Ficha técnica

Título: Siempre yo | Autor: Alissa Walser | Editorial: Adriana Hidalgo | Colección: Narrativas | Género: Cuento |Páginas: 178 | ISBN: 978-987-1923-29-8 | Precio:

Siempre yo

ADRIANA HIDALGO

Después de su excelente y multipremiada primera novela, Al principio la noche era música (AH, 2011), Alissa Walser vuelve a sorprender con su nuevo libro. Siempre yo es un conjunto de nueve relatos interrelacionados cuyo hilo conductor lo conforman Mona y Nina, dos alemanas que se conocieron en la Nueva York de los años noventa. Ambas comparten afinidades y, fundamentalmente, varios «ex». Es difícil imaginar cómo serían las cosas si no fueran como son, pero los personajes femeninos de Siempre yo se lo preguntan inmersos en un mundo en estado de tensión, hablándonos de la fragilidad de las relaciones. A medida que se avanza en la lectura, se percibe una red narrativa hecha de ecos y reflejos de un relato en otro; ya sea volviendo a personajes que apenas habían sido nombrados, retomando desde otra perspectiva un episodio, o un personaje en otra ciudad o en otro momento, y echando así nueva luz sobre quiénes y cómo se cuenta; en un esfumado orden cronológico pero no lineal. Con un intermezzo dado por el relato «En otra vida», que se centra en la París de los impresionistas y cuya protagonista está inspirada en la pintora Berthe Morisot (1841-1895).

SIEMPRE YO

Él alza la mirada hacia mí. Será el primer muerto de mi vida, pero eso aún no lo sé. Lo que sé es que en el corazón tiene una bala y me sorprende que alguien pueda vivir con una bala en el corazón. No conozco a nadie más con una bala en el corazón. Y tampoco sé cómo es que esta llegó allí.

Más adelante, cuando mi madre me lo revele mientras enjuaga vajilla sucia y la va colocando en el lavaplatos, sentiré de pronto lo que es vivir sin una bala en el corazón. Por ahora debe seguir siendo un secreto. Algo entre ella y él como entre el Niño Jesús y el Conejo de Pascua. No algo grande, pero sí secreto.

A la edad en la que un niño aprende a atarse los cordones de los zapatos, yo me había mudado con mi madre, mis hermanos, sin mi padre y aún sin -le decíamos tío- tío Uwe a un nuevo apartamento. Un apartamento grande. Un apartamento con una habitación más. Una habitación más como un cubierto de más en la mesa puesta.

Ahora está arrodillado junto a mí -en mi recuerdo. Le veo la parte de arriba de la cabeza. Un ralo cabello canoso corto, como puntas de fosforitos, que acaba como la espuma en la orilla al llegar a los rollitos de la nuca. En mi recuerdo tiene el rostro surcado de líneas como un sistema de irrigación. Y cuando su boca sonríe, su cabeza entera se inunda de su sonrisa. Parece un Buda. La versión gorda. La versión gorda y vieja.

Sostiene firme mi pierna derecha entre sus rodillas y va ajustando bien el cordón en todos lados donde puede. En el último ojal, en el anteúltimo y así continúa con los otros ojales de mis botas de niña color rojo laca. Número 31. Él, dedicado a su labor.

Abajo, dice, hay que apretar con el dedo para que quede bien tirante.

Parece fácil. A medida que van ascendiendo, los extremos sueltos de los cordones van quedando automáticamente cada vez más cortos. Al llegar al último ojal de arriba, él sostiene los extremos sueltos como si fueran riendas y tira y tira. Y al tirar me levanta la pierna y pierdo el equilibrio. Nos reímos cuando él me ataja.

No te caigas, dice. Me ayuda a levantarme, afirma bien mi pie sobre el piso y como por arte de magia hace aparecer, justo debajo de mi rodilla, un bello y simétrico moño.

Ahí está, dice. Y ahora tú.

Yo paso el cordón por los ojales inferiores de la otra bota. Tiro de los extremos.

Tira, vamos, tira, dice.

Yo me caigo para adelante, él me ataja.

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