Ficha técnica

Título: Supergods. Héroes, mitos e historias del cómic | Autor: Grant Morrison | Editorial: Turner | Colección:  Noema | Género: Cómic | ISBN: 9788499920054| Páginas: 510 | Formato:  14 x 22 cm.| Encuadernación: Rústica con solapas |  PVP: 29,90 € | Publicación: 2011

Supergods

TURNER

La historia de superhéroes contada por el legendario guionista de cómics Grant Morrison.

No hace ni un siglo que viven entre nosotros. Se puede documentar su aparición: en 1938, cuando llegó a los kioscos el primer número de Action Comics, con las aventuras de un periodista miope y tímido, que bajo la camisa blanca llevaba una malla con la letra S. En pocos años, los cielos del mundo imaginario estaban llenos de mutantes, aliens y vigilantes: Batman, el capitán Marvel, Iron Man o los X-Men siguieron la estela de Superman para salvar al mundo, patrullar las ciudades derrotando a los malvados, y sobre todo nutrir los sueños de varias generaciones.

Son los superhéroes. Pero antes de ser héroes, son una Idea. Y sobre eso habla esta historia.

 

PREFACIO

A unos seis kilómetros de mi casa de Escocia, en la otra orilla de un apacible brazo de mar, se encuentra el Royal Naval Armaments Depot de Coulport, refugio de la flota de submarinos nucleares Trident del Reino Unido. Me han dicho que en sus búnkeres subterráneos se almacena la suficiente potencia de fuego como para aniquilar cincuenta veces a toda la raza humana. Algún día, cuando la Tierra reciba un ataque sorpresa en el hiperespacio a manos de cincuenta gemelas malvadas, esta capacidad megadestructiva podría, irónicamente, salvarnos a todos; pero hasta entonces solo parece una muestra extravagante, y en cierto modo emblemática, de la hipersimulación digital y acelerada en la que todos vivimos.

     Por las noches, el reflejo invertido de los astilleros parece un puño cerrado de color rojo, símbolo del poderío militar, que ondea sobre una bandera de olas. A unos tres kilómetros de allí, siguiendo una carretera tortuosa, se halla el lugar donde mi padre fue detenido durante las marchas antinucleares de la década de 1960. Era un veterano de la Segunda Guerra Mundial de clase trabajadora que cambió su bayoneta por una chapita de la Campaña para el Desarme Nuclear y se convirtió en un «espía por la paz» del Comité de los Cien, de suerte que durante mi niñez ya empezaron a proliferar las siglas y nombres en clave de la Guerra Fría.

     Y luego estaba la Bomba, siempre la Bomba, un inquilino con gabardina, lúgubre y amenazador, que podía explotar en cualquier momento y matarnos a todos y a todo. Sus infames juglares eran existencialistas invadidos por el pesimismo, amantes del folk que entonaban, quejumbrosos, endechas sobre «Hard Rain» y «All on That Day», mientras yo temblaba en un rincón, a la espera del esquelético juicio final y la extinción de todo rastro de vida terrestre. Las imágenes complementarias las aportaban los fanzines samizdat, radicales y antibelicistas, que mi padre compraba en las librerías políticas de High Street. Los fervientes manifiestos pacifistas que se leían en ellos solían estar ilustrados con espantosos dibujos que mostraban un hipotético mundo el día después de un animado intercambio de misiles termonucleares. Los creadores de estos paisajes, que los llenaban de carroña con gran entusiasmo, nunca dejaban pasar la oportunidad de dibujar esqueletos destrozados, despedazados, retorcidos, y en el horizonte ardiente la ciudad calcinada, devastada tras el ataque nuclear. Si el dibujante lograba encontrar hueco en su composición para añadir una macabra Muerte de doscientos cincuenta metros que, a horcajadas de un temible caballo desollado, esparcía misiles como semillas sobre el perfil de la ciudad, semiderretido y mellado, mejor que mejor.

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