Ficha técnica

Título: Siete palabras | Autor: Suso de Toro | Editorial: Alianza  | Colección: Alianza Literaria |  Género: Novela | ISBN: 978-84-206-8438-3 | Código: 3472257 | Páginas: 392 | Formato:  15,5 x 23 cm. | Encuadernación: Rústica Hilo  |  PVP: 18,50 € | Publicación: Marzo de 2010

Siete palabras

ALIANZA EDITORIAL

«Todo empezó en Toro». Años atrás, durante un viaje familiar a dicha localidad, en una noche de agitado insomnio, el narrador se percató de que no sabía nada de su abuelo ni de sus orígenes, que indudablemente debían de hallarse en Toro. La pérdida de memoria de su padre y un susto, durante tres fatídicos segundos se vio ante un espejo con medio rostro paralizado, actúan de catarsis que le impulsan a emprender un viaje en busca de las huellas que recompongan el árbol genealógico truncado, el acceso al otro lado de la puerta cerrada en la mente paterna. ¿Por dónde empezar? Por «Formariz, Sayago, Zamora, España», nombres que brotan de la memoriade su padre. En el periplo, que le lleva hasta La Habana, se imagina a su abuelo, Faustino de Toro, criándose en un hospicio, sufriendo penurias, y, una vez casado y con dos hijos de corta edad, perdiéndose en un barco camino de Cuba. Una partida que dejó en uno de aquellos niños, el padre del narrador, una sensación de abandono y desafecto que le marcará durante toda su vida. 

Nada relevante consigue en su investigación salvo carta que trata de disuadirle de que no siga hurgando en el pasado. Siete palabras es una una narración emotiva y cautivadora que discurre por el indefinido linde entre la biografía y la ficción. Entrecruzando con acierto distintos géneros y las notas trágicas con las de humor, Suso de Toro nos brinda una obra literaria de múltiples facetas. Un relato de viajes, tanto físico como íntimo a lo más profundo del ser, en busca de la identidad familiar y del propio sosiego. Una narración de intrigas y misterios; un monólogo plagado de reflexiones metaliterarias; una novela de la memoria, personal y colectiva, que ensalza a los desheredados de la tierra de ayer y de hoy. Un relato de familia en suma, tramado con los mimbres de la mejor tradición literaria, en el que subyacen el peso de la ausencia y del abandono, del amor paterno-filial con las resonancias bíblicas de las Siete palabras.

 

Tres segundos muerto delante del espejo

     Recuerdo bien tu cara reflejada en el espejo aquel día por la mañana, el rostro que tenías y también la expresión que pusiste. Tu rostro estaba desfigurado, media cara estaba como muerta, el ojo derecho abierto con el párpado descolgado, la boca estaba también hacia la derecha y el rostro limpio de arrugas en ese lado, habían desaparecido en esa mitad de la frente.

     Y tu susto. En aquel rostro medio paralizado y dividido al medio, por debajo de la máscara en que se había convertido tu semblante, en el lado que estaba vivo asomó el susto, el desconcierto ante aquella imagen del espejo. Como si la mitad de tu cara ya no fuera tuya, la habías perdido. Esa cara no era la tuya. ¿De quién era entonces? Te habías transformado en un monstruo de una película antigua. El fantasma de la ópera. Te había ocurrido como a los personajes de una de esas narraciones que habías escrito, «un día por la mañana se levantó y cuando se acercó al espejo vio…». No deberías haber escrito historias así, eso es como llamar para que luego sucedan. Aunque, en realidad, siempre supiste que escribir literatura, vivir literariamente, era peligroso.

     ¿Y qué era lo que te había ocurrido a ti por la noche? ¿Un ataque? ¿Estabas vivo entonces? ¿O no?

     Un segundo de duda, dos segundos, tres. Y entonces te reíste, sí, viéndote en el espejo. Estabas vivo, estaba claro. Te habías levantado y allí estabas delante del espejo de tu cuarto de baño, la pileta, la pastilla de jabón, la luz de la mañana, aquél era un día como los otros días cuando estabas vivo. Así que no estabas muerto, no. Tenías media cara paralizada pero no había sido un ataque. Lo comprobaste, moviste el brazo derecho; sí, se movía, arriba y abajo, perfectamente. Y la pierna también, allí estaba la pierna, moviéndose. El cuerpo estaba bien, el corazón estaba bien, y la cabeza también. Pensabas con claridad y método. No había sido un ataque, no. No te había ocurrido lo que a tu padre. Esta vez. Te reíste tocando la cara con los dedos, la cara no sentía, estaba muerta o completamente dormida. Debía de ser un «aire», un herpes facial, se llamaba algo así. No habías muerto. Te podrías haber muerto de noche de un ataque sin más, pero no había sido así. Un nuevo día. Y la cara ya se iría curando, poco a poco los músculos irían despertando, casi no te preocupó, lo importante era que estabas vivo. Habías sobrevivido a lo que podía haber sido y no fue.

     Pero una vez que fue cediendo el susto y respiraste hondo, te detuviste en lo que habías recordado en esos segundos en los que creíste estar muerto. Muerto allí delante del espejo. Había sido un instante trascendente. Antes de nada te había venido a la mente tu gente, te despediste, e inmediatamente recordaste la claridad de aquella madrugada en Toro. La volviste a vivir con toda la intensidad. Te llegó como una llamada, un recordatorio. Creíste estar muerto, ya te despedías y de repente la imagen de aquella madrugada en Toro te trajo de vuelta. ¿Qué significaba eso? En aquel momento sentiste que eso era algo muy importante, que aquel recuerdo que había brotado era lo que más te importaba, lo que más te debía importar.

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