Ficha técnica

Título: Tan buenos chicos | Autor: Patrick Modiano | Traducción: María Teresa Gallego Urrutia | Editorial: Anagrama | Colección:  Panorama de Narrativas | Páginas: 192  | ISBN:  978-84-339-7922-3 | Precio: 16,90 euros

Tan buenos chicos

ANAGRAMA

En los alrededores de París, el internado de Valvert, conocido como el castillo, acoge a muchachos que son «hijos del azar y de ninguna parte», más o menos abandonados por sus progenitores ricos, arruinados, inestables, cosmopolitas o turbios. Allí, entre partidos de hockey y sesiones de cine que incluyen El hombre vestido de blanco y Pasaporte para Pimlico con un proyector manejado por el joven protagonista, se forjan amistades que el tiempo inevitablemente diluirá.

Muchos años después, ese joven que manejaba el proyector se ha convertido en actor y sigue pensando en los alumnos y profesores del castillo. La memoria se reactivará con algunos encuentros azarosos, como la cena con un viejo profesor en una ciudad de provincias después de una función teatral, el cruce fortuito con un viejo amigo en el Rally Club de París, con otro en el paseo marítimo de una ciudad de vacaciones en la costa atlántica… Pero los recuerdos del internado también incluyen las historias de antiguos alumnos que le contaron al protagonista, como la de aquel al que apodaban Johnny porque se parecía a Johnny Weissmüller y que en el París ocupado mantenía una relación clandestina con una mujer quince años mayor que él mientras se escondía por su condición de judío.

Éste es sólo uno de los muchos personajes fugaces, de las presencias casi fantasmales -como aquella actriz a la que llamaban «la condesa» y su hija Joya- que pueblan esta prodigiosa novela sobre la memoria y el paso del tiempo, sobre los esplendores y miserias del pasado, sobre los destinos de aquellos «buenos chicos» que coincidieron en un internado.

«Modiano es absolutamente original. Ha transformado la novela en un laboratorio para generar atmósferas, no situaciones, donde todo tiene que ser deducido y nada se puede probar» (Adam Thirlwell, The Guardian).

«Leer a Modiano es como percibir un aroma muy particular con el que no te topas cada día, como el azafrán o la asafétida. Es directo y preciso, pero también delicadamente melancólico, como la esencia exprimida del tiempo que pasa» (Luc Sante).

«Sus novelas no son libros sino aerosoles: ambiente Modiano. Se expande por nuestra pequeña sala de lectura y a menudo nos embelesa el alma con obras como Tan buenos chicos» (Eric Chevillard, Le Monde).

«Un universo familiar de siluetas que ya han aparecido en vidas y libros anteriores, el pasado deconstruido por un gran escritor que es al mismo tiempo un mago» (Gilles Pudlowski, Paris-Match).

«En menos de doscientas páginas el planeta Modiano se muestra sólido, ambiguo, amenazante» (Michel Boue, L’Humanité).

«Una obra maestra, un texto agudo, melancólico, insólito y sin embargo familiar, en resumen, un texto que uno anhela leer y soñaría haber escrito» (Le Nouvel Observateur).

PÁGINAS DEL LIBRO

I

     La cuesta poco empinada de un ancho paseo de grava subía hasta el Castillo. Pero, la primera vez, no tardaba en extrañarle a uno, a la derecha, delante del pabellón de la enfermería, aquel mástil blanco en cuya punta flotaba una bandera francesa. En ese mástil, todas las mañanas uno de nosotros izaba los colores nacionales después de que el señor Jeanschmidt diera la orden:

     -¡Secciones, firmes!

     La bandera subía despacio. El señor Jeanschmidt también se había puesto en posición de firmes. Su voz grave quebraba el silencio.

     -Descansen… Media vuelta a la izquierda… ¡Marchen! Marcando el paso, íbamos por el paseo ancho hasta el Castillo.

     Creo que el señor Jeanschmidt quería acostumbrarnos, a nosotros, que éramos hijos del azar y de ninguna parte, a los beneficios de la disciplina y a lo reconfortante de una patria. El once de noviembre participábamos en las ceremonias del pueblo. Nos concentrábamos, en fila, en la explanada del Castillo, vestidos todos con blazer azul marino y corbata de punto del mismo color. «Pedro» Jeanschmidt -apodábamos a nuestro director Pedro- daba la señal de salida. Bajábamos por el paseo marcando el paso, con Pedro abriendo la marcha y, tras él, los alumnos, por orden de estatura, de mayor a menor. Al frente de cada clase, los tres más altos: uno llevaba un ramo de flores; otro, la bandera francesa, y el tercero la bandera de nuestro internado, azul noche con un triángulo de oro. Así fue como la mayoría de mis compañeros desempeñaron el cometido de abanderado: Etchevarietta, Charell, Mc Fowles, Desoto, Newman, Karvé, Moncef el Okbi, Corcuera, Archibald, Firouz, Monterey, Coemtzopoulos, que era medio griego y medio etíope… Salíamos por el portón y luego cruzábamos el viejo puente de piedra sobre el Bièvre.

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