetuamente redescubiertas, y me temo que Te quiero verde, de Elaine Dundy, es una de ellas. Al igual que La hoja plegada, de William Maxwell, o Guardia de honor, de James Gould Cozzens, resurge aproximadamente cada década, momento en el cual alguien escribe un ensayo sobre lo buena que es; otra persona reclama que la vuelvan a editar; poco después de eso, por lo general, vuelve a sumirse en las tinieblas. En una sociedad mejor regulada, no cabe duda de que los autores de esos libros gozarían de la estima que merecen, aunque en contadísimos casos uno de ellos consigue llegar al panteón (Dawn Powell, la suma sacerdotisa de los autores frecuentemente redescubiertos, fue incluida al fin en la Library of America en 2001). No obstante, por lo general, esos triunfos son tan escasos como una campaña política sincera.

   Además, Te quiero verde presenta la desventaja de ser un libro divertido. A los estadounidenses les gusta la comedia pero no se fían de ella, hecho que queda demostrado todos los años en la entrega de los Oscars: da la impresión de que nuestro lema nacional lo componen los siguientes versos de lord Byron: «Entreguémonos hoy al vino y a las mujeres, al júbilo y a la risa / A los sermones y al agua de soda al día siguiente». Eso no implica que Te quiero verde no sea un libro muy serio, pero no nos sermonea, y lo que cuenta sobre la vida debe leerse entre chiste y chiste. Por eso Powell fue una desconocida durante tanto tiempo; nadie creía que una escritora tan divertida pudiera tener calidad, menos aún si además era mujer. Es lo mismo que le ha sucedido a Elaine Dundy desde que publicó Te quiero verde, su primera novela, en 1958. No creo que sea una coincidencia que este libro nunca se haya descatalogado en Inglaterra. No soy anglófilo, pero no me duele reconocer que los británicos no suelen cometer este tipo de error. A diferencia de nosotros, tratan bien a los novelistas cómicos, quizá porque Shakespeare y Jane Austen les hicieron ver ya en fechas muy tempranas que (tal y como Constant Lambert observó en una ocasión al referirse a la deliciosa música de Chabrier) «la seriedad y la solemnidad no son lo mismo».

   Te quiero verde ha vuelto a publicarse en Estados Unidos, y apuesto a que algún crítico joven e ingenuo la leerá por primera vez y escribirá un artículo en el que aseverará que Sally Jay Gorce, la adorable y atolondrada heroína de Elaine Dundy, es la antecesora espiritual de Bridget Jones. Ante lo cual yo digo… no digo nada. La verdad es que la buena de Bridget no me cae mal del todo, pero, para situar correctamente Te quiero verde en un contexto más amplio, no hay que fijarse en la literatura femenina posterior a la novela, sino retrotraerse a Daisy Miller. Sally es una Daisy corrompida, una inocente embajadora del Nuevo Mundo que cruza el Atlántico, pierde la virginidad, y acaba aprendiendo que la experiencia, aunque nunca es todo lo que soñamos de ella, resulta absolutamente inevitable; y que Europa, pese a sus costumbres sofisticadas, ya no es la guardiana de las esencias de la civilización occidental. Es posible que París sea «el juguete de los ricos, la herramienta de los artesanos, la angustia de los artistas y la mayor fábrica de champán del mundo», pero no hay que vivir allí para vivir de veras, y, después de conocer a varios de sus habitantes menos cordiales, Sally tiene una revelación en toda regla que no resulta menos creíble por aparecer en medio de una novela cómica:

  «Están corrompidos, corrompidos», me repetía una y otra vez mientras recorría la habitación de arriba abajo. Era la primera vez que empleaba esa palabra para designar a personas que  conocía, y, de nuevo, la idea de que podía adoptar una postura moral -o más bien que no podía evitar adoptarla- me produjo la misma confusión que me había causado esa mañana.

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