Ficha técnica

Título:  Solterona | Autor: Kate Bolick |  Traducción: Silvia Moreno Parrado   | Editorial: Malpaso Páginas 343 | Formato: 14 x 21 cm  |  Encuadernación: Tapa dura  Precio: 22 euros |  Fecha: abril 2016 | ebook: 7,99 euros

Solterona

MALPASO

Tan atractivo como difícil de clasificar, Solterona es un libro que explora en primera persona y denuncia sin piedad las cuestiones que han sido consideradas claves de la realización femenina por parte de la sociedad patriarcal. El matrimonio, la vida profesional, la maternidad… todas estas situaciones marcan la vida de las mujeres y en ocasiones las lastran para llevar adelante una vida creativa y profesional rica y equiparable a la de los hombres.

Kate Bolick demuestra su teoría con respecto a la vida de las mujeres comparando sus inquietudes con las decisiones que en día tomaron algunas de sus heroínas, de sus «despertadoras», como Edith Warthon, Maeve Breenan, Neith Boyce, Edna St. Vicent Millay y Charlotte Perkins Gilman; mujeres que supieron llevar adelante una vida no dependiente de varón alguno y que destacaron como periodistas y escritoras.

«Bolick entreteje su memoria, la teoría feminista y las biografías de cinco escritoras en un texto fascinante e indispensable. La voz de Bolick, rebosante de ingenio, críticas mordaces e impresionantes metáforas construye un tentador argumento a favor de la soltería.» Entertainment Weekly

«Un libro tan inteligente como agradable. Las cinco minibiografías de las «despertadoras» de Bolick son cautivadoras y ella convierte cada página en algo que vale la pena. Tal vez ella misma se convierta en una «despertadora» de las nuevas generaciones.» Time 

«Lo impresionante de Solterona es cómo, de manera sutil y encantadoramente digresiva, marca un camino claro para todas las mujeres, no sólo las solteras.» The New York Times 

 

Prefacio

Cuando era niña pasé varios veranos con mi familia en una isla diminut frente a la costa de Maine. Es apenas una mota sobre el mapa y mide poco más de un kilómetro y medio en su parte más ancha; un zarzal descuidado de abetos y playas rocosas, sin hoteles, tiendas ni restaurantes, ni siquiera coches: sólo unas cuarenta casas de veraneo desperdigadas, antaño grandiosas, hundidas sobre sus cimientos. Mientras los mayores leían o jugaban al tenis en las canchas de tierra batida, los niños desaparecíamos en un universo alternativo, echábamos carreras en bañador por sucios caminos de arena y enormes prados verdes, el aire salobre vibrando con las sirenas de niebla y los cantos de los pájaros.

     Para llegar a la playa bajábamos corriendo por un sendero aprisionado entre setos tan altos que parecía un aliviadero que nos precipitara hacia la arena y el mar, catapultándonos a otra dimensión. Cuando la marea estaba baja, en lugar de saltar entre las olas como los demás, yo me alejaba hasta un istmo de pozas y rocas para «jugar a Karana». Karana era la protagonista de mi novela infantil favorita, La isla de los delfines azules, basada en la historia real de una joven nativa americana que se queda abandonada en una isla frente a las costas de California a principios del siglo xix y logra sobrevivir
sola durante dieciocho años.

     Primero recogía «huesos de ballena» de madera de deriva y los clavaba en la arena mojada formando un círculo, mi «cabaña». Siempre había algún recipiente de plástico abandonado en la orilla que me servía de «cesta». Ya asegurado lo básico, me dedicaba a recoger caracolas. Estas diminutas bestias eran más que abundantes; tachonaban las enormes rocas que me rodeaban y estaban tan pegadas a ellas que tenía que golpearlas con una piedra hasta que se
desprendían con un chasquido. Rápidamente, antes de que pudieran volver a sujetarse, arrojaba sus cuerpos duros y redondos a mi «cesta» y corría hasta el «fogón» (una oquedad en la roca producida por la erosión) para «cocinarlas» en agua de mar; luego aplastaba con saña las conchas, entresacaba los seres oscuros y viscosos y hacía como que «comía». El que aquella comida inventada fuera tan asquerosa endulzaba mi sensación de conquista.

     Así construía mi propio reino de acuerdo con mis propias leyes y, cuando el sol caía a plomo, lo hacía sólo sobre mí y, cuando los pies se me acostumbraban al agua helada, era gracias a mi capacidad de aguante. La sensación de soledad era absoluta.

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