Ficha técnica

Título: Sofía Petrovna. Una ciudadana ejemplar | Autora: Lidia Chukóvskaia | Traducción: Marta Rebón | Epílogo: Marta Rebón y Ferran Mateo |Editorial: Errata Naturae | Colección: El Pasaje de los Panoramas | Formato: 14× 21,5 | Páginas: 192 | ISBN: 978-84-15217-78-7 | Precio: 17,50 euros 
 

Sofía Petrovna. Una ciudadana ejemplar

ERRATA NATURAE

Sofia Petrovna, viuda de un prestigioso médico, trabaja como mecanógrafa en una de las más importantes editoriales de Leningrado. Parece que la vida y el Estado le sonríen a pesar de las continuas estrecheces: el resto de las mecanógrafas de la oficina está bajo su eficaz batuta; su sueldo es cada vez mayor; su propio hijo ha dejado de ser un muchacho para convertirse, al fin, en un joven y guapo ingeniero también ejemplar: ama la herencia de la Revolución y el Partido casi tanto como a su madre, a quien alienta en su dedicación y empeño.

Estamos a mediados de los años treinta, y enseguida -en medio de un misterio que quizá nadie consiga resolver nunca- el vértigo innombrable de la Gran Purga va a arrastrar hasta el centro de su vacío a Kolia, el hijo. Comenzará entonces una «segunda» y ejemplar, en el sentido cervantino del término, novela: un verdadero aprendizaje sobre la vida y sus sinrazones, una parábola a la vez ingrata e insuperable; es decir, una pieza literaria de primer orden. O, como suele decirse, un texto que nos muestra la otra cara de la verdad, ésa que muchas veces inventamos nosotros mismos para no perder toda esperanza.

Sofia Petrovna fue redactada en secreto en un cuaderno escolar durante el invierno de 1939-1940. Como señaló la propia autora, «mi obra se escribió con la huella de los acontecimientos aún fresca en mi mente». Lidia Chukóvskaia combatió el miedo con palabras, el silencio con el testimonio, la colectivización con la historia individual, la indiferencia ante el dolor de los demás con la empatía para con el sufrimiento ajeno, el heroísmo tradicionalmente de corte masculino con el espacio íntimo femenino. Poniendo en riesgo su vida, llenó de realidad la ficción para hacer que el futuro lector de este libro único y necesario supiera del pasado, de modo que la memoria de lo acontecido se mantuviera siempre viva.

«Su obra es tan significativa como Un día en la vida de Iván Denísovich de Solzhenitsyn». Times Literary Supplement

«Resulta profundamente conmovedora precisamente por su narración calmada, su sencillez y su sinceridad». Neue Zürcher Zeitung

«Un document humain de una fuerza emocionante y conmovedora». Süddeutsche Zeitung

«Un clásico que tiene la ventaja y la fuerza de convicción de la inmediatez». Welt der Literatur

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Después de la muerte de su marido, Sofia Petrovna  se matriculó en los cursos de mecanografía. Tenía que aprender sin falta una profesión, pues Kolia aún tardaría en ganarse un sustento. Una vez acabada la escuela secundaria, debía ingresar a toda costa en un instituto. Fiódor Ivánovich no habría permitido que su hijo se quedara sin estudios superiores… A Sofia Petrovna se le daba bien la máquina de escribir; además, era mucho más instruida que aquellas modernas señoritas. Tras obtener la más alta calificación, pronto encontró trabajo en una de las editoriales más grandes de Leningrado. La vida de oficinista absorbió por completo a Sofia Petrovna. Al cabo de un mes ya no podía comprender cómo vivía antes sin ese empleo. Es verdad, por las mañanas era desagradable levantarse con el frío y la luz eléctrica, helarse esperando el tranvía entre un gentío soñoliento y lúgubre. Es verdad, debido al repiqueteo de las máquinas de escribir hacia el final de la jornada empezaba a dolerle la cabeza… Pero, en cambio, qué ameno e interesante era tener una ocupación.

De niña le encantaba ir al colegio, y solía llorar cuando, por culpa de un resfriado, la dejaban en casa, y ahora le gustaba mucho ir a la oficina. Cuando se percataron de cómo extremaba el celo en su trabajo, enseguida la nombraron mecanógrafa jefa: la directora de la oficina de mecanografía, por así decirlo. Distribuir el trabajo, hacer el recuento de páginas y de líneas, grapar las hojas… Todo eso le gustaba mucho más a Sofia Petrovna que mecanografiar. Cuando llamaban a la ventanilla de madera, la abría y, con aire digno, lacónica, tomaba los documentos. La mayoría de las veces se trataba de cuentas, proyectos, informes, cartas oficiales y órdenes, pero de cuando en cuando caía en sus manos el manuscrito de algún escritor contemporáneo.

-Estará listo dentro de veinticinco minutos -decía Sofia Petrovna, lanzando una ojeada al reloj grande-. En punto. No, antes no, dentro de veinticinco minutos exactos. -Y cerraba bruscamente la ventanilla, sin entablar conversación. Tras permanecer un momento pensativa, entregaba el documento a la mecanógrafa que creyese más conveniente para aquel trabajo concreto: si traía el documento la secretaria del director, se lo daba a la más rápida, la más instruida y escrupulosa.

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