Ficha técnica

Título: Siempre el dinero | Autor: Hans Magnus Enzensberger | Traducción: Carles Andreu| Ilustraciones: Javier Mariscal | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de narrativasPáginas:  216 | Fecha: 2016 | ISBN 978-84-339-7949-0 | Precio: 16,90 euros |

¡Siempre el dinero!

ANAGRAMA

La tía Fé viene de visita. Y eso revoluciona a toda la familia Federmann, compuesta por un padre funcionario que para redondear ingresos se pluriemplea, una madre que trabajaba en una tienda de productos ecológicos y ahora es ama de casa, y los tres hijos: Fabian, Fanny y Felicitas. La tía Fé está en las antípodas de esta familia común y corriente. Es una anciana excéntrica y millonaria, tiene una mansión junto al lago Lemán, viaja por el mundo y, a lo largo de su agitada vida, ha conocido la inflación, las quiebras, el despilfarro y la pobreza. En esta visita decide encontrarse con sus sobrinos en un hotel de lujo y queda horrorizada al comprobar su absoluta ignorancia sobre todo lo relacionado con el dinero. Decide entonces darles unas cuantas lecciones básicas de economía con una premisa inquebrantable: no aburrirles.

¿Cuándo se inventó el dinero? ¿Por qué lo utilizamos? ¿De dónde sale? ¿Quién creo el papel moneda? ¿Cuál es el verdadero valor de las cosas? ¿Quién lo decide? ¿Para qué sirven las bolsas? ¿Y los bancos? ¿Cómo funciona un crédito? ¿Y cómo funciona el capitalismo? ¿Cómo se reconoce a un rico y a un pobre? ¿Por qué hay mercado negro y economía en negro? ¿Por qué emiten ingentes cantidades de dinero los bancos centrales? Estas son algunas de las preguntas que la tía Fé les plantea a sus sobrinos, y para responderlas les habla de coleccionistas de arte, prostitutas, millonarios, filántropos…, y reúne en un cuaderno las observaciones inteligentes que sobre el dinero han dejado escritas algunos sabios, como Sófocles, que dijo nada menos: «La peor maldición de la humanidad es el dinero», o Francis Bacon, que dejó escrito que «el dinero es como el estiércol; si no se reparte bien no sirve de nada».

Enzensberger, que también es un sabio, ha escrito una novelita didáctica, con aires volterianos, mucha agudeza y un humor delicioso. Ya nos había regalado incursiones pedagógicas en las matemáticas -El diablo de los números- y en la filosofía -Reflexiones del señor Z., publicada en esta colección-, y aquí continúa con su vocación de instruir deleitando. Y así, un asunto a priori tan árido como la economía se explica con una amenidad y un ingenio que ayudan a entender los misterios y los secretos inconfesables del dichoso dinero.

Éste es un libro esencial para estos tiempos de burbujas inmobiliarias, capitalismo salvaje, crisis financieras, especulación, intereses negativos…, una suerte de manual de autodefensa en forma de novela. «Explica lo esencial de un modo divertido» (Nürnberger Nachrichten).

«Perspicaz, ameno e inspirador» (Die Weltwoche).

«Consigue encender el entusiasmo del lector con una crítica ingeniosa al capitalismo» (General-Anzeiger).

 

1. La visita de la tía Fé

 

-¡Viene de visita!

Fue Fanny quien trajo la noticia. Rebosante de alegría, casi triunfal, agitaba una tarjeta postal extraancha en la que se veía un paisaje alpino. En la mesa del comedor todos comprendieron enseguida a quién se refería.

-La tía Fé – murmuró mamá, que suspiró con el cucharón suspendido encima de la sopera.

Finalmente papá rompió el silencio y preguntó:

-¿Cuándo?

-¡Esta noche mismo! – cacareó la pequeña Fanny, sosteniendo en alto la prueba, con sus líneas garabateadas en tinta verde. La misiva no explicaba qué se le había perdido a la tía Fé a principios de abril en la estación final de un tren cremallera suizo.

Pero la tía Fé era una mujer lacónica y prefería las tarjetas postales para comunicarse con el mundo. «Es más barato y menos latoso que el teléfono o esas máquinas modernas, que de todos modos me resultan sospechosas.» En la familia todos sabíamos que tenía una finca junto al lago Lemán, con un parque y una villa legendaria que contaba con un número ingente de habitaciones. Aunque disponíamos de un número de teléfono suyo en Suiza, cada vez que mi padre intentaba hablar con ella respondía la voz áspera de un conserje que tan sólo decía: «La Pervenche.» Nadie sabía qué quería decir. Papá lo buscó en el diccionario y descubrió que significaba «La siempreviva ». Yo me imaginaba a aquel hombre como un mayordomo de los que salen en las películas inglesas. El caso es que siempre se excusaba diciendo que la señora no podía ponerse al teléfono.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]