Ficha técnica

Título: Suites Imperiales | Autor: Bret Easton Ellis Traducción: Aurora Echevarría Editorial: Mondadori  | Colección: Narrativa | Género: Novela | ISBN: 9788439723288 | Páginas: 160 | Encuadernación: Rústica  |  PVP: 16,90 € | Publicación: 17 de Septiembre 2010

Suites Imperiales

MONDADORI

La primera novela de Bret Easton Ellis, Menos que cero, narraba las andanzas de un grupo de adolescentes a la deriva en el Los Ángeles de los años ochenta. Desde su publicación se convirtió en un libro de culto. Narrado con el estilo descarnado y glacial que le hizo célebre, Suites imperiales retoma las vidas de aquellos autodestructivos adolescentes veinticinco años después.

Clay, ahora guionista de éxito, regresa a Los Ángeles para participar en el casting de su nueva película. En una fiesta se reencuentra con su ex, Blair, y su marido, Trent, un poderoso magnate que continúa siendo un Casanova. Allí conoce a Rain, una actriz despampanante y sin talento pero decidida a conseguir el papel de su vida. Desde ese instante Clay comienza a recibir mensajes anónimos, un jeep azul lo sigue a todas partes y el rumor sobre el asesinato de un productor se extiende en su círculo de amistades. Su amigo de la adolescencia, Julian – recuperado de su adicción a la heroína – , y su antiguo camello, Rip – más siniestro que nunca debido a una larga lista de operaciones de estética -, reaparecen entonces en su vida.

«Los fans de Bret Easton Ellis se deleitarán con los personajes y con la facilidad del autor para manipular sus destinos. » Publishers Weekly

«Suites imperiales es otro viaje inesperado en una carrera asombrosamente Prodigiosa»   London Review of Books

«Bret Easton Ellis se ha revelado como uno de los novelistas de referencia más importantes del panorama literario americano. » Financial times

 

PÁGINAS DEL LIBRO

Habían hecho una película sobre nosotros. La película estaba basada en un libro escrito por alguien que conocíamos. El libro tenía un argumento muy sencillo que narraba cuatro semanas en la ciudad donde crecimos y era en su mayor parte una descripción fiel. Lo habían catalogado de ficción pero solo habían modificado unos pocos detalles, no habían cambiado nuestros nombres y no había nada en él que no hubiera sucedido. Por ejemplo, era cierto que una tarde de enero habían proyectado una película snuff, una de esas grabaciones sádicas de violencia en directo, en una habitación de Malibú, y que yo salí a la terraza con vistas al Pacífico donde el autor trató de consolarme asegurándome que los gritos de los niños torturados eran fingidos, pero sonrió mientras lo decía y tuve que volverle la espalda. Otros ejemplos: era cierto que mi novia había atropellado un coyote en los cañones más abajo de Mulholland, y una cena de Nochebuena en el Chasen’s con mi familia de la que me había quejado al autor estaba fielmente descrita. Y una niña de doce años había sido realmente sometida a una violación en grupo; yo estuve en esa habitación de Hollywood Oeste con el escritor, quien en el libro registra solo una vaga resistencia por mi parte y no logra describir con exactitud lo que sentí realmente aquella noche: el deseo, el shock, el miedo que me producía él, un chico rubio y marginado del que se había medio enamorado la chica con la que yo salía. Pero el escritor nunca la correspondería porque estaba demasiado absorto en su propia pasividad para crear el vínculo que ella necesitaba, por lo que ella acudió a mí, pero para entonces ya era demasiado tarde, y como al escritor le molestó que acudiera a mí, me convertí en el narrador atractivo y aturdido, incapacitado para el amor o la bondad. Así fue como me convertí en el joven calavera tarado que deambulaba entre las ruinas con la nariz goteando sangre, haciendo preguntas que no necesitaban respuesta. Así fue como me convertí en el chico que nunca entendió cómo funcionaba nada. Así fue como me convertí en el chico que no salvaría a un amigo. Así fue como me convertí en el chico que no podía querer a la chica.

 

Las escenas más dolorosas de la novela eran las que ofrecían una crónica de mi relación con Blair, sobre todo aquella, casi al final, en la que rompía con ella en el patio de un restaurante que daba a Sunset Boulevard y donde me distraía una valla publicitaria en la que se leía «desaparezca aquí» (el autor añadió que llevaba gafas de sol cuando le dije a Blair que nunca la había querido). Yo no había mencionado esa dolorosa tarde al autor, pero aparecía en el libro palabra por palabra; a partir de ahí dejé de hablar con Blair y no podía oír las canciones de Elvis Costello que nos sabíamos de memoria («You Little Fool», «Man Out of Time», «Watch Your Step»), y sí, ella me había regalado una bufanda en Navidad, y sí, se me había acercado bailando y cantando mudamente «Do You Really Want to Hurt Me» de Culture Club, y sí, me había llamado «so zorro», y sí, se enteró de que me había acostado con una chica a la que conocí en The Whiskey una noche lluviosa, y sí, se lo había contado al autor. Él no estaba unido a ninguno de los dos, me di cuenta al leer esas escenas relacionadas con Blair y conmigo; en todo caso, lo estaba a ella, y no mucho. Solo era alguien que flotaba en nuestras vidas y a quien no parecía preocuparle la percepción tan plana que tenía de todo el mundo, o que había voceado nuestros fracasos secretos al mundo entero, escenificando la indiferencia juvenil, el nihilismo deslumbrante, infundiendo glamour al horror de todo ello. 

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