Ficha técnica

Título: Si fuese posible montar en una bruja | Autor: Alberto Santamaría | Ilustraciones:  José Luis Serzo | Editorial: El Desvelo  Páginas 352  | ISBN: 978-84-943987-7-3 Precio: 19,50 euros | Fecha: 2016 |

Si fuese posible montar en una bruja

EL DESVELO

Fue hacia finales de 1811 cuando aparece publicado un enigmático libro: Auto de fe de Logroño. Este libro recuperaba el relato del juicio inquisitorial que en 1610 se había producido en esa ciudad. Esta edición, doscientos años posterior a los hechos mencionados, recogía el original inquisitorial pero también algo más. En efecto, esta reedición del relato del santo oficio por el cual se quemaron a unas cuantas brujas, venía firmado por un tal Bachiller Ginés de Posadilla, quien en un gesto absolutamente demoledor había republicado el original pero llenándolo de notas a pie de página, desde las cuales se cuestionaba el relato inquisitorial. Pero no sólo eso, en esas notas al pie, el tal Ginés de Posadilla, nos narra historias con vampiros, hechizos de reyes, obras de teatro hablando del propio texto que leemos, etc., etc. Esto es: una auténtica máquina ficcional profundamente moderna que en nuestro panorama cultural español ha pasado tristemente desapercibida. Mucho antes que los escritores posmodernos, y muy cerca de Jean Paul Richter, Ginés de Posadilla nos ofrece una perspectiva del apropiacionismo brutalmente moderna. Pero ¿quién es ese tal Ginés de Posadilla? Pues no es otro que un amante del pliegue, del conflicto, de las máscaras, es decir: Leandro Fernández de Moratín.

La primera parte de este libro ahonda sobre la extraña, fantasmal y perdida figura de ese otro Moratín que en nuestro archivo cultural ha pasado desapercibido. Así hablamos de sus viajes, de su prosa, de la censura de sus textos, de su visión cruzada por la ilustración y el horizonte romántico, etc.

La segunda parte de este libro recupera el que es, quizá, uno de los experimentos literarios más curiosos de la literatura española: El auto de fe de Logroño, donde Moratín despliega toda su fuerza como autor inclasificable. Se trata, al mismo tiempo,  de un texto con un fuerte componente crítico y político. Moratín logra que la Inquisición se censure a sí misma, se autoparodie, al lograr que un texto producido por la misma Inquisición acabe siendo prohibido. Al intentar prohibir el texto de Moratín el santo oficio habría de prohibir el Auto de fe que la propia Inquisición había aprobado. En definitiva: una jugada maestra de la literatura política.

 

UNA RARA ALEGORÍA A MODO DE INTRODUCCIÓN

Emile Kraepelin es despertado una mañana de febrero de 1917 por uno de sus ayudantes. Kraepelin, algo aturdido y desorientado, se viste rápidamente, se atusa la barba con cierta pereza y acude a su consulta, donde le esperan dos tipos acompañados de una mujer. Al instante adivina, por su ropa, que se trata de una criada. En su rostro son evidentes los signos de extenuación. Ella permanece callada, con el pelo revuelto, la mirada clavada en el techo y los puños apretados. Efectivamente es la criada de Friedrich Schwäbisch, un adinerado banquero originario de Hamburgo. Schwäbisch es un hombre poderoso y bastante conocido debido a su interés por las investigaciones psiquiátricas así como por todo lo relativo a la parapsicología. Desde hace un par de años, a pesar de los estragos económicos de la Gran Guerra, financia las investigaciones psiquiátricas y farmacológicas de Kraepelin. Ese día Schwäbisch ha aparecido muy de mañana junto a su criada, de la que le ha hablado en varias ocasiones previamente a Kraepelin. El banquero considera que ella debe estar aquejada por alguna enigmática enfermedad. Schwäbisch parece tomarse todo esto como un juego, aunque en realidad, como supo adivinar Kraepelin tiempo después, lo que en el fondo hay es una torturante forma de sublimar su terror cristiano al infierno. Para Kraepelin, al contrario, el interés es marcadamente científico, pero ha de seguir el juego a Schwäbisch, ya que él financia todos sus proyectos. Por ello accede de buena gana a examinar a la criada de Schwäbisch, llamada Anne. El documento que él mismo escribe es lo que nos interesa ahora mismo. Veamos qué hallamos en él. Nos presenta Kraepelin a una criada en la que es posible observar a primera vista un profundo gesto de agotamiento. Sin embargo, a pesar de estas visibles señales de fatiga en su rostro, la criada sometida a examen se encuentra -describe Kraepelin- siempre en continuo movimiento, arriba y abajo, agitando sus brazos, ocupada en alguna frenética e inevitable tarea, etc. Escribe Kraepelin: «al intentar detener sus movimientos, nos encontramos inesperadamente con una enorme resistencia». Desde ese momento nos describe sus acciones con el objetivo de lograr, por parte de la paciente, algún tipo de reacción. Se coloca delante de ella con los brazos extendidos para cortar su paso, la sostiene firmemente en sus brazos, trata de arrebatarle el pan que lleva en la mano, le clava agujas en la frente para comprobar su resistencia, etc. Todas estas pruebas, a las que asiste Schwäbisch como si estuviera viendo un ritual mágico, le llevan a Kraepelin, en su informe, a diagnosticar inevitablemente la locura de esta criada. No le parece posible una explicación diferente a su conducta. La nula reacción por parte de la criada no ofrece duda al respecto.

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