Ficha técnica

Título: Serpientes de plata y otros cuentos | Autor: Rainer María Rilke | Traducción: Miguel Sáenz. Edición del Archivo Rilke en colaboración con Hella Sieber-Rilke y al cuidado de August Stahl  | Editorial: Siruela | Colección: Libros del Tiempo, 232 | Encuadernación: Rústica | Páginas:236 | Dimensiones: 145 x 215 mm | ISBN: 978-84-16465-85-9 | Fecha: may/2016 | Precio: 14,90 euros | Ebook: 8,99 euros

Serpientes de plata y otros cuentos

SIRUELA

A mediados de 1896, Rainer Maria Rilke anunció la inminente publicación de un volumen de relatos, un «libro de novelas cortas» que vería la luz «en breve». Pero la colección nunca llegó a publicarse.

Verdad es que algunas de las obras anticipadas fueron incluidas en periódicos y revistas, pero la mayoría quedaron inéditas. La culpa, en parte, fue del propio autor, de su evolución estilística, que hizo que el poeta desarrollara hacia sus primeros trabajos una distancia cada vez más crítica, especialmente durante su etapa parisina.

Sin embargo, sus temas, lo «único y siempre lo único» que tenía que decir, se encontraban ya en estos testimonios tempranos de su imaginación, en estos veintitrés relatos que vienen hoy a confirmar ambas cosas: el cambio y la continuidad de la obra de uno de los poetas ineludibles en la historia de la literatura universal.

 

Lo Uno

La pequeña se había dormido… -Por fin -suspiró la mujer pálida y joven que se sentaba junto a la camita cubierta por un velo de algodón. Juntó las manos sobre las rodillas y miró fijamente, con sus grandes ojos grises, la amarilla luz de la lámpara. En el cuarto reinaba un silencio total… Y por ello se oía más fuerte la respiración regular de la niña que dormitaba… Adormecida… pensó la madre, cerrando por un momento sus grandes párpados. Luego levantó la vista y miró a su alrededor… Elegante, pero no confortable: los altos muebles de patas macizas y superficie adornada parecían demasiado nuevos, las cortinas de las ventanas, demasiado costosas y ricas. Todo era frío, ajeno, formal; volvió a suspirar.

¡Qué silencio alrededor! La niñera se había retirado a su habitación, el marido no había vuelto a casa aún y fuera, en la calle, no se movía nada. Al fin y al cabo estaban a más de una hora de la ciudad y… ¿qué hubiera podido ofrecerle la ciudad? Aquello, el solitario Mühlhof -así llamaba la gente a la villa del propietario del molino que se alzaba a orillas de un estanque verde y fangoso, frente a las casas de los trabajadores-, aquello le venía muy bien.

Pensó en cómo se había alegrado…… entonces, sí entonces……..

Entró la niñera.

Ella la despidió con pocas palabras.

Sí, quería estar sola; quería por una vez reflexionar, reflexionar…

La criada se fue.

Clara apoyó la barbilla en la mano. Sus pensamientos se remontaron muy, muy atrás. A su primera infancia. Vio a padre, madre; su padre de rasgos duros, labios bordeados de surcos, ojos descoloridos, hundidos y rodeados de innumerables arruguillas; y su madre, aquel ser bueno, pequeño y cariñoso, de voz siempre trémula y ojos soñadores de un pardo oscuro………… los dos… muertos. Sus pensamientos se volvieron borrosos: vio el coche fúnebre y los hombres negros, y sintió el olor a moho y humedad y a incienso… Se estremeció… …..

primero su madre, poco después aquel hombre viejo, encorvado y severo….

La niña se agitó en la camita. Su madre, sin embargo, no se dio cuenta. Como torres centelleantes surgidas de la niebla veía resplandecer recuerdos de su juventud: el primer árbol de Navidad… ¡Cuánto tiempo se había preparado, qué gran fiesta iba a resultar! Fue muy aplicada en el colegio… Por el árbol cosía y tejía hasta destrozarse casi los meñiques, y leía la cartilla hasta que su padre, irritado por el mucho aceite que consumía, apagaba la lámpara… El árbol de Navidad. Era el fundamento de sus días, el sueño de sus noches. Y entonces llegó… El salón estaba reluciente, con sus suelos como espejos y las serias sillas de patas rígidas; y en medio estaba el arbolito con luces y dulces…. ¡sí, qué alegría!… Sin embargo, cuando dos horas después la acostaron, su pequeño pecho le oprimía. Hubiera querido llorar. Sentía que algo, algo había faltado,… no sabía qué… Pero le había quedado en el corazón un vacío,… y en ese vacío, en ese agujero se acurrucaba aquello… como una desilusión

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