Ficha técnica

Título: Sueños y pesadillas. Memorias de un diplomático | Autor: Máximo Cajal | Editorial: Tusquets | Colección: Tiempo de Memoria, 80 | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-8383-252-3 | Páginas: 376 | PVP: 20,00 € | Ilustración de sobrecubierta: Máximo Cajal a comienzos de la década de 1980. Fotografía de José Díaz. © Derechos reservados | Publicación: Mayo de 2010 | Finalista del XXI Premio Comillas de Historia Biografía y Memorias

Sueños y pesadillas

TUSQUETS

El diplomático máximo cajal quedó finalista del XXI Premio Comillas con este extraordinario ejercicio memorialístico en el que este antiguo embajador en los más diversos y complicados destinos relata los entresijos de casi cuarenta años dedicados a la carrera diplomática, que le han convertido en testigo privilegiado tanto de la política internacional como de las transformaciones políticas y sociales en la España  de las últimas décadas. sueños y pesadillas reconstruye una memorable trayectoria como alto diplomático y arroja luz sobre algunos episodios capitales de la historia reciente española.

En su primer destino, Tailandia, asiste al abrupto final del periodo colonial en el Sureste Asiático. En 1980, siendo embajador en Guatemala, sobrevive al sangriento episodio en el que mueren 37 personas atrapadas en la legación española de aquel país, entonces sometido a una feroz represión militar. Años después, fue uno de los principales negociadores en el ingreso de España en la OTAN. Por último, a la peripecia política se suma la humana y personal, con el retrato sagaz de los numerosos protagonistas que desfilan por estas páginas, desde Franco y De Gaulle, en cuya entrevista ejerció de intérprete en 1970, hasta compañeros de profesión y los tres ministros de Asuntos Exteriores en los gobiernos de Felipe González.

 

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Juventud perdida 
 
     Apenas tengo recuerdos infantiles, ni tampoco testimonios escritos de aquellos tiempos, finales de la década de los treinta y primeros años cuarenta. Sí conservo una fotografía, de la mano de mi padre en una de las rampas que conducen a la playa de la Concha en San Sebastián. No había acabado la guerra civil; yo tenía entonces tres años. Pocos, muy pocos, de la adolescencia, y los que asoman de la juventud, además de borrosos, son más bien sombríos, casi nunca gratos. Pero, vivo o no, imagino que aquel pasado, ya lejano, estará presente en alguna medida. Y que habrá dejado su huella. De la niñez sólo emergen retazos, piezas sueltas. Lo que sí dejó un rastro fue el paso por el Colegio Alemán de Madrid, entre los años 1940 y 1944 o 1945. Dejó un alemán infantil, que al parecer hablaba bastante bien porque asistía a la clase de los nativos y que algo más tarde retomé con una Fräulein austriaca, más bien Frau, diría yo hoy en día. Alemán que, mucho después, resurge súbita y caprichosamente en los lugares y momentos más insospechados, al filo de una conversación captada al azar, en un anuncio, en un periódico que cae en mis manos. Palabras sueltas que aparecen y desaparecen espontáneamente. Dejó también mi paso por el Kindergarten, y por lo que es ahora el Instituto Goethe, una absoluta falta de preparación, en todos los órdenes, para lo que vendría después. Ni siquiera recuerdo si lo que recibíamos era una formación nacionalsocialista, propia de una Hitlerjugend a la altura de los exigentes tiempos que vivía aquella España joseantoniana. En cualquier caso, mis padres no cayeron en la tentación de disfrazarme de «flecha» o de «pelayo». Mucha gimnasia, eso sí, en un pabellón situado donde ahora se alza la embajada de Alemania. La desaparición de la noche a la mañana de unos profesores -Herr Koch, Herr Schmidt-, de quienes nunca más se supo; el, para mí, inesperado final de curso, cuando un día nos dijeron que nos fuéramos a casa; tampoco he olvidado aquella soleada mañana de primavera cruzando el paseo de La Castellana, camino de mi casa en la calle de Ayala.
 
     Conservo también otros recuerdos. Los veranos. El calor. La caza de lagartos a mano, para después comérnoslos con mi tío Joaquín Cajal, quien alababa su textura y sabor; como el pollo, me decía siempre. La trilla. Los racimos de uva que se pegaban a los dedos rezumando azúcar. Un algarrobo gigantesco, o eso me parecía a mí, al que me gustaba trepar. Vino, de golpe, el bachillerato en el colegio del Pilar. La cartera de tamaño desproporcionado que cargaba calle de Ayala arriba. Las «dreas», las peleas a pedradas en aquella tierra prometida, adonde nos llevaban de excursión, que se llama La Pedriza, y de las que más de uno salía descalabrado. Los partidos de fútbol en el solar de la calle Castelló con una deforme pelota de cuero. Don Emilio, minúsculo profesor de física y química apodado «molécula». Otro, al que llamábamos «botijo», de manos largas en el doble sentido de la palabra. La religión en la España del nacionalcatolicismo. El dinero que me daban mis padres el día del Domund para que al llegar al colegio del Pilar, con la hucha en forma de cabeza de jefe sioux o de mandarín chino entre las manos, llevara ya alguna ventaja a otros compañeros de clase en el momento de iniciarse la cuestación. El miedo al pecado, omnipresente. Droga dura, inyectada deliberadamente hasta crear adicción, tan propia de las culturas judeocristianas, de la española sin duda. Los años de fe y también de «temor de Dios», hasta que todo empezó a venirse abajo cuando, cumplidos los quince, el confesor decretó que si la chica que me gustaba no me hacía caso era porque Dios así lo quería. No he vuelto a pisar aquellos lugares. Incuria educativa la suya que, con honrosas excepciones, se prolongó a lo largo de la enseñanza universitaria. La posguerra civil, que todo lo resumía. El tiempo del asperón.

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